Infamia y horror sobre Plaza de Mayo: la masacre que abrió tres décadas de violencia

La aviación naval descargó catorce toneladas de bombas sobre civiles indefensos en pleno centro porteño. La infamia y el horror de aquel día no fueron un golpe fallido: fueron el acto fundacional de un ciclo de violencia política contra los sectores populares que se prolongaría por casi treinta años.


Era un jueves de cielo encapotado. Cerca del mediodía del 16 de junio de 1955, una multitud transitaba el microcentro porteño como en cualquier jornada de trabajo. La escuadrilla que se aproximaba a la Plaza de Mayo debía participar, según la versión oficial, de un acto de desagravio a la Bandera y a San Martín. No hubo desagravio. Lo que sobrevino fue una operación militar destinada a asesinar al presidente constitucional Juan Domingo Perón y a desencadenar un golpe de Estado, ejecutada sobre una de las plazas más concurridas del país.


LOS HECHOS INFAMES

  • El atentado del subte (15/4/1953): comandos civiles antiperonistas detonaron bombas en la estación Plaza de Mayo de la Línea A mientras Perón hablaba ante la multitud. Seis muertos y casi cien heridos. El ensayo de la violencia que vendría.
  • El bombardeo aéreo (16/6/1955): durante casi cinco horas, aviones de la propia Marina —con apoyo de la Fuerza Aérea— arrojaron más de cien bombas (9 a 14 toneladas) sobre Plaza de Mayo, la Casa Rosada y la CGT, en pleno horario laboral.
  • La masacre: al menos 308 víctimas identificadas oficialmente, más de 350 según historiadores, cientos de heridos y hospitales colapsados. El único bombardeo de unas Fuerzas Armadas contra la población de su propia ciudad.
  • La impunidad y la fuga: un centenar de conspiradores escapó a Montevideo en los mismos aviones del ataque; los autores civiles del atentado de 1953 fueron amnistiados tras el golpe.

Natividad López y una foto que muestra la infamia de los bombardeos de 1955 | Agencia Paco Urondo

Durante casi cinco horas, en oleadas que se extendieron entre las 12:40 y las 17:40, aviones de la aviación naval —con apoyo de sectores de la Fuerza Aérea— bombardearon y ametrallaron la Casa Rosada, la Plaza de Mayo, la sede de la CGT y sus alrededores. Los aparatos regresaban a Ezeiza para reabastecerse de bombas y volvían a descargarlas sobre el mismo perímetro. Se calcula que se arrojaron más de cien bombas, con una carga total estimada entre nueve y catorce toneladas de explosivos sobre un área plagada de civiles.

El saldo es objeto de revisión histórica permanente. La investigación oficial del Archivo Nacional de la Memoria, realizada en 2010, identificó con nombre y apellido a al menos 308 víctimas fatales, a las que se suma un número indeterminado que no pudo establecerse por el estado de los restos. Diversos historiadores elevan la cifra por encima de los 350 muertos, con cientos de heridos —cálculos que llegan a superar los dos mil— y el colapso de los hospitales del centro porteño. Entre las víctimas hubo trabajadores, transeúntes y un trolebús repleto de pasajeros que recibió de lleno una de las primeras bombas sobre la avenida Paseo Colón.


LA MASACRE QUE ABRIÓ DOS DÉCADAS DE VIOLENCIA

  • Septiembre de 1955: tres meses después, la «Revolución Libertadora» derroca al gobierno constitucional e impone la proscripción del peronismo.
  • 1956: fusilamientos de José León Suárez y de los militares del levantamiento de Valle. El Estado pasa del bombardeo a la ejecución clandestina.
  • Continuidad represiva: varios pilotos del bombardeo reaparecen, dos décadas más tarde, en la represión de la dictadura de 1976. La misma trama, el mismo blanco.
  • El hilo conductor: de las bombas de 1955 al terrorismo de Estado de 1976, una violencia política sostenida contra los de abajo, que recién empezó a repararse medio siglo después.

Bombardeo de la plaza de Mayo - Wikipedia, la enciclopedia libre

Una violencia que venía de antes: las bombas en el subte

El bombardeo no nació de la nada. Fue el punto más alto de una escalada que el antiperonismo más intransigente había iniciado por la vía del atentado indiscriminado.

El antecedente más brutal había ocurrido el 15 de abril de 1953, durante un acto de la CGT en Plaza de Mayo en el que Perón se dirigía a los presentes desde la Casa Rosada.

Aquella tarde, un comando civil opositor hizo detonar artefactos de relojería en pleno centro. Uno estalló en las inmediaciones del Hotel Mayo; otro, de mayor potencia, en la estación Plaza de Mayo de la Línea A de subterráneos, la boca del subte ubicada frente a la plaza, en el momento exacto en que el presidente hablaba ante la multitud. El resultado fue de seis muertos y casi un centenar de heridos, varios de ellos mutilados.

Las pesquisas judiciales identificaron como responsables a un grupo de jóvenes profesionales y universitarios de filiación antiperonista, entre ellos militantes de la Unión Cívica Radical. Las figuras señaladas como cabecillas fueron Roque Carranza y Arturo Mathov. Detenidos en 1953, fueron amnistiados en 1955, una vez derrocado Perón. El dato que la memoria argentina no debería esquivar es lo que vino después, Carranza llegaría a ser, décadas más tarde, ministro durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, y su nombre fue dado en 1987 a una estación de subte de la red porteña.


  • Murieron seis personas y casi cien resultaron heridas en el atentado del subte de 1953; aquellas bombas fueron el ensayo de una violencia política que, dos años más tarde, descendería del cielo sobre la misma plaza.

El paralelismo no es retórico. La misma Plaza de Mayo que en 1953 fue blanco de comandos civiles que colocaban explosivos a ras del suelo, en 1955 fue blanco de la aviación que descargaba bombas desde el aire. En ambos casos, el objetivo fue idéntico, doblegar por el terror a una identidad política que los opositores no lograban vencer en las urnas.

La base aérea del bombardeo – Página|12

Los autores y la trama cívico-militar

El bombardeo fue una empresa cívico-militar, no una aventura de un puñado de oficiales. Entre quienes aparecen señalados como autores intelectuales y partícipes políticos figuran dirigentes de distintas vertientes del antiperonismo: socialdemócratas, radicales unionistas, conservadores y nacionalistas católicos. Una vez consumado el fracaso del operativo, alrededor de un centenar de conspiradores escapó a Montevideo en los mismos aviones utilizados en el ataque, buscando refugio en Uruguay.

La trama tiene una continuidad que conviene subrayar. Varios de los pilotos y tripulantes que participaron del bombardeo y huyeron del país serían años más tarde vinculados a delitos de lesa humanidad durante la última dictadura cívico-militar de 1976. La línea que une a los responsables de 1955 con los represores de 1976 no es una hipótesis ideológica: es un dato biográfico que recorre legajos militares concretos.

Perón sobrevivió: se había resguardado en el Ministerio de Ejército. El golpe fracasó esa tarde, pero la operación dejó el camino abonado. Tres meses después, el 16 de septiembre de 1955, un nuevo alzamiento —la autodenominada Revolución Libertadora— sí logró derrocar al gobierno constitucional y forzar un exilio que se prolongaría casi dos décadas.

El largo silencio y la reparación tardía

Durante décadas, el bombardeo a Plaza de Mayo permaneció como un capítulo silenciado de la historia argentina, sin monumento, sin reconocimiento estatal y sin un recuento riguroso de sus víctimas. Recién en 2005 la Secretaría de Derechos Humanos inició una investigación oficial sobre el ataque, y en 2008 se inauguró el primer monumento en homenaje a las víctimas, en las inmediaciones de la plaza. En 2013, el Congreso incorporó por ley a las víctimas de los atentados y bombardeos de aquellos años al universo de reconocimiento del Estado.

Que el reconocimiento haya demorado medio siglo dice algo sobre cómo se construye la memoria pública en la Argentina: no es un proceso automático ni neutral, sino el resultado de disputas políticas concretas. Recordar el 16 de junio de 1955 —y el 15 de abril de 1953 que lo precedió— no es un ejercicio de nostalgia: es la afirmación de que el terror como herramienta política no tiene justificación posible, venga del aire o del subsuelo, y de que ninguna fuerza política puede justificar para sí un pasado de bombas contra la población civil.


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