El sociólogo y ensayista Pablo Semán disertó en el Centro Cultural La Flor de Luján ante una sala colmada. Con la muerte del Indio Solari como telón de fondo, analizó la crisis terminal de la representación política, la fractura en dos ciudadanías antagónicas y la necesidad de reconstruir vínculos desde el cuidado y la escucha, antes que desde el programa o la interpelación.
La sala del Centro Cultural La Flor de Luján estaba completa el sábado a la tarde cuando Pablo Semán tomó la palabra. La muerte del Indio Solari, ocurrida días antes, pesaba en el ambiente. El sociólogo lo reconoció desde el inicio: no consiguió escribir sobre eso, dijo, porque hacerlo sería certificar algo que aún no quería creer. Desde esa pérdida abrió su análisis político, y la imagen que eligió para organizar todo su diagnóstico fue la de un «hospital de almas»: el espacio que la política debería ofrecer hoy y que nadie está construyendo.
Semán es uno de los autores de «Está entre nosotros», la compilación que reconstruyó los orígenes sociales del mileísmo antes de que Milei llegara al poder. En marzo de 2024, en una visita anterior al mismo espacio, había advertido que la crisis de la oposición aún no había comenzado. En este nuevo encuentro, con treinta meses de gobierno libertario encima, llegó para constatar que ese pronóstico se cumplió.
El fenómeno global que no es lo que dicen
Semán comenzó desmontando dos explicaciones que, a su juicio, dominan el debate militante y producen parálisis: la tesis de la «ola global» de extremas derechas y el hiperdeterminismo de las redes sociales. Ambas tienen en común que colocan las causas fuera de cualquier capacidad de acción propia.
«Si es global no podemos hacer nada. Si son las redes sociales, tampoco podemos hacer nada hasta que no tengamos una empresa igual a X. Y si no tenemos el poder que implicaría tener eso, entonces nos vamos todos a casa», sintetizó, describiendo el círculo vicioso del pensamiento militante contemporáneo.
Sobre la dimensión global, Semán fue preciso: lo verdaderamente determinante a escala mundial es la emergencia de China como potencia, producto de decisiones tomadas en Occidente desde los años setenta. El plan original era convertir a China en una factoría para financiar el Estado de bienestar sin redistribuir el capital. El tiro salió por la culata. Desde 1967 —primer año de distribución regresiva del ingreso en Estados Unidos después de tres décadas de distribución progresiva— lo que siguió, incluido Mayo del 68, fue el crepúsculo de un modelo. Lo que se instaló fue una incompatibilidad creciente entre democracia y ese estilo de capitalismo. «Se movió una capa geológica», dijo, «y había un montón de estructuras montadas sobre ese tapete que se cayeron como castillos de naipes».
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Respecto de las redes sociales, citó datos concretos: Milei perdió elecciones teniendo el control absoluto de las plataformas. Viktor Orbán también perdió con un dominio hiperautoricario del espacio público húngaro. Y en Argentina, el 50% del electorado pertenece a sectores populares donde la conectividad es limitada o inexistente.
La crisis en tres dimensiones: soberanía, economía, alimentación
Antes de abordar la oposición, Semán trazó el cuadro de la crisis que el gobierno Milei está produciendo en tres planos.
El primero es la soberanía. La declaración del mar argentino como patrimonio común sin que mediara reacción alguna —ni de militancias, ni de sectores navales, ni de élites políticas— ilustra, según Semán, el nivel de concesiones que hoy se hacen sin pena ni gloria. «Hace veinte años eso hubiera causado al menos una reacción», señaló.
El segundo es la economía de dos velocidades. Retomó una frase del economista Emmanuel Álvarez Agís: «Anda bien el mercado, pero no anda bien el supermercado». Hay un 20 o 25 por ciento de la población que retiene o mejora su capacidad de consumo, mientras los 45 millones restantes quedan fuera de los cálculos. «Siempre se hace propaganda del éxito económico con los mismos cuatro o cinco millones de personas», dijo. El turismo que llena Mar del Plata o Pinamar es el mismo de siempre: no hay novedad.
El tercero es la situación alimentaria. Semán hace trabajo de campo regular en barrios populares desde los años ochenta. Lo que está viendo ahora, dice, no lo había visto nunca: se come reviro —harina frita en agua— no como tradición paraguaya sino porque es lo único disponible. Leyó sobre ese plato en 1973 en la revista Crisis, en una investigación sobre los obreros de los yerbatales misioneros, los más pobres del universo laboral argentino de entonces. Hoy reaparece en el conurbano bonaerense. «Estamos yendo probablemente hacia una crisis alimentaria en algunos sectores populares», afirmó. Los proyectos de la gente más pobre se redujeron a la siguiente comida. Y los lazos sociales se calculan: se invita al cumpleaños según la capacidad de reciprocidad. «El que trajo manos toma manos, el que no puede traer nada, no viene».
La oposición: excusas, pilotos automáticos y caudales que se repelen
La diagnosis sobre la oposición fue implacable. Semán identificó como primer síntoma de la crisis el hecho de que todos los actores —desde Macri hasta la izquierda del FIT, pasando por todo el espectro peronista— se dedicaron a buscar causas de la derrota y a ubicarlas fuera de sí mismos, mientras esperaban un colapso del gobierno que nunca llegó a los plazos previstos.
«Macri en marzo de 2024 estaba esperando en la Quinta de Los Abrojos que cayera Milei con la escupidera para negociar el gabinete», graficó. Esa esperanza se renovó sucesivas veces. Hay dirigentes que todavía aguardan la sublevación popular que creían inminente en los primeros tres meses.
El segundo problema estructural es la manta corta. Lo que había sido difícil de unificar en 2015 —cuando el kirchnerismo perdió franjas de clases medias y populares— se volvió casi imposible en 2019 y definitivamente irresoluble hoy. Los caudales electorales que antes se conjugaban ahora no sólo están separados: se volvieron repelentes entre sí. Pequeños y medianos empresarios que en 2003 o 2015 podían compartir una explicación mercadointernista de su crisis hoy dicen que quieren competir y que les saquen impuestos. La representación política en el campo nacional y popular choca contra esa transformación estructural.
El tercer factor es la dependencia fisiológica del Estado. El retorno de la política desde 2001 en adelante produjo organizaciones estructuralmente atadas a la financiación estatal. Semán citó el caso de dirigentes eficaces y honestos que reconocen que sólo consiguen convocar a una actividad militante a quienes son empleados municipales.
Dos ciudadanías que no se hablan
El núcleo analítico más provocador de la disertación fue la tesis de las dos ciudadanías. Semán propuso que Argentina tiene hoy, en términos aproximados, dos matrices políticas separadas por una línea generacional y experiencial.
La primera es la ciudadanía democrático-popular, hija del peronismo histórico y de la democracia recuperada. Cree en los derechos, se organiza para defenderlos, entiende que el Estado debe garantizar ciertos mínimos. Tiende a concentrarse en los mayores de 35 años.
La segunda es lo que Semán llama el «mileísmo social»: una ciudadanía anterior al mileísmo político, que ya existía cuando Milei llegó. Sus derechos son la libertad negativa —que nadie los moleste— y sus expectativas se engendran en el mercado, no en el Estado. No es una ideología construida sobre lecturas de Adam Smith o Peter Thiel. Es el producto de quince años de experiencia concreta de fallos estatales en cuatro dimensiones básicas: salud sin turnos, escuelas que no funcionan, inseguridad no reconocida y moneda sin valor.
«Esa gente ha expandido su conciencia crítica del Estado en los últimos dos años», advirtió Semán. «No ve la solución en ir hacia atrás, en volver a lo que se supone que era.» Y esto plantea un problema de representación casi irresoluble: cualquier propuesta opositora que aspire a sumar caudales tiene que convencer a dos conjuntos que se repelen mutuamente.
El hospital de almas: grado cero de la política
Semán volvió al inicio. Si el Indio Solari funcionó como hospital de almas para los sectores populares de los noventa —sin intentar apropiarse partidariamente de esa relación, sin unificar el sentido de sus letras, dejando que cada quien encontrara lo que necesitaba— algo de esa lógica debería orientar la política hoy.
«Estamos muy cerca de un nivel de la sociedad donde hay una demanda de cuidado, de contención, de escucha que nosotros no estamos ejerciendo», dijo. El problema no es el programa. No es si hay que poner impuestos a los beneficiarios del RIGI o nacionalizar la energía. Esas discusiones dependen de una correlación de fuerzas que aún no existe. El problema es previo: la sociedad política está separada de la vida social por un foso que ninguna encuesta puede medir bien.
Cuestionó el uso de la palabra «interpelar». «Interpelar es subirse a un banquito y decirle a alguien adónde tiene que ir. Nosotros no sabemos dónde están, por lo tanto no podemos decirles adónde tienen que ir.» La tarea previa es escuchar y recoger la queja. De ahí puede surgir una relación mínima, inestable, sutil, pero válida. No capitalizable, sino otra cosa.
También señaló la trampa de la patrimonialización del recurso público. Dirigentes que dicen «yo te hice la ruta» en lugar de «el Estado hizo la ruta» reproducen la lógica que le dio sustento al mileísmo. Reponer la dimensión colectiva e institucional de la vida estatal es, para Semán, una tarea política concreta que puede ejercerse desde los ámbitos más pequeños.
La escalera mecánica que baja
Hacia el final, Semán introdujo una imagen para describir el contexto estructural: la de alguien que sube por una escalera mecánica que baja a una velocidad que exige mucho de las piernas. Todo lo que se hace en contra de lo que viene desgasta. El divorcio entre capitalismo y democracia en Occidente tiene la fuerza de un terremoto. Estamos midiendo con los parámetros del siglo XX fenómenos que pertenecen a una nueva configuración. «El agua ya no hierve a cien grados», dijo. «Estamos en otra zona y no sabemos que estamos en otra zona.»
Sin embargo, no hubo resignación en la conclusión. Citó a Álvaro García Linera para sostener que en algún momento confluirán las pequeñas acciones de reconstrucción de lazos con los efectos ordenadores que produce toda crisis grave. Señaló que puede abrirse un conflicto político entre regulación y desregulación que ponga en crisis la ideología mileísta en un plano más profundo. Y terminó con una convicción que tiene raíces biográficas: las tareas pequeñas y las grandes hay que hacerlas simultáneamente. «El espíritu sopla cuando quiere y donde quiere», dijo. «Y la historia está fuera de quicio.»
El conversatorio fue organizado por el Centro Cultural La Flor de Luján y transmitido en vivo por la cooperativa Pares TV. La charla contó con la participación del público en una extensa ronda de preguntas.
