Las trampas de la primarización que Milei oculta.

Las ventas externas crecen, los dólares ingresan, el superávit comercial se celebra. Pero detrás de los números del Gobierno se consolida una tendencia que preocupa a economistas de distintas corrientes: Argentina retrocede en la escala del conocimiento productivo y se especializa en vender lo que la tierra da sin que medie demasiado trabajo ni tecnología.

Por la Redacción de DATA Política y Economía

 


Hay una estadística que el Gobierno de Javier Milei no incluye en sus comunicados de prensa cuando anuncia récords exportadores: entre 2014 y 2024, la Argentina cayó 30 posiciones en el ranking global de complejidad económica elaborado por el Growth Lab de la Universidad de Harvard. Pasó del puesto 54 al 84 sobre 145 economías evaluadas. En ese mismo período, China e India avanzaron. Paraguay escaló 12 lugares. Argentina retrocedió.

El dato no es un detalle académico. El Índice de Complejidad Económica mide qué tan sofisticada es la canasta de bienes que un país produce y vende al mundo. Quien exporta tornos de precisión, semiconductores o fármacos de síntesis química acumula capacidades instaladas que permanecen, generan empleo calificado y traccionan encadenamientos productivos. Quien exporta soja en poroto o petróleo crudo cobra en dólares, sí, pero no construye tejido industrial.


«Argentina pasó de exportar 515 productos con ventajas comparativas reveladas en 2011 a apenas 380 en 2022. La tendencia no se revirtió.»


El proceso tiene nombre técnico —primarización— y datos concretos que lo sostienen. Un estudio del economista Pablo Sivori, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF), presentado recientemente en la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, traza con precisión la trayectoria: la participación de los productos primarios en la canasta exportable creció del 46% al 55% entre 2000 y 2022, mientras las manufacturas de baja tecnología colapsaron del 7% al 2% y las de alta tecnología retrocedieron del 2,3% al 1,8%.

Más dólares, menos conocimiento

El año 2025 confirmó la tendencia. Según un relevamiento del Centro de Economía Regional de la Universidad Nacional de San Martín, las exportaciones argentinas crecieron 9,3% interanual, con los sectores minero, petrolero, bovino y oleaginoso como motores del incremento. Al mismo tiempo, las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) perdieron terreno. El dato resume el problema estructural: cuando Argentina exporta más, lo hace a costa de exportar peor.

El Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP) de la UBA corroboró el mismo diagnóstico desde otro ángulo. En 2024, las exportaciones de bienes diferenciados —aquellos que incorporan mayor valor, marca o especificidad tecnológica— apenas crecieron 1,9% respecto a 2023 y quedaron por debajo de los niveles de 2022. La proyección del IIEP para 2025 era que el crecimiento exportador sería generado íntegramente por productos no diferenciados: commodities y materias primas con escaso procesamiento.

RADIOGRAFÍA EXPORTADORA

 

Indicador Dato / Tendencia
Ranking complejidad económica (Harvard) Puesto 84 en 2024 (era 54 en 2014)
Productos con ventajas comparativas De 515 (2011) a 380 (2022)
Participación de primarios en canasta Del 46% al 55% (2000–2022)
Manufacturas de alta tecnología Del 2,3% al 1,8%
Manufacturas de baja tecnología Del 7% al 2%
Crecimiento exportaciones 2025 +9,3% interanual (liderado por minería y agro)
PBI industrial per cápita 2024 28% por debajo del pico histórico de 1974

 

La relación con China y el espejo del MERCOSUR

 

Dentro del MERCOSUR, el contraste es elocuente. Uruguay y Paraguay complejizaron su estructura exportadora en los últimos años. Bolivia, Brasil y Argentina la primarizan. Entre los tres, Argentina registra la peor performance del bloque.

Sivori señaló en su exposición que la profundización del vínculo comercial con China explica parte del problema. El gigante asiático demanda materias primas, no manufacturas, y la respuesta productiva argentina acompañó esa demanda. «Arrancamos vendiendo aceite de soja y terminamos vendiendo porotos», graficó el economista para ilustrar el retroceso: donde antes había un paso de procesamiento agroindustrial, hoy hay cada vez más exportación en bruto.

El informe del Growth Lab de Harvard fue en la misma dirección y agregó que Argentina «aún no ha iniciado el proceso tradicional de transformación estructural», ese mecanismo por el cual las economías reasignan recursos desde sectores de baja productividad hacia actividades de mayor valor. Las exportaciones más recientes del país son lideradas por harina de soja, maíz, aceite de soja, petróleo crudo y camiones de entrega —en ese orden—, según el Observatorio de Complejidad Económica.


«La primarización no es sólo un problema de estructura productiva. Es un problema de empleo, de salarios y de soberanía sobre el propio desarrollo.»


El territorio que queda atrás

La primarización no distribuye igual en el mapa. El estudio de la UNTREF traza una correlación directa entre las regiones con menor complejidad económica —el NOA, el NEA y parte de la Patagonia— y los peores indicadores de empleo formal, salarios e ingresos fiscales.

En el norte argentino, la expansión de la agricultura extensiva y de actividades extractivas desplazó economías regionales que antes tenían mayor capacidad de agregar valor. Las exportaciones de cereales representan hoy entre el 30% y el 35% del total exportado, cuando a comienzos de siglo apenas explicaban entre el 2% y el 11%. Gran parte del procesamiento de esas materias primas ocurre fuera de las zonas productoras, concentrado en la región Centro. El resultado es lo que Sivori denominó un «encajonamiento» productivo: las economías extractivas generan menos empleo calificado y dependen del sector público para sostener los niveles de ocupación.

El fenómeno tiene nombre en la literatura económica estructuralista —la «enfermedad holandesa» en su variante local— y preocupó históricamente a los desarrollistas argentinos: la renta diferencial de la tierra y los recursos naturales captura divisas pero no construye capacidades. Ferrer lo advirtió, Diamand lo teorizó. Hoy los datos lo confirman con una precisión que hubiera resultado incómoda para cualquier gobierno, pero que resulta especialmente contradictoria para uno que celebra la llegada de inversiones a Vaca Muerta y el litio como si fueran la solución definitiva al problema del desarrollo.


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Ciencia desfinanciada, futuro hipotecado

El debate sobre la complejidad exportadora no puede separarse de lo que ocurre con el sistema científico-tecnológico argentino. La secuencia es directa: sin investigación no hay innovación, sin innovación no hay productos diferenciados, sin productos diferenciados no hay escala de valor en las exportaciones.

El gobierno de Milei desmanteló esa cadena con velocidad. El presupuesto en ciencia y técnica se redujo en términos reales un 45% desde diciembre de 2023. El CONICET perdió el 31% de su financiamiento y acumula 14% menos de investigadores activos. El programa de Promoción de la Investigación e Innovación cayó un 83%. La Secretaría de Industria y Desarrollo Productivo fue recortada un 78%. El INTI perdió el 43% de su presupuesto. El INTA, el 39%.

Entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025, el sistema científico público perdió 5.750 puestos de trabajo. Siete científicos por día, en promedio. Los investigadores formados, en plena etapa productiva, emigran. El salario real del personal del CONICET cayó 40% en dos años. Sesenta y ocho premios Nobel firmaron una carta advirtiendo que «devaluar la ciencia argentina sería un grave error». El Gobierno no respondió.

Matías Bolis Wilson, economista de la CAC, fue explícito al evaluar la lógica oficial: el Gobierno estimó que el sector privado podría financiar el desarrollo científico-técnico. Con el nivel de inversión privada en I+D que registra la Argentina —históricamente bajo, apenas el 0,6% del PBI industrial en el mejor de los casos—, esa apuesta equivale a no apostar a nada.

 

La trampa del modelo: exportar más para crecer menos

 

Un trabajo de Fundar documenta con precisión la trayectoria industrial del país: entre 1970 y 2023, el PBI industrial del mundo creció un 446%, el de América Latina un 221% y el de Argentina un 73%. En 2024, el PBI industrial per cápita argentino estaba 28% por debajo del pico histórico de 1974 y 26% por debajo de 2011, el mejor año del siglo. La desindustrialización no es un proceso reciente; tiene medio siglo. Pero los datos actuales indican que, lejos de revertirse, se profundiza.

Natalio Grinman, presidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios, eligió una síntesis que lo dice todo: «Con los recursos naturales no alcanza». Para el dirigente empresarial, agregar valor es imposible sin apostar a la educación. La afirmación proviene de un sector que no se distingue por su vocación industrialista, lo cual hace aún más reveladora la preocupación.

Juan Pablo Brichetti, economista de FIEL, vinculó la primarización con el cierre de Argentina al mundo. El punto de inflexión, según su análisis, fue 2011, cuando el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner instaló el cepo cambiario: la restricción de divisas desalentó importaciones de insumos industriales, encareció la producción manufacturera y terminó expulsando a sectores que necesitaban el mundo para existir. El argumento es válido como diagnóstico parcial, aunque omite que la liberalización posterior tampoco construyó un entramado industrial distinto.


«Los países que sostuvieron crecimiento de largo plazo fueron aquellos que transformaron recursos naturales en cadenas productivas complejas, incorporando conocimiento, innovación y manufacturas.»


La pregunta que el modelo evita

El Gobierno de Milei tiene una respuesta a todo esto, aunque no siempre la enuncia con claridad: el mercado asignará los recursos hacia donde sean más productivos, la desregulación atraerá inversiones y el RIGI —el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones— canalizará capital hacia los sectores con ventajas comparativas naturales. Litio, petróleo, minería. Más primarización, administrada con eficiencia.

Lo que el modelo no responde es cómo esa secuencia genera desarrollo de largo plazo. La evidencia internacional, señalada por todos los economistas que trabajan el tema, indica lo contrario: los países que sostuvieron crecimiento sostenido fueron los que transformaron sus recursos naturales en eslabones de cadenas productivas complejas, incorporando conocimiento, tecnología y manufactura. Corea del Sur partió del acero. Finlandia, de los bosques. Noruega  desde la explotación petrolifera, Chile avanza desde el cobre hacia la electro movilidad. Nadie llegó al desarrollo exportando sus recursos naturales sin agregarle valor. 

Argentina tiene litio, petróleo, tierra fértil y un sistema científico que todavía resiste, aunque cada vez más deteriorado. La pregunta que el debate público evita es si exportar más dólares te garantiza construir esas capacidades mañana. Los datos de la última década sugieren que no. La política del gobierno actual sugiere que tampoco le importa.


FUENTES
Estudio de Pablo Sivori (UNTREF) / IIEP-UBA-CONICET / Growth Lab Universidad de Harvard / INDEC (Complejos exportadores 2025) / Fundar-Argendata / Centro de Economía Regional-UNSAM / Grupo EPC-CIICTI / CEPA / Observatorio de Complejidad Económica (OEC) / Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC) / FIEL