«La única verdad es la realidad», dijo el General Perón. La sentencia tiene raíz aristotélica —la verdad como adecuación del pensamiento a lo real— y una larga tradición escolástica que el pensamiento político argentino del siglo XX hizo propia. Pero en la Argentina de 2026 no necesita genealogía, alcanza con leer las noticias diarias. Ningún relato, por sofisticado que sea su arquitectura comunicacional, resiste indefinidamente el embate de lo concreto. El mileísmo está aprendiendo esa lección —o resistiéndose a aprenderla— con una intensidad que la historia argentina ya conoce.
Por Antonio Muñiz |
El gobierno de Javier Milei construyó desde su llegada al poder una narrativa de excepcionalidad histórica. Argentina salía del «socialismo», ingresaba al mundo de la libertad, y el sacrificio del presente garantizaba la prosperidad del futuro. Era una narrativa potente, emocionalmente resonante y políticamente eficaz. Pero la realidad, con su pertinaz costumbre de imponerse, fue poniendo a prueba cada uno de sus pilares.
Lo que sigue es un análisis político de ese proceso. No una denuncia moral —los modelos no se caen por injustos sino por insostenibles— sino un diagnóstico de las contradicciones estructurales que el modelo libertario arrastra y que ningún dispositivo comunicacional puede cubrir indefinidamente. Las cinco conclusiones que articulan este texto son, a la vez, cinco lecciones que la política argentina lleva décadas enseñando y que cada ciclo conservador vuelve a ignorar.

I. El relato como sustituto de la realidad
El gobierno libertario elevó la producción de sentido a categoría de política pública. La «motosierra» fue primero un símbolo de campaña, luego un programa de gobierno, finalmente una identidad. La épica del ajuste se articuló con una narrativa épica: el presidente como outsider heroico enfrentado a una «casta» corrupta que durante décadas había saqueado el país. Era una historia seductora, con antagonistas claros y un mesías inequívoco.
Pero los relatos tienen límites que los hechos imponen sin miramientos. El llamado «superávit fiscal» —exhibido como prueba de la transformación histórica— se construyó sobre el colapso de la obra pública, el ajuste sobre jubilados y trabajadores estatales, y el diferimiento de deudas con proveedores del Estado. El resultado fue una recesión de magnitud histórica durante 2024, con caída del consumo, destrucción de pymes y retracción sostenida del mercado interno. El rebote posterior no recuperó los niveles previos en términos de salario real ni de empleo formal.
El escándalo $LIBRA fue la primera grieta visible en ese edificio, le siguieron el 3 por ciento de Karina, el caso Adorni, muestran una matriz de corrupcion. Denuncias y negocios que pegan directamente en la figura presidencial. Un presidente que defraudó a sus propios votantes en tiempo real, ante los ojos del mundo, en las formas y el relato donde el gobierno había construido su legitimidad. No fueron errores técnicos ni una travesura de asesores, fue la expresión más transparente de una nueva casta que hace negocios a costa del estado Cuando la ilusión se evaporó, el rey volvió a quedar desnudo.
La realidad no espera. No negocia plazos con los comunicadores ni acepta correcciones de estilo. El dato que no cierra no desaparece porque el presidente lo ignore en una entrevista. La inflación que cedió lo hizo a un costo social medible en comedores comunitarios, en consultorios médicos del sector público colapsado, en fábricas que bajaron las persianas, en trabajadores que están bajo la linea de pobreza. Presentar ese costo como «ajuste necesario» es una decisión política. Pero no cambia lo que es.
Primera conclusión:
«La realidad no puede ser reemplazada por el relato.» El desplome del salario real, el escándalo de la corrupción y la persistencia de la pobreza estructural pese a los indicadores macro favorables demuestran que ninguna arquitectura comunicacional sostiene indefinidamente lo que los hechos desmienten. |
II. La política no se reemplaza con comunicación
El mileísmo confundió la épica de campaña con un programa de gobierno. La motosierra, el estado enemigo, la casta: categorías útiles para interpelar subjetividades electorales, inservibles para administrar un Estado complejo. Gobernar exige negociación, construcción de mayorías, administración de conflictos y articulación de intereses sociales que ningún estudio de televisión ni red social puede reemplazar.
Durante sus primeros dos años, el gobierno construyó poder legislativo por acumulación táctica, no por fuerza propia. Sin mayoría en ninguna de las cámaras, negoció con gobernadores, operó sobre el seguidismo del PRO y del radicalismo, y usó los decretos de necesidad y urgencia como herramienta de avance cuando el Congreso no alcanzaba. Así aprobó la Ley Bases —con concesiones significativas—, convalidó una serie de DNU que reformaron regulaciones sectoriales clave, y encauzó el RIGI como instrumento de atracción de inversión extractiva. El triunfo en las legislativas de 2025 amplió ese margen: el oficialismo construyó mayoría en el Senado y una coalición operativa en Diputados que le permitió avanzar en las sesiones de verano con una agenda que incluía reformas de alto impacto para los sectores que financiaron la campaña y sostienen el modelo.
Lo que esa secuencia revela no es la eficacia de un liderazgo político sino la potencia del poder económico actuando directamente sobre el Estado. La reforma laboral, la ley de glaciares, la desregulación del sistema financiero: ninguna de esas iniciativas nació en equipos técnicos del Ejecutivo. Fueron redactadas, en sus aspectos sustanciales, por los estudios de abogados que trabajan para los grandes grupos económicos y financieros que las necesitaban. El lobby fue explícito, documentado, orgulloso de sí mismo. El Estado no capturó al mercado: el mercado redactó las reglas del Estado.

Ese impulso, sin embargo, fue decreciendo. La coalición legislativa que pareció consolidarse tras 2025 mostró sus límites estructurales en las sesiones ordinarias de este año: la ausencia de un programa compartido más allá de los intereses sectoriales inmediatos, la tensión creciente con los propios gobernadores aliados ante el ajuste sobre la coparticipación, y el desgaste de una oposición dialoguista que empezó a cobrar peaje más alto por cada acompañamiento. La parálisis legislativa de los últimos meses no es una anomalía del sistema, es la forma que adopta un gobierno que construyó poder por encargo de terceros cuando los encargos se contradicen entre sí.
La comunicación política —Twitter, YouTube, los insultos rituales a periodistas e intelectuales, la confrontación permanente con todo interlocutor que no rinda pleitesía— funcionó como mecanismo de cohesión identitaria para la base militante. Pero esa cohesión no produce leyes, no construye coaliciones territoriales, no administra provincias. El «estado de campaña permanente» tiene un rendimiento decreciente: a medida que los problemas concretos se acumulan, la retórica confrontativa empieza a sonar como evasión de la realidad.
El resultado de las elecciones legislativas de octubre de 2025 fue un espejo de esa contradicción. El oficialismo obtuvo un resultado respetable, sostenido en buena medida por el blindaje externo que representó el apoyo político y financiero de Estados Unidos, pero insuficiente para consolidar las mayorías sociales que el programa de gobierno requerirá para avanzar con la profundidad que el discurso promete. La brecha entre el relato y la capacidad real de ejecución política sigue abierta.
Segunda conclusión:La primacía de la política sobre las técnicas de marketing y comunicación. El «estado de campaña permanente» no sustituye la construcción de poder político real. Gobernar exige mayorías, acuerdos y administración institucional del conflicto: todo lo que el mileísmo desprecia como «política». |
III. Con marketing se construyen candidatos, no gobernantes
Javier Milei es el caso más sofisticado de construcción mediática de un fenómeno político en la historia argentina reciente. Eso no es un juicio peyorativo, es un diagnóstico. La coherencia ideológica genuina del anarcocapitalismo como cosmovisión le da una consistencia discursiva que ningún consultor podría fabricar. Ese dogmatismo fue su mayor activo electoral. Es exactamente su mayor problema como gobernante.
Un país no es un modelo teórico. Argentina tiene sindicatos, jubilados, pymes, provincias, movimientos sociales, industria nacional e historia. Ninguna de esas realidades desaparece porque un economista de televisión la declare «privilegio de la casta».
El sector manufacturero acumuló cierres, suspensiones y pérdida de puestos de trabajo mientras el gobierno celebraba el equilibrio fiscal. La apertura importadora sin política industrial equivalente destruyó capacidad instalada que tardará años en recuperarse. Las pymes del conurbano que votaron masivamente a Milei en 2023, hastiadas del kirchnerismo, registran quiebras que ningún tuit presidencial compensa.
El caso de Karina Milei —secretaria general de la Presidencia, eje del aparato político del gobierno— ilustra otro límite estructural del modelo, la lealtad orgánica como principio organizativo no reemplaza la capacidad técnica ni la construcción institucional. El armado de La Libertad Avanza como estructura de poder personal, sin mediaciones ni cuadros intermedios consolidados, reproduce el problema clásico del populismo de derecha: alta dependencia del líder, baja institucionalización, fragilidad ante la crisis. Cuando el líder acierta, el partido avanza. Cuando el líder yerra, el partido no tiene con qué amortiguar.
La imagen presidencial es un capital que se desgasta. Se desgasta más rápido cuando las expectativas que generó exceden la capacidad real de cumplimiento. El votante que eligió a Milei para que «dinamitara todo» y luego ve que las instituciones siguen en pie, que el Estado sigue existiendo, que la «casta» sigue operando con otros nombres y su situación personal empeora día a día, empieza a sentirse defraudado. Ese desencanto no se resuelve con más provocaciones en redes sociales.
Tercera conclusión: Con marketing podemos construir un candidato, pero no un gobernante. El dogmatismo ideológica de Milei no resuelve la contradicción entre el programa libertario y la realidad de una sociedad que necesita Estado, industria y trabajo. Lo que funciona para ganar elecciones puede fracasar para administrar la complejidad social. |
IV. La economía no resuelve lo que la política no construye
El mileísmo apostó a que el ajuste de shock, la desregulación total y la apertura comercial desencadenarían fuerzas de mercado capaces de reemplazar la planificación estatal. Era la versión más ortodoxa de una idea que en Argentina ha fracasado con monótona regularidad. La fe ofertista —si bajas impuestos a los sectores concentrados y liberás los mercados, llegan las inversiones y el crecimiento derrama— tiene larga historia y largo historial de fracasos.
La Argentina tiene una restricción externa crónica: el problema del bimonetarismo, la escasez de divisas y el corset de la deuda, que no se resuelven con políticas de «libertad económica» si no hay producción de valor agregado que genere divisas genuinas. El campo sojero, la minería y Vaca Muerta aportan dólares, pero no empleos de calidad ni cadenas de valor integradas. La desindustrialización no es un ajuste por eficiencia. Es destrucción de capacidad productiva acumulada por generaciones, que no se recupera por decreto.
El acuerdo con el FMI firmado en 2025 —por 20.000 millones de dólares, con condicionalidades de ajuste fiscal permanente— consolidó esa trampa. Las metas de superávit primario no admiten inversión pública en infraestructura, educación ni ciencia y tecnología. El resultado previsible, como en todos los ciclos anteriores, es deterioro del capital humano y físico del país, aumento de la dependencia financiera y reducción progresiva del margen de autonomía política. Se paga la deuda de hoy con la capacidad de mañana.
La paradoja más brutal del modelo es que sus propios aliados lo minan. El agro, los grupos financieros y las empresas de servicios privatizan ganancias y socializan costos: bicicleta financiera con el carry trade del peso, remisión de utilidades al exterior, dolarización de ahorros. El capital que «ganó» con Milei no vino a producir, vino a hacer negocios financieros en un contexto de tasas altas y tipo de cambio administrado. Cuando las condiciones cambien —y las condiciones siempre cambian— se irá. El patrón no es nuevo. La diferencia es que cada ciclo deja al país más frágil que el anterior.
Cuarta conclusión: La primacía siempre de la política sobre la economía. El ajuste perpetuo no es un programa de desarrollo, es la administración de la decadencia. Sin política industrial, sin inversión pública y sin mercado interno, la estabilidad macroeconómica es un equilibrio precario que se sostiene mientras el viento externo acompaña y se derrumba en cuanto deja de hacerlo. |
V. En el modelo libertario no hay aliados permanentes: solo intereses
La alianza política y mediática que llevó a Milei al poder no fue una coalición de convicciones, fue una coalición de intereses convergentes en un momento específico. Esa distinción no es menor. Las coaliciones de intereses tienen la durabilidad de los intereses que las sostienen. Cuando los intereses divergen, la alianza se fractura. Eso es exactamente lo que ocurre.
Los grandes medios que celebraron la llegada del «fenómeno libertario» empezaron a tomar distancia cuando el escándalo de la corrupción hizo insostenible el alineamiento acrítico. El periodismo orgánico tiene su propio capital de credibilidad que no puede sacrificar indefinidamente en el altar de ningún gobierno. Cuando el costo de defender lo indefendible supera el beneficio de la cercanía al poder, los grandes medios viajan hacia la posición de «crítica constructiva» que les permite sobrevivir a cualquier ciclo político.
El empresariado repite el mismo patrón. La UIA, la CAME y las cámaras pymes que apoyaron con entusiasmo la candidatura de Milei en 2023 acumulan hoy reclamos concretos: la apertura importadora que destruye su competitividad, las tasas de interés que encarecen el crédito productivo, la caída del consumo interno que reduce sus ventas. El apoyo empresario era ideológico, pero sobre todo, era la apuesta de ciertos sectores era quedarse con los negocios mineros, petroleros y la privatización de las pocas empresas públicas que quedan, esperaban ganar más de lo que perdían. En este juego de poder y negocios, algunos ganan y muchos pierden. Cuando el cálculo empieza a cambiar, el apoyo se erosiona.
La alianza con el PRO —el partido de Macri y Bullrich— tampoco resiste el test del tiempo. La competencia por el mismo electorado de derecha ya generó tensiones visibles, con Macri y Bulrich buscando diferenciarse para preservar su identidad propia y La Libertad Avanza necesitando mantener su base parlamentaria. Esa tensión no tiene resolución armoniosa, en la medida que Milei pierde apoyo, ambos crecen, pronosticando un conflicto grave a corto plazo.
El paraguas externo de Estados Unidos —el apoyo político de Trump y la intervención del Tesoro para sostener la estabilidad financiera del gobierno— es la variable que más claramente distingue este ciclo de anteriores y explica su mayor durabilidad. Pero ese paraguas tiene límites y condiciones. El apoyo de Trump a Milei en 2025 fue mal visto por el establishment de Washington y se prevé difícil volver a repetirlo. Por ahora, como activo, el gobierno argentino se alinea con sus prioridades geopolíticas en la región. Pero si esa alineación se vuelve un costo político interno para Trump, mayor que un activo, el apoyo se recalibra. La lógica imperial no admite sentimentalismos.
Quinta conclusión: En el modelo libertario —como en todo modelo que subordina la política a los intereses del capital concentrado— no hay aliados permanentes. Solo intereses permanentes. El empresariado, los medios, los socios políticos y los aliados internacionales acompañan mientras el modelo les conviene y se reposicionan en cuanto los costos superan los beneficios. |
La pregunta que el modelo no puede responder
El mileísmo gobierna Argentina con un dispositivo más sofisticado que la mera represión: erosiona la confianza en la política como herramienta colectiva, naturaliza la crueldad como virtud, coloniza el sentido común a través de las plataformas digitales y presenta la desorganización social como condición de la libertad individual. Es más difícil de resistir que un ajuste clásico, porque ataca no solo las condiciones materiales de vida, ataca la capacidad colectiva de imaginar alternativas.
Pero la realidad tiene una obstinación que ningún algoritmo puede doblegar. Las fábricas que cierran no reabren por decreto. Los jubilados que no llegan a fin de mes no se convencen con memes. Los trabajadores que pierden el empleo no votan por gratitud a quien los despidió. La sociedad argentina tiene una experiencia histórica, una memoria colectiva, una práctica acumulada que hace muy difícil que un modelo excluyente, desindustrializador y antinacional se sostenga indefinidamente.
Napoleón lo sabía. Las bayonetas sirven para muchas cosas, menos para sentarse sobre ellas. El poder que no puede construir legitimidad genuina —que no puede mostrar que la vida de la mayoría mejora— necesita cada vez más coerción, real y simbólica, para mantenerse. Y la coerción también tiene sus límites, sobre todo en una sociedad con la densidad política y cultural de la argentina.
La historia no está escrita de antemano. Pero la lección que el General dejó resumida en cinco palabras sigue siendo la mejor brújula: la única verdad es la realidad. Y los hechos, tarde o temprano, siempre pasan factura.
Antonio Muñiz

