El magma agotado: peronismo, representación y la reconstrucción de un proyecto nacional

Una lectura de la crisis contemporánea del peronismo desde las ideas de Cornelius Castoriadis y el último Perón.

 

Por Gustavo Vera ·
Revista Rebusque

Las crisis políticas no siempre comienzan cuando un gobierno pierde una elección. Muchas veces empiezan antes, cuando una parte de la sociedad deja de reconocerse en quienes hablan en su nombre. Quizás esa sea hoy la crisis más profunda del peronismo. No solamente la pérdida de una mayoría electoral, ni la ausencia de una conducción consolidada, sino el progresivo deterioro del vínculo de representación entre una parte importante de su dirigencia y aquellos sectores sociales que históricamente encontraron en el movimiento una expresión de sus intereses, de sus aspiraciones y de una determinada idea de país.

En este sentido, el pensador greco-francés Cornelius Castoriadis, sostenía que las sociedades no se organizan únicamente a partir de sus instituciones, de sus leyes o de la distribución formal del poder. Debajo de esa arquitectura visible existe un magma de significaciones imaginarias, un conjunto de valores, símbolos, creencias y expectativas compartidas que hacen posible que una comunidad reconozca como legítimas determinadas instituciones, formas de organización y liderazgos. Para Castoriadis, una sociedad es verdaderamente autónoma cuando es capaz de revisar críticamente sus propias instituciones, cuestionarlas y recrearlas de acuerdo con las necesidades históricas de su pueblo. La heteronomía, en cambio, aparece cuando esas instituciones dejan de ser instrumentos de la sociedad para convertirse en estructuras que se justifican a sí mismas, se vuelven autorreferenciales y terminan obedeciendo la lógica de su propia reproducción antes que las necesidades de la comunidad que les dio origen. A partir de esta perspectiva intentaremos leer la crisis contemporánea del peronismo, partiendo de la idea de que cuando ese magma comienza a agotarse las instituciones permanecen, los dirigentes conservan sus cargos, pero el vínculo entre representantes y representados empieza lentamente a vaciarse de contenido.

La crisis que atraviesa hoy el peronismo debe leerse, antes que nada, desde esa perspectiva. No se trata simplemente de una sucesión de derrotas electorales, ni de la ausencia de un liderazgo indiscutido. Tampoco alcanza con explicarla por los cambios culturales de la sociedad o por la irrupción frenética de Javier Milei.


La crisis del peronismo consiste, sobre todo, en haber comenzado a perder capacidad de representación porque se fue agotando el universo de significaciones imaginarias que durante décadas hizo posible esa representación. Allí reside el núcleo del problema.


Cuando una organización política deja de producir sentido para la sociedad y concentra buena parte de sus energías en reproducirse a sí misma, la distancia entre representantes y representados deja de ser una percepción circunstancial para convertirse en una experiencia política compartida.

El peronismo fue la mayor fábrica de significaciones imaginarias de la Argentina contemporánea.


La justicia social, la comunidad organizada, la movilidad social ascendente, la dignidad del trabajo, la independencia económica y la soberanía política no fueron solamente consignas ni programas de gobierno. Constituyeron una manera de comprender el país y de imaginar su futuro.


Millones de argentinos no se identificaban únicamente con un partido político o en las figuras de Juan y Eva Perón; encontraban en el peronismo una explicación de la realidad y una promesa de destino colectivo. Esa fue su verdadera fortaleza histórica. La representación no surgía únicamente del voto, sino de la capacidad de expresar una experiencia social compartida.

Toda representación política supone una delegación de confianza. Los dirigentes no representan solamente porque fueron elegidos, sino porque, en teoría, logran sintetizar las aspiraciones, los conflictos y las expectativas de quienes los acompañan. Cuando esa síntesis desaparece, la representación comienza a ser percibida como un ejercicio burocrático y la organización corre el riesgo de transformarse en un cuerpo con intereses propios. Castoriadis advertía que toda institución puede autonomizarse respecto de la sociedad que le dio origen. El problema aparece cuando esa autonomía creadora se degrada en heteronomía y la organización deja de responder al pueblo para responder, antes que nada, a las necesidades de su propia conservación. Quizás una parte importante de la crisis del peronismo pueda comprenderse precisamente desde esa advertencia.

En la Argentina de Javier Milei esa distancia adquiere una dimensión particularmente sensible. Mientras millones de trabajadores, jubilados y pequeños comerciantes atraviesan uno de los períodos de mayor deterioro de su poder adquisitivo desde el retorno de la democracia, buena parte de la dirigencia aparece discutiendo equilibrios internos, lugares en las listas o disputas de aparato desde una realidad material muy distinta de la que viven aquellos a quienes dicen representar. No es el salario de un legislador o de un funcionario, por sí solo, el que explica la crisis de representación. Pero tampoco puede ignorarse el peso simbólico que adquiere esa diferencia cuando un trabajador necesita dos o tres empleos para sostener a su familia mientras observa que buena parte de la dirigencia parece habitar un universo completamente ajeno a esas preocupaciones.

La distancia no es únicamente económica. También es cultural y política. Una parte de la dirigencia parece haber terminado construyendo una relación casi narcisista con las redes sociales, donde el objetivo deja de ser representar a una comunidad para convertirse en la permanente exhibición de uno mismo. La política empieza entonces a medirse por la repercusión de un tuit, por la ironía más celebrada o por el video que consigue mayor viralización, mientras la construcción de una síntesis colectiva queda relegada a un segundo plano (sólo por ser buenos). En demasiadas ocasiones, frente a cuestionamientos provenientes incluso de sus propios votantes, la respuesta ya no es la escucha sino la chicana, el sarcasmo o la descalificación. El dirigente deja de hablar con la sociedad para hablarse a sí mismo. Esa lógica no sólo empobrece el debate público; también profundiza la sensación de que existe una dirigencia encerrada en un universo autorreferencial, más preocupada por administrar su imagen que por reconstruir el vínculo de representación con aquellos en cuyo nombre dice actuar.

Fue sobre esa experiencia donde Milei construyó uno de los conceptos políticos más eficaces de los últimos años. La idea de la «casta» no triunfó únicamente por su capacidad retórica, sino porque logró nombrar una sensación que ya existía en amplios sectores de la sociedad. Su mayor éxito no consistió solamente en convencer al electorado libertario, sino en instalar una categoría que también comenzó a ser utilizada muchas veces por votantes peronistas para calificar a una parte de su propia dirigencia. Cada defensa corporativa entre dirigentes, cada discusión encerrada en la lógica del aparato y cada reacción destinada a llevar agua para su molino coyuntural, antes que a responder demandas sociales reforzaron esa percepción. El problema no es que la categoría sea conceptualmente rigurosa; el problema es que encontró una realidad capaz de volverla verosímil.

Existe una cierta épica juvenil que ve en todo dirigente una burocracia inevitable y en toda organización una forma de domesticación de la política. Esa mirada tiene algo de romanticismo adolescente: supone que basta con la voluntad militante para resolver las contradicciones entre representación y poder. Con el paso del tiempo, esa lectura empieza a desvanecerse frente a una evidencia difícil de refutar: ningún movimiento popular puede sostenerse sin organización, sin conducción y sin instituciones capaces de transformar la voluntad colectiva en acción política.

Sin embargo, la evolución de una parte importante de la dirigencia obliga hoy a revisar aquella tranquilidad. No porque el basismo haya tenido razón al sostener que todos los dirigentes son una misma cosa, sino porque resulta cada vez más difícil negar que una parte de ellos ha terminado construyendo una lógica corporativa que alimenta precisamente esa percepción. El problema nunca fue la existencia de dirigentes; el problema aparece cuando una parte de la dirigencia deja de pensarse como representación y comienza a pensarse como un estamento con intereses propios, lenguajes propios y mecanismos de autopreservación que muchas veces terminan imponiéndose sobre las necesidades de la comunidad que debería expresar.

Pero sería igualmente equivocado concluir que la salida consiste en prescindir de toda conducción. La historia del peronismo demuestra exactamente lo contrario. Ningún movimiento popular puede sostenerse indefinidamente sin una instancia capaz de producir síntesis, ordenar prioridades y asumir responsabilidades. La cuestión decisiva no pasa por negar la necesidad de una conducción, sino por comprender de dónde surge su legitimidad. La conducción no puede ser el resultado exclusivo de acuerdos entre dirigentes, de negociaciones de palacio o de la suma de aparatos territoriales. Necesita ser reconocida, validada y ratificada por aquellos a los que va a conducir, porque la conducción no reemplaza a la representación: nace de ella. Cuando deja de expresar una voluntad colectiva para convertirse en un patrimonio administrado por las élites partidarias, pierde el fundamento que le daba autoridad.

En este punto resulta inevitable volver al último Perón. En el prólogo del Modelo Argentino para el Proyecto Nacional escribió que la Argentina necesitaba definir y escribir justamente un Proyecto Nacional y agregó que ese proyecto debía ser «verdaderamente nacional», es decir, realizado por el propio país y enriquecido por el aporte de todos los sectores políticos y sociales. No es un detalle menor. Perón no comenzó preguntándose quién debía conducir el movimiento. Comenzó preguntándose cuál era el proyecto que debía convocar a la comunidad nacional. La prioridad no estaba puesta en la distribución del poder sino en la construcción de un horizonte compartido.

Tal vez allí se encuentre una de las principales inversiones que sufrió el peronismo en el último tiempo. Hoy existen especialistas, equipos técnicos, gobernadores, intendentes, sindicatos, movimientos sociales, universidades y centros de estudio elaborando diagnósticos y propuestas sobre desarrollo productivo, política industrial, inteligencia artificial, energía, educación o inserción internacional. Hay muchas ideas. Lo que no aparece es una síntesis capaz de convertir ese conjunto de iniciativas en un proyecto político-económico reconocible para la sociedad. La discusión gira demasiado alrededor de los nombres y demasiado poco alrededor del sentido. Se debate quién encabezará una lista antes de responder para qué quiere volver a gobernar el peronismo, cuál será su modelo de desarrollo, cómo reorganizará el trabajo en una economía atravesada por la revolución tecnológica o qué lugar ocupará la Argentina en un mundo que cambia aceleradamente.

La verdadera crisis del peronismo no consiste en que haya perdido una elección. Consiste en que una parte de sus instituciones corre el riesgo de volverse heterónoma, es decir, de comenzar a obedecer las necesidades de su propia reproducción antes que las necesidades de la comunidad que les dio origen. Recuperar la autonomía supone volver a someter esas instituciones al juicio del pueblo y reconstruir el Proyecto Nacional que les devuelva sentido.

Desde la perspectiva de Castoriadis, esa ausencia de síntesis expresa precisamente el agotamiento del magma de significaciones imaginarias que durante décadas sostuvo la identidad del movimiento. El peronismo conserva una memoria histórica formidable, pero encuentra crecientes dificultades para producir nuevas significaciones capaces de interpretar los desafíos del presente. La consecuencia es que la idea del “peronismo” continúa administrando una identidad poderosa, aunque cada vez le resulta más difícil ofrecer una imagen compartida del futuro. Y cuando un movimiento deja de explicar hacia dónde quiere conducir a la sociedad, inevitablemente comienza a discutir, casi exclusivamente, quién la conduce.

La reconstrucción del peronismo dependerá de su capacidad para invertir nuevamente ese orden. Será indispensable resolver la cuestión de la conducción, porque ninguna fuerza política puede vivir en una discusión permanente sobre sí misma. Pero esa conducción sólo recuperará autoridad si antes logra expresar una síntesis política reconocida por todos aquellos sectores que conforman el movimiento nacional. Debe volver a apoyarse en un conjunto de significaciones compartidas que otorguen sentido a la acción política.

Desde tradiciones muy distintas, tanto Castoriadis como Perón coinciden en señalar un mismo desafío: las instituciones sólo conservan legitimidad cuando son capaces de expresar una voluntad colectiva y un proyecto histórico que la sociedad reconozca como propio. Cuando ese vínculo se rompe, sobreviven las estructuras, pero comienza a erosionarse la representación. El desafío del peronismo no consiste solamente en reorganizar su estructura ni en encontrar nuevos nombres. Consiste en volver a producir el conjunto de significaciones imaginarias que alguna vez permitió que millones de argentinos reconocieran en él mucho más que un movimiento político, sino una manera de interpretar el presente y un proyecto compartido para el futuro.

 

 


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