Todo el peronismo coincide en pedir la libertad de Cristina. La verdadera disputa es otra: ¿quién conduce, bajo qué reglas y, sobre todo, cómo construir un proyecto político que los vuelva a enganchar con una sociedad que esta cada día mas sola y espera.
Por Antonio Muñiz
La fotografía de Parque Lezama y la deliberación que recorre despachos, gobernaciones e intendencias describen el mismo movimiento desde dos ángulos, el peronismo ya empezó a mirar el futuro, pero todavía no resolvió su presente. Hay un consenso que unifica y una pregunta que divide. El consenso es la inocencia de Cristina Fernández de Kirchner y, por lo tanto, el reclamo por su libertad. La pregunta es quién conduce. Confundir lo primero con lo segundo —suponer que solo el objetivo de la libertad de Cristina alcanza para ordenar una conducción— es el principal malentendido del momento.
La movilización del Día de la Bandera lo mostró con nitidez. La consigna “Cristina Libre” logró reunir a La Cámpora, al Partido Justicialista, a intendentes, a legisladores, a estructuras sindicales y a espacios territoriales, e incluso al Movimiento Derecho al Futuro, el sello del gobernador Axel Kicillof. Esa transversalidad es real y políticamente significativa. Pero un acto que confluye sobre una causa común no equivale a un proyecto que sintetice. El respaldo a Cristina no estaba en discusión; lo que estaba —y sigue— en discusión es el método para volver a ser gobierno.
Lo que une no siempre es lo que ordena
Conviene precisar el mapa, porque la simplificación lo deforma. No hay un peronismo que defiende a Cristina y otro que la abandona. Todo el peronismo y buena parte del pan-peronismo comparten el diagnóstico sobre su situación judicial. Lo que un sector amplio no acepta es que ese consenso se traduzca automáticamente en una conducción ejercida por La Cámpora y por Máximo Kirchner.
Gobernadores, intendentes y tribus diversas no discuten la figura de la expresidenta, discuten no quedar subordinados a un aparato que no controlan y a una lógica de lealtad absoluta que perciben como un techo, no como un piso.
Esa distinción es la que ordena —o desordena— todo lo demás. El reclamo por la libertad funciona como denominador común; la cuestión de la conducción funciona como línea de fractura. Y cuando un movimiento intenta resolver la segunda invocando la primera, lo que produce no es síntesis sino sospecha, la sensación, entre los dirigentes y militantes, de que se les pide poner el cuerpo en una causa justa para legitimar un liderazgo que no eligieron.
Tres lógicas, ningún árbitro.
En el tablero conviven al menos tres lógicas distintas, y ninguna ejerce todavía una conducción aceptada por el resto.
La del kirchnerismo duro, que con Máximo Kirchner al frente recorre el interior y sostiene la militancia para preservar volumen propio, consciente de que una fractura complicaría cualquier regreso, pero a su vez exigiendo un verticalismo hacia la figura de CFK.
La de Kicillof, que administra la provincia más grande del país en confrontación abierta con la Casa Rosada y construye proyección nacional sin romper, pero también sin aceptar el lugar de heredero tutelado.
Y la de Sergio Massa, que describe al peronismo actual como una mesa redonda sin cabeceras y empuja la unidad no como consigna sentimental sino como condición de competitividad.
“Una discusión, un debate y una elección histórica” Axel Kicillof, en Santa Fe
A esas tres se suman piezas que confirman la dispersión antes que resolverla. Miguel Ángel Pichetto teje un armado más amplio con Argentina Productiva; Guillermo Moreno agita fórmulas; un peronismo federal se reúne en Entre Ríos para reclamar programa —producción, empleo, federalismo, antes que candidaturas.
El peronismo no está quieto. Está, más bien, demasiado en movimiento y en demasiadas direcciones a la vez. Esa es exactamente la definición de un sistema sin conducción, muchos actores midiendo cuánto margen tienen para posicionarse antes de que alguien logre ordenar el tablero.
El problema que nadie nombra: la sociedad
Hasta acá, la discusión es endógena, ¿quién manda adentro? Pero el verdadero déficit del peronismo no es interno, es externo. Aun resolviendo la conducción, aun si mañana hubiera un nombre aceptado por todos, quedaría en pie la pregunta que ninguna interna responde: ¿Cómo se conecta ese proyecto con una sociedad que, en la última elección nacional, no lo eligió?
La unidad puede resolver una interna, pero, como lo muestra la historia reciente, no garantiza ganar una elección. Son dos problemas distintos y el peronismo tiende a tratarlos como uno solo.
El riesgo es claro y la propia escena lo insinúa: construir una candidatura centrada en la situación judicial de Cristina puede consolidar al núcleo militante y, al mismo tiempo, no decir nada a la mayoría que vota por otras razones: el salario, el trabajo, los precios o la seguridad.
La épica de la proscripción moviliza hacia adentro. Hacia afuera, una parte del electorado la lee como un asunto del peronismo consigo mismo, no como una respuesta a sus problemas.
De ahí que la discusión sobre el método —que Massa formula como reglas de convivencia y Kicillof como gestión más territorio— sea más sustantiva de lo que parece.
No es rosca. Es la antesala del único debate que importa.
Un proyecto que sintetice y contenga a todo el espectro peronista solo tiene sentido si, además, traduce esa síntesis en una propuesta para quien no es peronista. Lo primero es condición; lo segundo es el objetivo. Confundir la condición con el objetivo es la forma más eficaz de resolver una interna y perder la elección.
La pregunta correcta
Por eso la pregunta de fondo no es solo “quién manda”, aunque esa sea la que ocupa los despachos. Es una pregunta de dos tiempos. Primero: ¿cómo se construye una conducción que ordene sin expulsar, que preserve la identidad sin convertirla en un peaje para gobernadores y tribus que no quieren quedar presos de un aparato?
Segundo, y decisivo: ¿cómo ese orden interno se vuelve a enganchar con una demanda social que hoy no encuentra en el peronismo una respuesta a sus problemas cotidianos?.
Volver al gobierno y conducir el peronismo no son la misma operación. Lo segundo se resuelve adentro; lo primero, afuera. El peronismo ya entró en modo deliberación electoral, y eso es saludable. Pero mientras la deliberación gire exclusivamente sobre el reparto del mando, estará respondiendo a una parte de la pregunta. La otra, más difícil, y la que define elecciones, sigue en otro lado: en una sociedad que tendrá que volver a elegirlo, y que todavía no escuchó qué le ofrece este peronismo, más allá de una discusión sobre quién lo encabeza.
