Lo que anticipa el diagnóstico social de 2025 y por qué la próxima campaña ya está en marcha.
Redacción Data Política y Económica
El último informe nacional de Zuban Córdoba expone una sociedad partida, con una economía percibida en retroceso y una crisis de representación que ya no distingue entre oficialismo y oposición. A dos años de las elecciones presidenciales, la Argentina ingresa en una etapa donde el problema central no es solo quién gobierna, sino quién logra volver a representar una vida cotidiana atravesada por la incertidumbre, el miedo y la desconfianza.
La Argentina de fines de 2025 ofrece una imagen incómoda para la política tradicional. La aprobación del gobierno de Javier Milei se ubica en torno a un empate técnico, con una leve mayoría que desaprueba la gestión, mientras crece la percepción de deterioro económico en los hogares. Sin embargo, el dato más relevante no está en la aritmética del respaldo, sino en el trasfondo: una mayoría social expresa que ya no se siente representada por las fuerzas políticas históricas, en particular por el peronismo, que durante décadas estructuró el vínculo entre Estado, trabajo y movilidad social.
Ese diagnóstico no es coyuntural. Marca el terreno sobre el cual se disputará la campaña de 2027.

Desgaste sin ruptura: la paradoja del oficialismo
El gobierno libertario llega a esta etapa con una paradoja evidente. Pierde respaldo en la evaluación de su gestión, especialmente por el impacto social del ajuste y la persistencia de problemas económicos, pero no pierde identidad política. El núcleo duro que acompañó a Milei en 2023 sigue activo, movilizado más por una lógica de ruptura con “lo anterior” que por resultados concretos.
Para el oficialismo, el desafío hacia 2027 no será únicamente mejorar los indicadores económicos, sino sostener una narrativa capaz de transformar el desgaste en resistencia política. La polarización, el señalamiento de enemigos y la apelación a una épica antisistema siguen siendo activos electorales. El riesgo es evidente: cuando el deterioro material se prolonga, la identidad ya no alcanza y el voto puede transformarse en castigo.
El peronismo frente a su crisis más profunda
Si el oficialismo enfrenta el dilema del desgaste, la oposición —y en particular el peronismo— enfrenta algo más grave: una crisis de traducción social. No se trata solo de liderazgos, internas o estrategias electorales. Se trata de que amplios sectores ya no perciben al peronismo como el lenguaje natural de sus problemas.
El mundo del trabajo que dio origen a su identidad histórica cambió radicalmente: informalidad, precarización, pluriempleo y economías de subsistencia desdibujaron los canales clásicos de representación. Al mismo tiempo, la cultura política se volvió más volátil, emocional y desconfiada de toda mediación institucional. En ese contexto, el peronismo dejó de ser un reflejo automático del malestar social.
La campaña de 2027 exigirá algo más que unidad táctica: exigirá una reconstrucción del sentido, una forma nueva de hablar de trabajo, orden, seguridad, Estado y futuro sin sonar a pasado ni a resignación.
Seguridad, orden y derechos: el nuevo clivaje
El informe de Zuban Córdoba dialoga con una tendencia más amplia en América Latina: el desplazamiento del eje “igualdad-desigualdad” hacia el eje “orden-inseguridad”. En sociedades golpeadas por el delito, la migración desordenada y la fragilidad económica, la demanda de control se vuelve central y reconfigura el sentido de la democracia.
Este giro tiene consecuencias políticas claras. La seguridad se transforma en legitimidad y habilita discursos que relativizan derechos, protestas y libertades en nombre del orden. El riesgo es que la política quede atrapada en una falsa dicotomía: orden sin derechos o derechos sin eficacia. En ese terreno, el oficialismo tiene ventaja discursiva, mientras la oposición corre el riesgo de quedar asociada a una defensa abstracta de principios sin respuestas concretas.
La región como espejo
Lo que ocurre en la Argentina no es una excepción. En América Latina se repite un patrón: crisis de partidos, desconfianza institucional y liderazgos personalistas que capitalizan el enojo social. Desde gobiernos de derecha dura hasta experiencias progresistas desgastadas, la constante es la dificultad de construir hegemonías estables.
En ese marco, la Argentina de 2027 no discutirá solo un modelo económico. Discutirá su forma de representación política en un continente donde la democracia formal convive cada vez más con prácticas de control, polarización extrema y baja credibilidad de las élites.
El voto que viene: bolsillo, pertenencia y confianza
Todo indica que la próxima elección se definirá en tres planos simultáneos:
El bolsillo, no como variable macroeconómica, sino como experiencia diaria.
La pertenencia, entendida como identidad política y emocional.
La confianza, o su ausencia, en partidos, instituciones y liderazgos.
La crisis de representación no es el problema a resolver antes de la campaña: es el escenario mismo de la campaña. Quien logre ofrecer una narrativa creíble de futuro, anclada en la vida real y no solo en consignas, tendrá ventaja incluso en un contexto económico adverso.
Un final abierto
La Argentina ingresa así en una etapa donde nada está cerrado. El oficialismo conserva identidad pero enfrenta desgaste; la oposición tiene espacio pero carece de traducción social; la sociedad busca orden, pero también sentido. En ese cruce se jugará en 2027.
La pregunta que ordenará la elección no será simplemente ¿Quién gestiona mejor?, sino ¿Quién vuelve a hablar en nombre de una vida cotidiana atravesada por el miedo, la precariedad y la incertidumbre?. Hoy, esa respuesta sigue vacante. Y por eso, aunque falten dos años, la campaña ya ha comenzado.
