El fin del ciclo escolar reactiva el debate sobre la promoción de los alumnos: entre la tradición de la repitencia como filtro y la visión de la evaluación formativa como parte del proceso, especialistas y educadores discuten cómo evitar la exclusión sin descuidar la calidad de los aprendizajes, mientras diversas naciones replantean sus propios modelos de evaluación.
Por Enrique Mestres*
Llega el fin de clases y con él se reaviva uno de los debates más complejos y polarizados del ámbito educativo: ¿el alumno pasa de año o no pasa? Históricamente, la evaluación escolar ha oscilado entre dos grandes concepciones que contraponen la exigencia y la contención pedagógica. Por un lado, el modelo tradicional la concibe como un filtro y un mecanismo de selección meritocrática cuyo objetivo principal es medir el rendimiento para decidir si un estudiante está apto para avanzar. Desde esta perspectiva, la nota funciona como un veredicto definitivo. Sin embargo, los críticos de esta postura señalan que la repitencia castiga el error en lugar de aprovecharlo, desatiende las desigualdades de origen y suele ser el paso previo al abandono escolar definitivo, ya que repetir implica volver a cursar con las mismas estrategias que ya fracasaron.
En la vereda opuesta, la pedagogía moderna impulsa la evaluación formativa, que integra el proceso de enseñanza y aprendizaje como caras de la misma moneda. Bajo esta visión, evaluar no busca poner una calificación punitiva al final del camino, sino obtener una retroalimentación constante que permita reorientar las estrategias didácticas a tiempo y transformar el error en una herramienta de progreso. No obstante, sus detractores advierten sobre el riesgo de una flexibilización excesiva que desemboque en una promoción automática vacía de contenido, capaz de devaluar los títulos y descuidar los saberes fundamentales. Entre el riesgo de la exclusión y el peligro de la devaluación, el dilema del fin de año expone las limitaciones de un sistema que históricamente ha obligado a elegir entre dos extremos.
Las opiniones de los especialistas reflejan la necesidad de superar esta falsa dicotomía y apuntan hacia la transformación de las trayectorias escolares. Por un lado, referentes como la pedagoga Flavia Terigi han demostrado que la repitencia no mejora los aprendizajes y profundiza la vulnerabilidad, un argumento respaldado por sociólogos como Emilio Tenti Fanfani, quien sostiene que el sistema de filtros fue diseñado para una escuela de élite incompatible con la obligatoriedad masiva actual. Por otro lado, expertos en medición y diversos docentes advierten sobre la importancia de sostener umbrales mínimos de exigencia para preservar el valor social del conocimiento y la cultura del esfuerzo. Frente a este escenario, el consenso contemporáneo aboga por modelos intermedios de promoción asistida que dejen atrás la unidad rígida del año escolar. Se propone implementar tutorías intensivas, esquemas de acreditación por materias y sistemas de alerta temprana que permitan acompañar al estudiante en sus dificultades reales sin condenarlo al fracaso definitivo.
A nivel internacional, este debate adopta múltiples matices según las prioridades de cada región. En los países nórdicos, como Finlandia, el sistema prioriza la inclusión y la equidad por sobre la competencia: la repitencia es prácticamente inexistente (inferior al 3%) y se reemplaza por un sistema de apoyo temprano y tutorías individualizadas para evitar que el estudiante se retrase. Modelos similares se aplican en partes de Canadá o en Corea del Sur, donde el foco se desplaza hacia la nivelación constante. En contraste, naciones con un perfil de mayor rigurosidad meritocrática —frecuentes en algunos contextos asiáticos o europeos tradicionales— estructuran sus trayectorias mediante filtros más rígidos y exámenes estandarizados rigurosos que definen el acceso a distintos niveles educativos. Estas experiencias globales demuestran que, ya sea mediante la abolición o la reformulación del filtro tradicional, el común denominador de los sistemas más exitosos es la robustez de los recursos de acompañamiento pedagógico antes de llegar a la instancia crítica de cierre de año.
En definitiva, la discusión de fondo excede la simple decisión burocrática sobre la promoción o la retención de un alumno. El verdadero desafío radica en repensar qué herramientas estructurales e institucionales le brinda el sistema educativo a cada estudiante para garantizar que avanzar de año signifique, efectivamente, haber consolidado los saberes indispensables para su desarrollo personal y ciudadano.
*Profesor en Ciencias Sociales especializado en Conducción Educativa.
