Desde la madrugada del viernes hasta el velatorio de este domingo en Avellaneda, la muerte de Carlos Alberto Solari desató la movilización espontánea más masiva que haya producido un artista en la historia reciente del país. Un pueblo se reconoció en una pérdida y la convirtió en celebración del mito que lo había nombrado.
Redacción DATA Política y Económica
Antes de que pasara el mediodía del viernes, cuando la noticia de la muerte de Carlos Alberto Solari apenas comenzaba a derramarse por las redes, los primeros grupos de fanáticos ya convergían hacia Plaza de Mayo. No hubo convocatoria orgánica, no hubo organización ni vocero: llegaron solos, desde todos los barrios de la ciudad, con banderas de Los Redondos que habían guardado en algún placard, con remeras desgastadas de recitales que ya eran historia. Llegaron como siempre llegaron los ricoteros a los shows del Indio: sin que nadie les dijera cómo, sabiendo exactamente adónde ir.

A las 16.30, la Plaza de Mayo era un río de gente. A las 18, cuando se había fijado el encuentro, era una marea. La Pirámide de Mayo quedó rodeada de humo negro de bengalas, de banderas que ondeaban a los costados, de coros que sonaban igual que en Olavarría, en Gualeguaychú, en San Martín de Mendoza: como si los años no hubieran pasado y el Indio fuera a salir de un momento a otro. «¡Dale, che! Dale que este es el pogo más grande del mundo!», gritaba alguien desde el centro de la plaza mientras cientos de personas saltaban al ritmo de A brillar mi amor. No lloraban. Cantaban.
LA MISA QUE NADIE CONVOCÓ
La expresión «misa ricotera» no es metáfora de periodistas culturales: la acuñaron los propios fanáticos hace décadas para describir lo que ocurría en los recitales de Los Redondos y del Indio solista. Algo que excedía lo musical y adquiría la densidad de un ritual colectivo: peregrinación, comunión, lenguaje compartido, identidad que se reconoce en el otro. Ese viernes, sin músico ni escenario ni amplificadores, el ritual funcionó igual. La Plaza de Mayo fue, por unas horas, el espacio donde miles de personas que nunca se habían visto confirmaban que pertenecían a lo mismo.

Hubo un episodio de tensión: efectivos de la Policía de la Ciudad, apostados en el sector de la avenida Hipólito Yrigoyen, lanzaron gas pimienta sobre la multitud. Algunos fanáticos respondieron con empujones. La situación se disolvió rápido, pero la imagen quedó: la misma policía que históricamente escoltó cada recital ricotero intentando imponer orden ahora volvía a hacerlo en la despedida, con el mismo resultado de siempre. La plaza siguió llena hasta la madrugada.
«Ricotero hasta que me muera.» Un adolescente mostró su DNI a los medios en el homenaje de Mar del Plata: se llama Indio, y su cumpleaños era ese mismo día.
El sábado, la vigilia se trasladó al Obelisco. Ricoteros llegados desde el interior del país, muchos de los cuales habían viajado toda la noche, se encontraron en el centro geométrico de Buenos Aires con banderas, con entradas guardadas de recitales históricos, con tatuajes que exhibían como credenciales de una pertenencia que no caduca. Hubo nuevos incidentes menores con la Policía —ocho detenidos según Infobae—, pero la jornada tuvo como imagen central la de miles de personas cantando a coro en pleno microcentro porteño, como si el Indio pudiera escucharlos desde algún lugar.
EL SILENCIO OFICIAL Y LA RESPUESTA POPULAR
El contraste fue deliberado y político. El Gobierno nacional no decretó duelo. No hubo acto en Casa Rosada, no hubo ofrecimiento de la sede del Congreso ni de ningún espacio federal para la despedida. El Poder Ejecutivo que conduce Javier Milei —quien años atrás había calificado al Indio de «comunista»— guardó silencio. El secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, se limitó a declarar a TN que «es una gran pérdida para el rock argentino». Nada más. Según reportó El Destape, la gestión de La Libertad Avanza llegó a hacer una propuesta tardía de un espacio cuando ya la familia había resuelto el velatorio por sus propios medios.
El gobernador bonaerense Axel Kicillof decretó tres días de duelo provincial y asumió personalmente la coordinación del velatorio público. El intendente de Avellaneda, Jorge Ferraresi, ofreció el Polideportivo Municipal José María Gatica, sobre la avenida Bartolomé Mitre al 5000 en Villa Domínico, dentro del Parque de los Derechos del Trabajador. La familia aceptó. La elección no era neutral: un predio del sur del conurbano, en un partido obrero, cuyo polideportivo lleva el nombre del boxeador más popular de la historia argentina. El Indio hubiera aprobado la geografía.
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Desde la tarde del sábado, fanáticos comenzaron a instalarse en los alrededores del Parque Domínico. Llegaron en autos, en colectivo, en el tren Roca desde Constitución, a pie desde las estaciones de Villa Domínico y Bernal. Llegaron desde Santa Fe, desde Córdoba, desde Mendoza, desde Uruguay. La vigilia nocturna tomó la avenida Mitre con camperas abrigadas, termos de mate, guitarras. AUBASA anunció que no cobraría peaje en toda la autopista Buenos Aires-La Plata desde las 6 de la mañana del domingo. La autopista se convirtió en una columna de autos que avanzaba hacia el sur.
Las puertas del microestadio Gatica se abrieron una hora antes de lo previsto, a las 10, ante la presión de la multitud que ya rodeaba el predio. El operativo desplegado fue de envergadura excepcional: más de 1.500 efectivos de la Policía Bonaerense, un dispositivo total de 8.000 personas entre seguridad, salud y logística según informó el intendente Ferraresi, 17 ambulancias medicalizadas y un hospital móvil, postas de hidratación y baños químicos distribuidos en todo el perímetro, pantallas gigantes en el exterior para quienes no pudieran ingresar. La familia dejó en claro que el velatorio no tendría horario de cierre: «hasta que haga falta, para que nadie pierda su oportunidad de decirle adiós», dijeron.
«El Indio nos acompañará siempre con su música, sus ideas y su corazón. Porque hay artistas que trascienden el tiempo y se vuelven parte de la vida de un pueblo.» Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda.
El gobernador Kicillof se presentó en el predio a lo largo de la jornada. La AFA dispuso un minuto de silencio en todos los partidos de Ascenso del fin de semana. Rosario Central hizo sonar canciones del Indio en el Gigante de Arroyito durante dos horas el sábado por la noche. El club Almirante Brown anunció que saldrá a la cancha con una camiseta especial en su clásico contra Deportivo Morón, con la imagen del músico estampada y la leyenda que él mismo popularizó: «De la nada a la gloria me voy.»
LO QUE DEJÓ
Carlos Alberto Solari nació en Paraná el 17 de enero de 1949. En 1975, en La Plata, fundó junto a Skay Beilinson, “ Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota”. La banda editó nueve álbumes entre 1984 y 2000 y construyó, desde los márgenes de la industria, uno de los fenómenos culturales más extraordinarios del rock en español: sin discográfica multinacional, sin televisión, sin manager convencional, con una política de precios bajos para las entradas que era también una declaración de principios. Sus recitales convocaron multitudes que ningún artista nacional había movilizado: 70.000 personas en el Estadio Monumental en 2000, récords que luego él mismo superaría en su etapa solista.

Tras la disolución de Los Redondos en 2001, formó ”Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado” y editó cinco discos entre 2004 y 2018. Las «misas» de San Martín de Mendoza y Gualeguaychú superaron los 150.000 asistentes. El último concierto presencial, en Olavarría en marzo de 2017 reunio cerca de medio millon de personas. Fue su despedida física de los escenarios, una imagen que ya es patrimonio de la memoria colectiva argentina. En 2023 confirmó su retiro definitivo por el avance del Parkinson. En mayo de 2026 recibió el Honoris Causa de la UBA. Semanas después murió, a los 77 años, de un ACV hemorrágico mientras se encontraba en su pileta interior climatizada en Parque Leloir.

Sus letras —siempre suyas, nunca cómodas, cargadas de metáforas que pedían segunda lectura— construyeron un universo poético que desbordó la canción popular para instalarse en el lenguaje cotidiano de generaciones. Ji Ji Ji, Pitufo Comandante, Nene nena, A las Puertas del Infierno, Todo un Palo, Jijiji, La Bestia Pop son canciones que la gente no sólo canta sino que usa para pensar el mundo, para nombrar lo que de otro modo no tiene nombre. WOS, que había colaborado con Solari en Quemarás, escribió: «Nos cambiaste la vida a muchos. Te vamos a extrañar de maneras que aún no imaginamos.» El líder de Ratones Paranoicos dijo: «Su música trascenderá en todo el cosmos popular de lo que fue, es y será.»
Lo que el Indio construyó no fue una carrera musical: fue una cultura. Un espacio de pertenencia donde convivían el obrero del conurbano y el universitario porteño, el pibe de la villa y el hijo de clase media, el militante y el apolítico. Una comunidad que él alimentó desde la distancia deliberada —sin entrevistas masivas, sin televisión, sin someterse a los circuitos del entretenimiento— y que creció precisamente por eso. La paradoja que define su figura: el artista más esquivo produjo la comunidad más masiva.
Este domingo, mientras miles de personas hacen fila en Avellaneda para verlo por última vez, esa paradoja se cierra con la lógica perfecta de los mitos: el Indio está más presente que nunca en el momento en que ya no está. Su cuerpo cedió, su obra y su memoria continuaran en el pueblo.
