Con alimentos otra vez como motor —carne y verduras al frente— y nuevas actualizaciones en tarifas, el IPC de febrero se encamina a quedar por encima de lo que esperaba el mercado en el REM. El dato de enero (2,9%) ya había mostrado que la desinflación no viene en línea recta.
La inflación de febrero apunta a moverse otra vez en la zona del 3 % al 3,5%, de acuerdo con mediciones privadas que siguen de cerca alimentos y servicios regulados. Si esas proyecciones se confirman, el Gobierno de Javier Milei no sólo quedaría lejos del objetivo de “perforar” el 2% en el primer trimestre, sino que consolidaría un arranque de año con presión persistente en rubros básicos, incluso con superávit fiscal y una estrategia monetaria centrada en “no emisión”.
El antecedente inmediato es enero, cuando el INDEC informó una suba mensual del 2,9% (32,4% interanual). En ese mes, Alimentos y bebidas no alcohólicas trepó 4,7% y fue la división con mayor incidencia regional, empujada “principalmente por las subas en Carnes y derivados y Verduras, tubérculos y legumbres”.
Ese arrastre importa porque febrero vuelve a mostrar el mismo patrón: el rubro alimentos no termina de aflojar y el frente tarifario suma ruido a un proceso de desinflación que, por ahora, se sostiene más en anclas y administración de precios relativos que en una caída generalizada y homogénea.
¿Qué están viendo las consultoras? Alimentos arriba y un piso difícil de quebrar
Los últimos relevamientos privados coinciden en que el “piso” inflacionario está más cerca del 3,5% que del 2%. En la medición de LCG, los alimentos acumularon una suba superior al 3% en las últimas cuatro semanas, con carne y verduras como principales traccionadores.
En la misma línea, Eco Go registró en la tercera semana del mes una suba semanal en alimentos consumidos dentro del hogar y proyectó la inflación del rubro cerca del 3% para febrero, con un cálculo que combina consumo dentro y fuera del hogar y ubica la inflación general del mes en torno al 3%.
Por su parte, Analytica también ubicó la proyección del mes en torno a 2,8%, mientras que la canasta de productos básicos de Consumidores Libres mostró un alza de 3,1% en la primera quincena.
La foto es clara: el Gobierno puede mostrar un sendero de menor inflación interanual que el de 2024, pero el “último tramo” —bajar del 3% al 1%— es el más costoso. Y febrero, lejos de acelerar esa convergencia, vuelve a poner el foco en los precios que más pesan en la vida diaria.
REM vs realidad: el mercado esperaba 2,1% para febrero
El dato que explica por qué febrero “complica” es la comparación con las expectativas del propio mercado. En el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del BCRA, la mediana para febrero se ubicó en 2,1% para el IPC nivel general.
Esa brecha —entre el 2,1% esperado y el 3 y el 3,5 % que sugieren las mediciones privadas— reabre un problema clásico: cuando la inflación sorprende al alza, se recalibran paritarias, márgenes, listas y contratos, y la desinflación se vuelve más lenta por un componente de “inercia” que no se rompe sólo con disciplina fiscal.
Además, enero ya había marcado un desvío: mientras el REM veía 2,4% para ese mes, el IPC terminó siendo 2,9%.
Tarifas: un factor que vuelve a sumar presión
A la dinámica de alimentos se le agrega el frente regulado. Para febrero se informaron actualizaciones en servicios públicos: en electricidad se mencionó un aumento promedio del 3,59% para usuarios del AMBA (Edenor y Edesur), y en gas un incremento promedio del 16,86% a nivel nacional, con diferencias por zonas y cuadros tarifarios.
En un esquema donde el Gobierno busca recomponer precios relativos y reducir subsidios, cada ronda tarifaria tiene un doble efecto: suma directamente al índice y también impacta en costos (comercios, logística, servicios), con traslados parciales que dependen del nivel de actividad y del poder de compra.
La promesa del “1%” y el problema político del desinflar sin recomponer ingresos
Milei había instalado como horizonte una inflación por debajo del 1% en el segundo semestre. El arranque de 2026, con registros cercanos al 3%, pone esa meta bajo tensión, sobre todo porque no se trata sólo de un número: es el eje político del programa económico.
El desafío es que, aun con un esquema fiscal austero, la inflación “residual” puede persistir por tres carriles simultáneos:
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Alimentos con shocks frecuentes (carne, verduras) y formación de precios altamente sensible al tipo de cambio, costos y expectativas.
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Regulados (tarifas, transporte, prepagas, combustibles) que corrigen atrasos y ordenan cuentas, pero suben el piso del IPC.
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Servicios que suelen bajar más lento porque están más ligados a salarios, alquileres y costos internos.
Enero ya dejó un dato ilustrativo: la mayor suba fue alimentos (4,7%), pero también se movieron “Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles” (3,0%) y “Comunicación” (3,6%).
La pregunta de fondo —que empieza a aparecer incluso en informes del sistema financiero— es si la desinflación puede acelerarse sin una mejora visible del ingreso real. Cuando la inflación no cae al ritmo prometido y el poder adquisitivo sigue tensionado, el margen político se achica: la economía se “ordena” en lo fiscal, pero la calle mira el changuito.
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Tarifas: electricidad con ajuste promedio informado para AMBA y gas con aumento promedio nacional.
¿Lo que se juega el Gobierno?
Con febrero con IPC arriba del 3%, el Gobierno enfrenta un dilema: sostener el ancla macro (fiscal/monetaria) y las correcciones de precios relativos, pero evitando que el “piso” inflacionario se vuelva permanente. La meta política de la gestión —bajar la inflación rápido y de manera contundente— no se mide sólo en la curva interanual, sino en la sensación cotidiana: cuánto sube comer, moverse y pagar los servicios.
Y ahí, por ahora, febrero no trae alivio.
