Venezuela: entre las brasas del sueño bolivariano

Del No al ALCA y la alianza entre Chávez, Lula y Kirchner a la captura de Maduro, el acuerdo petrolero con Trump y el terremoto que devastó La Guaira. Lo que sobrevive de la Revolución Bolivariana y la pregunta que vuelve a recorrer América Latina: ¿Puede un proyecto nacional sobrevivir aislado frente a una potencia continental?

Por Antonio Muñiz


Hay episodios de la historia latinoamericana que sólo se entienden bien años después de ocurridos. La Venezuela de Hugo Chávez es uno de ellos, y el año 2026 terminó de escribir su capítulo más brutal: un presidente capturado por tropas estadounidenses en su propia residencia, un acuerdo petrolero que entrega a Washington el control de 65.000 millones de barriles de crudo, y un terremoto doble que dejó miles de muertos en las mismas semanas en que el país discutía quién se quedaría con su principal riqueza.

Reducir el chavismo a Chávez, a Maduro o al petróleo es tan insuficiente como explicar la historia argentina reciente por sus gobiernos solamente. La Revolución Bolivariana formó parte de una época latinoamericana más amplia, la reacción contra el neoliberalismo de los noventa, la recuperación del rol del Estado, la reducción de la pobreza y la búsqueda de una integración regional que no respondiera a Washington.

EL NO AL ALCA Y LA FOTOGRAFÍA QUE YA ES HISTORIA

Aquella época tuvo un momento fundacional en Mar del Plata, en noviembre de 2005. Allí, una alianza inusual entre Hugo Chávez, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, acompañados por otros presidentes de la región, bloqueó el proyecto estadounidense del Área de Libre Comercio de las Américas. No hubo solamente una discusión comercial, se dirimió quién definiría el rumbo económico de la región.

Ese No al ALCA fue la expresión política de una generación que llegaba al poder después de décadas de ajuste, privatizaciones y desindustrialización. Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Uruguay y Paraguay ensayaron caminos distintos, con contradicciones propias, pero con un principio compartido: ningún país latinoamericano tenía escala suficiente para negociar solo frente a las grandes potencias. De ahí nacieron UNASUR, CELAC, el ALBA, Petrocaribe y la ampliación del Mercosur, probablemente el mayor aporte estratégico de aquel ciclo.

CHÁVEZ Y LA POLÍTICA COMO RECUPERACIÓN DE DIGNIDAD

Cuando Chávez asumió en 1999, Venezuela arrastraba una desigualdad profunda y el agotamiento de un sistema político tradicional montado sobre la renta petrolera. El chavismo no inventó esa dependencia; modificó la relación entre el Estado, la renta y la sociedad. La nueva Constitución, las nacionalizaciones y las Misiones Bolivarianas ampliaron el acceso a salud, educación y vivienda para sectores históricamente postergados, con mejoras sociales cuya magnitud exacta varía según la metodología, pero que el propio Banco Mundial documentó en la reducción de la pobreza medida por línea nacional durante esos años.

Más importante todavía, millones de venezolanos volvieron a sentirse sujetos de la política. Chávez entendió, además, que la soberanía venezolana dependía de la soberanía latinoamericana, y de ahí su apuesta por el ALBA, la cooperación Sur-Sur y la convergencia con Lula y Kirchner. Tres tradiciones distintas —militar, sindical, política— confluían en una misma conclusión: la región necesitaba recuperar capacidad de decisión propia.

EL PETRÓLEO: LA FORTALEZA QUE SE VOLVIÓ VULNERABILIDAD

El gran instrumento de transformación del chavismo fue, inevitablemente, el petróleo. Venezuela posee las mayores reservas probadas del planeta, y durante la primera década del siglo la renta petrolera financió programas sociales, infraestructura y una política exterior autónoma.

Ahí apareció una de las contradicciones estructurales del proyecto, quiso superar el rentismo sin transformar del todo la estructura productiva del país. PDVSA terminó cumpliendo funciones productivas, fiscales y sociales a la vez, con consecuencias sobre su capacidad de reinversión y mantenimiento. La propia Administración de Información Energética de Estados Unidos atribuyó el deterioro petrolero venezolano a una combinación de falta de inversión, problemas de gestión, pérdida de capacidades técnicas y, más tarde, sanciones internacionales.

Esa precisión importa: las sanciones estadounidenses no explican por sí solas la crisis venezolana, pero tampoco puede explicarse la crisis ignorándolas. La producción petrolera venía cayendo antes de las sanciones más duras; después, la ofensiva económica de Washington profundizó el derrumbe. De unos 3,2 millones de barriles diarios en 2000, la extracción cayó a cerca de 735.000 en 2023. En enero de 2019, Estados Unidos sancionó directamente a PDVSA y bloqueó buena parte de sus operaciones financieras, y las importaciones estadounidenses de crudo venezolano prácticamente desaparecieron.

Sería igual de equivocado usar las sanciones como explicación total. Hubo dependencia extrema de la renta, controles económicos poco eficaces, corrupción, burocratización y una creciente concentración del poder político. La tragedia venezolana se explica por la combinación de agresión externa y debilidades propias.

LA MUERTE DE CHÁVEZ Y EL COMIENZO DE LA DECLINACIÓN

La muerte de Chávez, el 5 de marzo de 2013, dejó un vacío que nunca se llenó del todo. Maduro heredó un movimiento construido en torno a un liderazgo excepcional, y una economía mucho más vulnerable. Poco después cayeron los precios internacionales del petróleo, y con ellos las condiciones materiales que habían sostenido el modelo.

La inflación se disparó, la producción petrolera siguió cayendo, la infraestructura se deterioró, la migración creció y la oposición ganó espacio. El Estado respondió con más control político y centralización. El chavismo dejó de ser la fuerza expansiva de los primeros años y se convirtió en una fuerza defensiva. No fue una caída instantánea; fue un proceso.

MADURO: RESISTIR, SOBREVIVIR, RETROCEDER

Maduro logró algo que muchos daban por imposible: sostener al chavismo en el poder después de la desaparición de Chávez, la crisis petrolera, las sanciones, el aislamiento internacional y una ofensiva política sostenida de Washington.

Pero sobrevivir no es lo mismo que avanzar. Las comunas y las experiencias de poder popular siguieron existiendo, de manera desigual, sin que pueda afirmarse que sus conquistas fueran irreversibles. Una revolución no se sostiene sólo porque el gobierno se mantenga en el poder. Las instituciones pueden sobrevivir mientras el contenido politico – social que las originó se debilita.

LA INTERVENCIÓN: ESTADOS UNIDOS VUELVE DIRECTAMENTE SOBRE VENEZUELA

El 3 de enero de 2026 cambió el escenario de manera definitiva. Estados Unidos ejecutó la llamada Operación Resolución Absoluta: una incursión militar sobre Caracas y otras zonas estratégicas que incluyó bombardeos sobre bases aéreas, el Fuerte Tiuna y el puerto de La Guaira, y culminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en su residencia. Ambos fueron trasladados a Nueva York para enfrentar cargos por narcoterrorismo y tráfico de drogas que databan de 2020; el jefe del Estado Mayor Conjunto estadounidense, general Dan Caine, describió la operación como una extracción de enorme complejidad técnica. El gobierno de Washington la presentó como una acción contra el narcotráfico, mientras la dirigencia chavista la denunció como una agresión directa a la soberanía nacional.

Por primera vez en décadas, Estados Unidos pasó de la presión económica y diplomática a una intervención militar directa que desplazó al jefe de Estado venezolano. Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina. En las semanas siguientes se liberó a más de 600 presos políticos y, en marzo, se restablecieron relaciones diplomáticas entre Caracas y Washington tras siete años de ruptura.

Y ahí reapareció el petróleo. El 28 de agosto, Trump anunció lo que calificó como el mayor acuerdo petrolero de la historia: Estados Unidos obtendría el control mayoritario de 65.000 millones de barriles de reservas venezolanas mediante el desarrollo de 17 campos estratégicos, en sociedad con capital privado. Delcy Rodríguez confirmó el pacto como «histórico» y habló de una inversión superior a los 100.000 millones de dólares y de más de 209.000 millones en tributos futuros para el Estado venezolano. La estructura del convenio, su duración y el control efectivo sobre los flujos financieros generaron, sin embargo, fuertes cuestionamientos.

La disputa por Venezuela vuelve así a concentrarse en lo que estuvo en su centro desde los tiempos de Chávez, quién controla la renta petrolera.

LA PARADOJA DE LA VENEZUELA DE HOY

Aquí aparece la contradicción más profunda. El mismo proceso que denunció durante años la dependencia del capital extranjero se ve ahora obligado a negociar con el principal adversario geopolítico de la Revolución Bolivariana para reconstruir la industria que sostiene buena parte de su economía. Y Washington, que usó las sanciones para presionar por un cambio político, aparece ahora asociado a la recuperación de la principal riqueza estratégica del país.

La pregunta ya no es solamente si el chavismo puede conservar el poder. La pregunta es qué queda del proyecto original. ¿Puede existir soberanía política sin soberanía económica? ¿Puede una revolución social depender de una economía petrolera controlada por otro? Las respuestas no son evidentes, y sería intelectualmente pobre resolverlas desde una consigna.

EL TERREMOTO: CUANDO LA TRAGEDIA DEJÓ DE SER SOLAMENTE POLÍTICA

Como si la historia reciente no hubiera acumulado suficientes golpes, el 24 de junio de 2026 llegó una tragedia de otra naturaleza. Dos terremotos, de magnitud 7,2 y 7,5, sacudieron con apenas segundos de diferencia el norte del país, con epicentro en Yaracuy pero con el impacto más severo en La Guaira, Caracas y el Distrito Capital. Edificios residenciales colapsaron, el puente que conecta Caraballeda con el resto de La Guaira cayó tras una réplica, y patrimonio histórico como la Catedral de Caracas y la Ciudad Universitaria sufrieron daños de consideración.

El balance oficial, en permanente actualización desde entonces, superó los 6.300 muertos hacia comienzos de agosto, más de 16.700 heridos y unas 17.900 personas que perdieron su vivienda; la ONU calculó que al menos medio millón de personas necesitarían refugio. Una evaluación del Banco Mundial, realizada mediante la metodología Global Rapid Damage Estimation, estimó en 19.600 millones de dólares los daños físicos directos: 47% en viviendas, 27% en infraestructura y 26% en edificios no residenciales, con La Guaira y el Distrito Capital concentrando cerca de la mitad del impacto económico total. El organismo advirtió que una reconstrucción lenta podría frenar la recuperación económica del país durante toda la próxima década.

Esta claro que el terremoto es una catástrofe natural. Pero lo políticamente relevante es que golpeó sobre una sociedad con un estado muy debilitados lo que multiplicó sus consecuencias sociales y económicas. La emergencia obligó al Estado a desplegar de nuevo su capacidad de organización —más de 14.000 militares y 2.600 rescatistas extranjeros llegaron a movilizarse hacia La Guaira—, pero también expuso las debilidades acumuladas, hubo denuncias por demoras y falta de respuestas rapidas en las primeras hora, descoordinacion y falta de una conduccion clara en la movilización los recursos.

Reconstruir Venezuela requiere capital, energía, infraestructura y financiamiento, exactamente lo que el país perdió o deterioró durante los años de crisis. La tragedia natural terminó mezclándose con la tragedia política y económica, y abrió una disputa adicional, quién financiará la reconstrucción, mientras el estado venezolano pierde el control de la renta petrolera necesaria para llevarla adelante.

PERO VENEZUELA NO TERMINÓ

Hay un dato que suele quedar fuera de los análisis internacionales, la persistencia de las organizaciones populares. Las comunas siguen existiendo, con dificultades y desarrollo desigual, pero existen, como una de las principales reservas estratégicas de lo que fue la Revolución Bolivariana, espacios donde sobreviven experiencias de organización territorial, producción colectiva y poder popular.

Las revoluciones no sobreviven solamente en los palacios de gobierno; también sobreviven en las capacidades que adquiere un pueblo. Quien aprendió a organizar una asamblea o a sostener una cooperativa no vuelve necesariamente al punto de partida cuando cambia el gobierno.

Por eso resulta significativa la llegada de brigadas internacionalistas después del terremoto,  campesinos colombianos, militantes catalanes y vascos, organizaciones brasileñas y movimientos latinoamericanos que buscan encontrarse con las organizaciones populares venezolanas, ya no bajo la lógica de los congresos y las fotografías con funcionarios, sino en un internacionalismo menos vistoso y más difícil. La solidaridad, en esa clave, consiste en construir relaciones entre pueblos organizados capaces de aprender mutuamente, no en dictar desde afuera lo que los venezolanos deben hacer.

LA LECCIÓN QUE AMÉRICA LATINA NO DEBERÍA OLVIDAR

Aquí la historia venezolana deja de ser solamente venezolana. El problema de fondo no fue Chávez ni es Maduro. Es la posibilidad de que las sociedades latinoamericanas decidan qué hacer con sus propios recursos. Eso estuvo en juego en Mar del Plata en 2005, y por eso la fotografía de Chávez, Lula y Kirchner tiene hoy una dimensión casi epica.

 

A 10 años del rechazo al ALCA en Mar del Plata

 

Aquella unidad se fue rompiendo. Golpes institucionales, crisis políticas, ofensivas judiciales, campañas mediáticas y presiones financieras fueron cambiando el mapa regional: Paraguay,  Ecuador, Uruguay, Bolivia, Argentina y finalmente Venezuela, convertida durante años en el principal objetivo de la estrategia estadounidense en la región. No todos los procesos fueron iguales ni todas las derrotas tuvieron las mismas causas, y sería simplista atribuir cada cambio de gobierno a una conspiración externa. Pero hay una constante: cuando América Latina avanzó dividida, las potencias externas tuvieron muchas más posibilidades de intervenir sobre cada país por separado. La vieja lógica imperial no necesita derrotar a todo un continente a la vez. Le alcanza con ir aislando gobiernos, uno detrás de otro, como piezas de dominó.

UNIDOS O DEPENDIENTES

La experiencia venezolana obliga a descartar dos simplificaciones, la que reduce todo lo ocurrido a la supuesta irracionalidad del chavismo, y la que explica la tragedia entera por el bloqueo estadounidense. Hubo conquistas sociales reales, una recuperación de la dignidad política de sectores populares y una política de integración latinoamericana sin precedentes recientes. Hubo también errores económicos graves, corrupción, concentración de poder y deterioro institucional. Hubo sanciones, bloqueo financiero, una ofensiva política internacional y, finalmente, una intervención militar directa. Todo eso forma parte de la misma historia, y Venezuela no debería usarse como argumento de propaganda por ningún bando, sino estudiarse: contiene una de las experiencias políticas más importantes de América Latina del último cuarto de siglo, y también una de sus derrotas más dolorosas.

Chávez comprendió algo que Bolívar había intuido dos siglos antes, la independencia política de cada país es insuficiente si los pueblos latinoamericanos no construyen una capacidad colectiva para defenderla.

Argentina puede intentar desarrollar su industria, Brasil defender su mercado, Bolivia proteger sus minerales, Venezuela nacionalizar su petróleo; pero frente a potencias económicas, tecnológicas, financieras y militares de esa escala, cada país por separado tiene un margen de maniobra reducido. La integración no es un asunto romántico. Es una cuestión de supervivencia. Un proyecto nacional autónomo necesita mercado regional, infraestructura regional, energía regional, financiamiento regional y una política exterior coordinada. Necesita un bloque.


El imperialismo no necesitó derrotar simultáneamente a todos los gobiernos populares: le alcanzó con esperar, aislar, presionar y derribarlos uno por uno.


Venezuela es hoy una de las últimas piezas de aquella historia. Del sueño bolivariano de comienzos de siglo sólo quedan brasas, un fuego bajo que ya no alimenta los sueños de la revolucion pero tampoco terminó de apagarse.

Ahí, entre esas brasas, sobreviven organizaciones populares, memoria colectiva y una pregunta que América Latina dejó de hacerse durante demasiado tiempo. ¿Es posible construir soberanía nacional sin construir, al mismo tiempo, soberanía continental? La respuesta de la historia reciente parece cada vez más clara.

Ningún país puede emanciparse completamente solo. La unidad latinoamericana no es el capítulo final de una revolución; es la condición para que una revolución pueda sobrevivir.

 

 

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