Pensar nuestro tiempo con inteligencia
En su primer encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático de Uruguay, el 6 de noviembre de 2026, el papa León XIV presentó una profunda reflexión sobre la responsabilidad de construir una sociedad al servicio de todas las personas.
Tomando como referencia histórica el Éxodo del Pueblo Oriental de 1811, conocido como La Redota, recordó que un pueblo no se construye desde las individualidades aisladas, sino desde la responsabilidad de unos hacia otros.
Su mensaje abarcó la democracia, el bien común, la protección de la vida, la familia, la educación, el trabajo, la economía, el cuidado de la creación y la convivencia entre los pueblos.
Una de sus afirmaciones adquiere especial relevancia para nuestro tiempo: el desarrollo de la tecnología y de la inteligencia artificial debe ampliar las capacidades humanas, facilitar las tareas y crear nuevas oportunidades, sin reducir al trabajador a una pieza prescindible del sistema productivo.
Esta enseñanza contiene un principio fundamental: la tecnología debe estar al servicio del hombre y nunca el hombre al servicio de la tecnología.
Pero el pensamiento del Papa va todavía más lejos. La dignidad humana no depende de la productividad, de la autonomía, de la edad ni de la capacidad de cada persona para valerse por sí misma. Cada vida conserva su valor y merece ser acogida, protegida y acompañada.
Desde nuestra reflexión sobre la Teología de la Inteligencia Humana, encontramos aquí una orientación decisiva.
La inteligencia humana no alcanza su plenitud acumulando conocimientos o desarrollando capacidades técnicas. Está llamada a comprender el sentido de la existencia, reconocer la dignidad del otro y asumir la responsabilidad por el destino común de la humanidad.
La inteligencia artificial puede ampliar nuestras posibilidades, pero corresponde a la inteligencia humana discernir sus fines, sus límites y sus consecuencias.
Por eso, el desafío de nuestro tiempo no consiste solamente en desarrollar tecnologías cada vez más poderosas, sino en formar una humanidad capaz de utilizarlas con sabiduría, libertad y responsabilidad.
La inteligencia humana es un don que compromete. La inteligencia artificial es una capacidad tecnológica que exige discernimiento. Ambas deben contribuir a construir una humanidad en la que nadie quede excluido.
El mensaje de León XIV nos invita a pensar el futuro desde una convicción: el verdadero progreso no se mide solamente por lo que somos capaces de producir, sino por la humanidad que somos capaces de construir.
Pensar nuestro tiempo con inteligencia es poner el desarrollo al servicio de la dignidad humana, y la inteligencia al servicio de la vida, la verdad y el amor.
Juan Jose Balatti Rozado
