La palabra fascismo volvió al centro del debate político. La pronuncian líderes opositores, la sistematizan historiadores, la disputan filósofos y la descartan con igual energía los movimientos aludidos. Su regreso no es casual ni meramente retórico: el ascenso de Vox en España, el Rassemblement National en Francia, el partido de Giorgia Meloni en Italia, el trumpismo en Estados Unidos y La Libertad Avanza en Argentina obligó a revisar categorías que parecían archivadas.
¿Estamos ante variantes del fascismo histórico o ante un fenómeno genuinamente nuevo? La pregunta no es académica: organiza formas de resistencia, define estrategias de coalición, traza los contornos del antifascismo contemporáneo.
El historiador italiano Enzo Traverso lo dijo con precisión incómoda: el concepto de fascismo es, a la vez, inapropiado e indispensable para pensar el presente. Inapropiado porque los fascismos clásicos surgieron en condiciones irrepetibles: el trauma de la Primera Guerra Mundial, la crisis de las democracias de entreguerras, el miedo al comunismo como poder estatal existente. Indispensable porque ninguna otra categoría captura con igual densidad ese núcleo de violencia política organizada, culto al liderazgo carismático, rechazo al pluralismo y movilización del miedo que exhiben los movimientos actuales.
La pregunta de siempre
El debate sobre el fascismo reproduce una tensión clásica del pensamiento político: ¿el presente es una ruptura que exige categorías nuevas, o una reconfiguración de experiencias ya transitadas? Marx lo formuló con ironía en 1852, al analizar el golpe de Napoleón III: la historia ocurre dos veces, primero como tragedia, luego como comedia. La pregunta que lanza sobre nuestro presente es perturbadora.
Quienes defienden la tesis de la novedad señalan que las nuevas derechas operan dentro de marcos democráticos formales, sin atacarlos de frente; que no disponen de milicias callejeras; que su relación con el capitalismo financiero global es de colaboración, no de tensión como en los fascismos de entreguerras; y que su base social, fragmentada, digitalizada y construida sobre redes de afecto y resentimiento en plataformas algorítmicas, no tiene precedente histórico.
Quienes defienden la continuidad responden que el fascismo nunca fue una doctrina monolítica: fue siempre un movimiento de síntesis, capaz de articular elementos heterogéneos según las condiciones de cada contexto nacional. El racismo, el ultranacionalismo, el culto al líder y la promesa de restaurar una grandeza perdida no desaparecieron en 1945. Se sumergieron. Y reaparecen.
Lo que sobrevivió a 1945
La Escuela de Frankfurt advertía ya en los años cuarenta que las condiciones que produjeron el fascismo permanecían latentes en las sociedades capitalistas avanzadas. La personalidad autoritaria, la razón instrumental que despoja a los sujetos de capacidad crítica: todo ese aparato conceptual apuntaba a demostrar que el fascismo no era una anomalía histórica sino una posibilidad estructural del capitalismo tardío.
Walter Benjamin, escribiendo en 1940, intuía que el estado de excepción no era la excepción sino la regla. Su advertencia de que el fascismo prospera cuando la izquierda imagina que la historia avanza automáticamente hacia el progreso sigue siendo una de las frases más lúcidas y más ignoradas del archivo antifascista.
Hannah Arendt planteó, en Los orígenes del totalitarismo, que fascismo y estalinismo compartían una estructura común: la destrucción del espacio político plural, la producción de la soledad como condición de masa, el uso del terror no como instrumento sino como principio organizador. Lo que Arendt llamó totalitarismo no era la versión extrema de los autoritarismos conocidos: era algo cualitativamente distinto, y su lógica sigue siendo una herramienta de primer orden para entender ciertos procesos contemporáneos.
El esquizofascismo
Las investigaciones de Carolina Rusca y Sebastián Torres Castaños proponen un concepto para nombrar algo que las categorías heredadas no logran capturar con suficiencia: la condición fragmentada, internamente contradictoria y digitalmente amplificada de las nuevas derechas del siglo XXI.
Si el fascismo clásico era un movimiento de síntesis —capaz de reunir elementos heterogéneos bajo una forma organizativa con coherencia interna suficiente para producir un Estado y un régimen—, el esquizofascismo se caracteriza por la multiplicación de rupturas sin síntesis estable. No produce un partido único sino una constelación de micropartidos, canales de YouTube, grupos de Telegram, influencers políticos y líderes carismáticos que compiten entre sí y se articulan fluidamente según las oportunidades de la agenda mediática.
Esa fragmentación no es una debilidad. Es una fortaleza adaptativa. El fascismo clásico requería estructuras de masas costosas, aparatos burocráticos, rituales de estadio. El esquizofascismo opera a bajo costo, se reproduce viralmente, coloniza el sentido común a través de memes y algoritmos, y puede movilizarse sin construir la organicidad pesada del fascismo de los años treinta.
Lo que lo define es la capacidad de articular pulsiones contradictorias sin que esa contradicción produzca crisis. Libertad de mercado y proteccionismo. Individualismo radical y fervor comunitario. Antiestablishment y subordinación entusiasta a nuevas élites. Anticomunismo y retórica anticorrupción que se apropia del léxico de la izquierda. La incoherencia no es un defecto del mensaje: es el mensaje.
En Argentina, esta gramática política encuentra una expresión particularmente nítida. El movimiento de Milei combina retórica anarcocapitalista con apelaciones al orden y la mano dura; impugna a la casta política mientras reproduce lógicas clientelares; proclama su amor a la libertad mientras acosa sistemáticamente a periodistas, académicos y organismos de derechos humanos.
Antifascismo sin catecismo
Rusca y Torres Castaños no ofrecen una respuesta unívoca sobre qué forma debe tomar el antifascismo contemporáneo, pero trazan coordenadas.
La primera: rechazar el antifascismo como identidad reactiva. Un antifascismo que se define solo por lo que rechaza, sin una propuesta positiva sobre la organización de la vida en común, tiende a operar en el terreno que el adversario construyó.
La segunda: distinguir entre niveles de análisis. Confundir el fascismo histórico, el neofascismo de posguerra, las nuevas derechas digitales y el esquizofascismo no es solo un error conceptual; es políticamente contraproducente. Produce alarmas no calibradas y erosiona la credibilidad de la advertencia precisamente cuando más se la necesita.
La tercera: entender que el antifascismo opera en temporalidades múltiples. El decreto que concentra poder, la agresión al periodista, la purga en el servicio civil exige respuesta inmediata. Pero la construcción de una alternativa hegemónica —un sentido común distinto, una propuesta sobre la vida en común que movilice algo más que el miedo— requiere tiempos largos y trabajo cultural sostenido.
Lo que comparten
El fascismo histórico y el esquizofascismo contemporáneo comparten, por encima de sus diferencias, la capacidad de prosperar en la crisis de las mediaciones. El fascismo de entreguerras creció en el colapso de los partidos de masas, los sindicatos y las iglesias. El esquizofascismo del siglo XXI crece en el colapso de esas mismas mediaciones —más erosionadas aún por décadas de neoliberalismo— y de las que se añadieron durante el siglo: los medios masivos, los partidos de centro, el Estado de bienestar como organizador de lealtades.
La tarea del pensamiento crítico no es producir certezas donde no las hay. Es construir, como decía Gramsci desde la cárcel, trincheras de lucidez en tiempos oscuros.
Por la Redacción de Data Política y Económica-
Con base en investigaciones de C. Rusca y S. Torres Castaños
