Mochilas transparentes

La cosa era hacerlo rápido porque la rapidez es la clave para ganar cualquier nicho de mercado. Y la verdad es que con un poco de esfuerzo se podía adaptar rápidamente la Juki de triple transporte para las costuras. Mario calculó que con la soldadora de cuña el trabajo iba a quedar bien y le dieron para adelante. 

Es triste pero había que salvar el taller de alguna forma. Y cuando empezaron a aparecer en el noticiero los casos de colegios que no dejaban entrar con mochilas a los pibes por las amenazas de tiroteos, Mario se acordó de esas mochilas. Las había visto en Mercado Libre y una vez un cordobés le había pedido un encargo pero no entonces no le daba el piné y además eran tiempos donde todavía había laburo.

El tema era apurarse y sacarlas a la venta por donde fuera. Para un taller familiar con poca logística el problema además era vender, distribuir. Mario quería jubilarse antes que andar viendo esas cosas de Internet y aplicaciones y todo eso. Pero se había jugado, comprado el PVC y ahora era cuestión de meterle.

Estaba tan entusiasmado que tardó en reaccionar y en disimular cuando el Beto dijo en la cena que para hacer campaña él mismo podía escribir una amenaza en el baño de la escuela. Elena lo cagó a pedos al pibe pero a Mario le brillaron los ojitos y el Beto algo se dio cuenta.

Por eso ninguno dijo nada cuando al otro día aparecieron las pintadas en la escuela. Por supuesto que la madre pegó el grito en el cielo pero el chico juró y re juró que no había sido él. Y después, en la reunión de padres que se realizó dos días después, Mario también tuvo que disimular cuando se habló de las mochilas y él dijo que podría realizarlas al costo, mintió. Que le llevaría un par de días pero que podía hacer el esfuerzo, aseguró, cuando el primer lote ya estaba listo y empacado.

A la mañana siguiente arrancó tempranito, como a las cinco y media  se fue para el taller y estuvo en soledad cosiendo y soldando, fantaseando con cancelar deudas y hasta vacacionar, tirarle unos pesos al Beto para que se compre la bici que andaba con ganas. En un momento vaciló, le agarró la culpa capaz, era un curro de aquellos, quién no se iba a dar cuenta de que podía calzarse un fierro en la cintura.

Cualquiera podía darse cuenta, por ejemplo el Beto. Más si era un arma chica, como el calibre 22 que guardaba Mario en un cajón de la baulera sin saber que su hijo lo sabía y había aprendido a manejarla mirando videítos en Internet. El pibe le puso el cargador, se la calzó en la cintura, se acomodó los lienzos y salió lo más pancho para el colegio, con la mochila transparente recién fabricada.

Mochilas transparentes