El gobernador bonaerense lanzó la rama universitaria y científica del Movimiento Derecho al Futuro ante docentes, investigadores y militantes. Trazó un diagnóstico de «destrucción masiva» del sistema público, cruzó al presidente por incumplir la Constitución y volvió a instalar el concepto de «nuevas canciones» en la discusión interna del peronismo.
El Aula Magna de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires se llenó el jueves con una mezcla de militantes estudiantiles, investigadores del CONICET y dirigentes del peronismo bonaerense. Afuera, en los pasillos del Pabellón 2, colgaban carteles del Movimiento Derecho al Futuro (MDF). Adentro, el gobernador Axel Kicillof comenzó su discurso recordando que cursó el CBC en esa misma facultad. El detalle biográfico era también un mensaje político: el acto no era un evento de ocasión, sino la apertura de un nuevo frente en su construcción de cara a 2027.
El lanzamiento de «MDF Universidad y Ciencia» fue el tercer evento sectorial del movimiento que Kicillof fundó en febrero de 2025. Antes hubo uno en la Ciudad de Buenos Aires y otro dedicado a cultura. Quedan pendientes los de educación y mujeres. Cada uno traza un nuevo surco en un armado que el gobernador construye con cuidado metodológico: sector por sector, discurso por discurso, sumando adherentes en ámbitos donde el peronismo tradicional había perdido presencia. Los que lo rodean evitan hablar de campaña presidencial; los datos de las encuestas hablan solos. Varias consultoras lo posicionan en 2026 como el opositor con mayores posibilidades frente a Javier Milei, incluso competitivo en un eventual balotaje en territorio bonaerense.
«Estamos viviendo un ataque sin precedentes a la ciencia y la universidad. Hay una elección de ir con más dureza contra nuestro sistema científico y tecnológico.»
Desde el estrado, Kicillof describió el escenario como «un momento espantoso» para la ciencia, las universidades, la producción, los trabajadores y las pymes. Esa acumulación de adjetivos no era retórica vacía: apuntaba a construir un relato de crisis sistémica que trascienda el conflicto universitario y justifique la urgencia de una alternativa de gobierno. El gobernador denunció que los salarios de docentes e investigadores cayeron más que los del resto de los trabajadores bajo la gestión Milei, y calificó el recorte presupuestario en ciencia y educación superior como una «elección ideológica», no una necesidad fiscal. «Hay un plan de destrucción de la universidad pública argentina y del sistema científico», afirmó.
El diagnóstico que trazó sobre la economía no fue menos duro. Kicillof encuadró al gobierno de La Libertad Avanza en una serie histórica de programas neoliberales: Martínez de Hoz, Cavallo, Macri. «Es el mismo plan, con los mismos personeros», sostuvo, y definió la política de apertura importadora y represión salarial como un modelo que Argentina ya conoce y del que ya sufrió las consecuencias. La comparación es una apuesta retórica deliberada: colocar a Milei no como un fenómeno disruptivo sino como la reedición de un ciclo conocido reduce su novedad y facilita la argumentación opositora.
El tramo más duro del discurso fue el que apuntó directamente al Presidente. «Milei está incumpliendo leyes, convenios y la Constitución nacional. Nos está llevando a un estado de disolución nacional», afirmó el mandatario. Y antes, ante el público universitario, fue más gráfico: calificó al gobierno de «una manga de chorros e ignorantes» con «saña» contra el sistema científico y tecnológico, y dijo que el Presidente está «en Babia» utilizando «recetas antiguas y fracasadas». La dureza del tono contrasta con la habitual moderación de Kicillof en sus primeros años de gestión, y revela que el gobernador siente que el terreno político se consolidó suficientemente como para elevar la confrontación directa.
«Me gusta decir las nuevas canciones de las modalidades y los formatos de gestión»: la frase volvió a encender el debate sobre qué significa diferenciarse del kirchnerismo sin romper con él.
Pero la parte del discurso que más reverberó en el peronismo no fue la crítica al Gobierno, sino la interpelación hacia adentro. Kicillof recuperó el concepto de «nuevas canciones», que ya había usado semanas atrás en La Plata y generó rispideces con sectores kirchneristas que lo interpretaron como una distancia explícita de las formas de la política que encarnó Cristina Fernández de Kirchner. Esta vez, el gobernador lo articuló en el marco de la necesidad de planificar y construir objetivos concretos: los gobiernos populares, dijo, deben saber qué quieren hacer antes de llegar al poder. La referencia fue entendida como una crítica implícita a los límites del ciclo 2019-2023, cuando la coalición Frente de Todos ganó la presidencia con un programa difuso y terminó fracturada.
El llamado a la unidad fue la frase de cierre más comentada. «Tenemos una tarea inmensa. No nos puede pasar de nuevo que logremos una expresión electoral que gane y después tengamos dificultades para gobernar», planteó. Y concluyó: «Necesitamos ideas en común, saber para dónde vamos y tratar de no perder tiempo en internas que no llevan a ningún lado. Vinimos a plantar la bandera del desarrollo nacional y la soberanía.» El mensaje tenía destinatarios identificables: el kirchnerismo, que aún no tiene candidato presidencial para competirle internamente; y los propios armadores del MDF, que en algunos distritos protagonizaron disputas que el gobernador preferiría dejar atrás.
El contexto en que se inscribe este llamado tiene historia reciente. En marzo, el PJ bonaerense renovó autoridades con Kicillof como nuevo presidente del partido, luego de que Máximo Kirchner resignara la conducción formal. De los 16 municipios donde hubo elecciones internas, el MDF se impuso en diez. La Cámpora retuvo cuatro —incluyendo Mar del Plata y Tres de Febrero, dos distritos de peso— y el massismo se quedó con dos. El resultado consolidó a Kicillof como la figura dominante del peronismo bonaerense, pero dejó en claro que el kirchnerismo duro mantiene trincheras que no cederá sin negociación. La paz interna que el gobernador reclama desde el atril universitario todavía tiene varios capítulos por escribir.
El acto contó con la presencia de buena parte del gabinete provincial: Carlos Bianco, Gabriel Katopodis, Augusto Costa, Andrés Larroque y Cristina Álvarez Rodríguez, entre otros. También asistieron legisladores nacionales y provinciales, intendentes del conurbano y referentes del sistema científico. La Juventud Universitaria Peronista y el Movimiento Universitario del Conurbano aportaron la militancia. La imagen fue la de un espacio que intenta mostrar músculo territorial y diversidad sectorial al mismo tiempo: una señal hacia adentro del peronismo y una carta de presentación hacia afuera.
Sobre las deudas estructurales del conurbano, Kicillof fue preciso: hay localidades que crecieron un 66% demográficamente sin que eso fuera acompañado por infraestructura pública. Faltan escuelas, hospitales, comisarías, asfalto. El fenómeno, dijo, no es casual sino el resultado de décadas de políticas de centralización de la riqueza y desindustrialización. La mención no era un excurso; era parte del argumento central: el MDF nació para pensar en el desarrollo nacional desde los territorios más castigados, no para administrar la crisis.
«Para eso nació este espacio: para que todos y todas los que no quieren estas políticas cuenten con una herramienta y un lugar para pensar y construir el futuro de la Argentina», cerró Kicillof. Afuera, en el campus de Ciudad Universitaria, el sol de la tarde caía sobre el Río de la Plata. Dentro del Aula Magna, el gobernador bonaerense siguió construyendo, paso a paso, el relato y la estructura que necesita para convertirse en una opción presidencial. A Milei, según él mismo dijo, le quedan menos de dos años.
NR
