Vaca Narvaja: el «momento Shenzhen» y la carrera por producir tecnología

El exembajador argentino en China fue el único orador extranjero en el Simposio Académico Internacional sobre el Pensamiento de Xi Jinping, donde ubicó la clave del desarrollo actual en la capacidad de industrializar, escalar y abaratar tecnología al mismo tiempo, más que en inventarla primero.

 

 


Shenzhen tenía, hace cuarenta años, una economía de pescadores y una aduana. Hoy fabrica más de un tercio de los drones del planeta, ensambla baterías para media industria automotriz mundial y exporta paneles solares a los cinco continentes. Ese salto, de zona económica especial a laboratorio del capitalismo tecnológico chino, fue el escenario elegido por Sabino Vaca Narvaja, exembajador argentino en Beijing, para proponer una tesis que excede la anécdota diplomática: la de un “momento Shenzhen” capaz de reordenar la relación entre el Norte y el Sur Global en la era de la inteligencia artificial.


Vaca Narvaja alertó sobre la IA y el futuro mundial


Vaca Narvaja fue el único orador extranjero en la apertura del Simposio Académico Internacional sobre el Pensamiento de Xi Jinping, un evento organizado por la Base de Investigación Colaborativa de Xinhua, la Universidad Normal del Sur de China y el aparato de propaganda del Partido Comunista en Guangdong. No es un dato menor: habló inmediatamente después de las principales autoridades chinas presentes, en un panel donde compartió estrado con el viceministro del Departamento de Publicidad del Comité Central del PCCh, Hong Dayong, y con el editor jefe de la agencia Xinhua, Lyu Yansong.

Ford, Sputnik, Shenzhen

La construcción retórica del exembajador apeló a una genealogía de “momentos” tecnológicos del siglo XX para ubicar el presente chino en una serie histórica. Si el fordismo simbolizó la revolución de la producción en masa y el Sputnik la carrera por alcanzar primero la frontera científica, Shenzhen representa otra cosa: la capacidad de innovar, industrializar, escalar e integrar tecnologías complejas de manera simultánea, más que la primacía de haberlas inventado primero. Es la diferencia entre inventar un chip y ser capaz de producirlo en millones de unidades, integrarlo en una cadena de valor completa y abaratarlo hasta volverlo accesible en cualquier punto del planeta.

Esa distinción no es un matiz semántico: describe el problema estructural que atraviesa a buena parte de las economías periféricas, incluida la Argentina. La brecha rara vez está en el laboratorio; está, sobre todo, en la capacidad de transformar conocimiento en industria y en escala. Un país puede tener científicos de excelencia y seguir importando la tecnología que esos mismos científicos ayudaron a concebir en otro lado.

El humanismo como condición, no como adorno

Vaca Narvaja no presentó el modelo chino como un mecanismo puramente productivo. Insistió en que la modernización requiere, además de capacidades tecnológicas, confianza cultural y responsabilidad ética. “La tecnología sin un propósito humano puede profundizar las desigualdades. El desarrollo sin raíces culturales puede producir alienación. La globalización sin respeto por la diversidad puede generar confrontación”, sostuvo, en una fórmula que busca distanciar el proyecto tecnológico chino de la lectura puramente instrumental que suele hacerse en Occidente.

El argumento de fondo ubica el desarrollo humano, y no el volumen de riqueza generado, como la vara con la que debería medirse la modernización. Crecimiento económico, innovación e instituciones aparecen así como medios, nunca como fines en sí mismos. Es un discurso que China proyecta hacia su propio horizonte 2049, año del centenario de la República Popular, pero que el exdiplomático argentino leyó también en clave de Sur Global.

La pregunta que no es técnica

El pasaje más denso de la intervención fue, probablemente, el que desplazó el eje de la discusión tecnológica desde la capacidad hacia la voluntad.


“La pregunta ya no es solamente qué puede hacer la tecnología, sino también qué queremos, como sociedades, que haga la tecnología”


La frase importa porque invierte el sentido común dominante en los debates sobre inteligencia artificial y automatización, casi siempre planteados como una carrera de capacidades técnicas en la que los países periféricos llegan tarde, condenados al rol de consumidores.

Para Vaca Narvaja, el desafío de América Latina pasa por participar activamente de la revolución tecnológica en curso, incorporar conocimiento, desarrollar capacidad productiva propia y construir caminos de modernización que no repliquen mecánicamente el patrón occidental, antes que limitarse a recibirla o consumirla. La modernización, remarcó, no implica necesariamente occidentalización. Es una idea que China viene sosteniendo como eje de su diplomacia cultural, y que el exembajador trasladó, sin demasiados rodeos, al terreno de la disputa geopolítica actual.

Cooperación, no solo competencia

El cierre de la intervención apuntó a una cooperación internacional basada en el beneficio mutuo, que permita que la inteligencia artificial, la robótica y las energías limpias funcionen como instrumentos para achicar las brechas entre países en lugar de profundizarlas. Es un planteo que se inscribe en el discurso oficial chino sobre “desarrollo compartido”, pero que también interpela directamente a una región, la latinoamericana, que discute hoy si la relación con China se limita a la exportación de commodities o si puede incluir transferencia tecnológica, inversión en capacidades productivas e integración a cadenas de valor de mayor complejidad.

La intervención de Vaca Narvaja en Shenzhen no cierra ese debate. Pero fija una posición, la de quien sostiene que el Sur Global tiene margen para discutir los términos de su propia modernización, en lugar de administrar pasivamente la que le llega desde afuera.

 

 

AM/DPyE


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