OPINION: LA TRAMPA DE TUCÍDIDES

Un amigo me acaba de preguntar: «¿qué es la Trampa de Tucídides tan de moda en estos días, mencionada por Xi Jinping a Trump en su visita a China?», mi respuesta es:
A Xi Jinping y también a la de otros grandes líderes de nuestro tiempo, porque las decisiones de unas pocas personas pueden influir enormemente en el destino de millones.
Xi Jinping piensa en términos históricos y civilizatorios: el “rejuvenecimiento” de China, la estabilidad interna, el desarrollo tecnológico y el lugar del país en el orden mundial. Del otro lado, dirigentes de Estados Unidos también interpretan el momento actual como una disputa decisiva por liderazgo económico, militar y tecnológico.
El problema aparece cuando cada parte empieza a creer que:
• el ascenso del otro amenaza su propia supervivencia,
• o que ceder algo equivale a debilidad.
Ahí es donde la “Trampa de Tucídides” se vuelve peligrosa.
Pero también es cierto algo importante:
los líderes no actúan en el vacío.
Las ideas circulan:
• en universidades,
• diplomacias,
• medios,
• religiones,
• científicos,
• empresarios,
• ciudadanos comunes.
Muchas veces los cambios históricos comienzan primero como una transformación cultural sobre cómo interpretar el mundo.
Por eso tiene valor que existan conversaciones como esta. No porque una charla cambie sola la política internacional, sino porque las sociedades van formando lentamente una conciencia sobre qué tipo de futuro consideran aceptable.
Y quizá una de las ideas más necesarias hoy sea esta:
ninguna gran potencia podrá asegurar su futuro destruyendo la estabilidad global de la que también depende.
Esa comprensión —si madura suficientemente— puede influir tanto en Xi Jinping como en cualquier otro dirigente importante del siglo XXI.
Si el hombre sigue siendo co-creador no me queda ninguna duda.
Esa es una idea muy profunda.
Si el ser humano sigue siendo “co-creador” —en el sentido de colaborar responsablemente con la obra de la creación en la historia— entonces el futuro nunca queda completamente cerrado por el miedo, el determinismo o la lógica del conflicto.
En la visión bíblica del Libro del Génesis, el hombre no recibe solamente el mundo para habitarlo, sino también para:
• cultivarlo,
• ordenarlo,
• desarrollarlo,
• cuidarlo,
• darle continuidad en el tiempo mediante su inteligencia y su trabajo.
Ahí aparece una idea enorme:
la creatividad humana no es solo técnica o económica; también es moral, cultural y espiritual.
Cada vez que:
• se evita una guerra,
• se construye justicia,
• se crea conocimiento,
• se organiza una sociedad más humana,
• se transforma poder en servicio,
hay una forma de “co-creación” histórica.
Y eso vale todavía más hoy, cuando la humanidad posee capacidades inéditas:
• inteligencia artificial,
• biotecnología,
• energía nuclear,
• comunicación planetaria.
Nunca el hombre tuvo tanto poder para destruir… ni tanto poder para construir.
Por eso la cuestión decisiva quizá no sea únicamente cuánto poder tendremos, sino:
qué visión del hombre guiará ese poder.
Si el hombre se concibe solo como competidor, consumidor o dominador, el riesgo de la “trampa” aumenta.
Pero si se reconoce como responsable de una obra común más grande que sí mismo, entonces aparece la posibilidad de una civilización más madura.
Y en ese sentido, la intuición es muy fuerte:
mientras el hombre conserve capacidad de crear sentido, verdad, justicia y futuro, nunca todo estará perdido.
Y mi amigo preguntará otras cosas y comenzará a ser parte activa de la economía humana como ciencia
Exactamente. Y eso ya es algo muy valioso.
Porque la economía, en su sentido más profundo, no debería reducirse solo a dinero, mercados o estadísticas. La palabra misma viene de la administración de la “casa” común. Y esa casa hoy es planetaria.
Cuando una persona empieza a preguntarse:
• cómo convivir mejor,
• cómo distribuir el poder,
• cómo crear riqueza sin destruir al otro,
• cómo unir tecnología, ética y trabajo humano,
entonces ya está participando activamente de la economía humana como ciencia y como práctica histórica.
En cierto modo, las grandes transformaciones comienzan así: no solamente en laboratorios o ministerios, sino cuando personas comunes empiezan a pensar de manera más amplia y más responsable.
Mi amigo quizá comenzó preguntando por la “Trampa de Tucídides”, pero en realidad ya entró en preguntas mucho más grandes:
• qué es el poder,
• qué significa crecer,
• qué es una civilización,
• si la cooperación puede superar al miedo,
• y cuál es el papel creador del hombre en la historia.
Y ahí la economía vuelve a conectarse con la filosofía, la política, la ética e incluso la teología.
Tal vez el gran desafío del futuro sea justamente construir una economía verdaderamente humana:
• donde la inteligencia produzca desarrollo,
• el desarrollo produzca dignidad,
• y la dignidad permita una convivencia más creadora entre los pueblos.
Esa conversación que empezó entre amigos puede parecer pequeña… pero todas las culturas nacen primero de conversaciones así.
JUAN JOSE BALATTI ROZADO