Milei anunció un paquete de medidas sobre Malvinas después de que Trump insinuara revisar la neutralidad histórica de Washington. Detrás del gesto hay una pelea entre Estados Unidos y Gran Bretaña por el gasto militar en la OTAN, y un antecedente que la Casa Rosada preferiría no recordar.
Por Antonio Muñiz
Milei encabezó esta noche una cadena nacional para anunciar un paquete de medidas sobre Malvinas, después de que Donald Trump deslizara la posibilidad de revisar la neutralidad histórica de Washington en la disputa de soberanía. El gobierno firmó un DNU para ampliar los recursos del Ministerio de Defensa con el objetivo de construir una base naval en Tierra del Fuego, reflotó la Ley 26.659, sancionada durante el kirchnerismo para castigar a empresas que operen recursos naturales en las islas sin autorización argentina, y anunció el envío al Congreso de un proyecto de ley para endurecer las sanciones económicas contra compañías, accionistas y proveedores vinculados a la explotación petrolera offshore en el archipiélago.
El detonante fue la respuesta de Trump ante una consulta periodística sobre Malvinas: “siempre reviso todas las posiciones”, dijo, sin comprometerse a nada concreto pero alterando setenta años de alineamiento estadounidense con Londres.

Un documento sin confirmar
En paralelo circuló una versión, difundida por el periodista Marcelo Longobardi, sobre un documento informativo que la administración Trump habría remitido a la Comisión de Relaciones Exteriores del Congreso norteamericano. Ni la Casa Blanca ni el Departamento de Estado confirmaron esa información, que hasta el momento circula como trascendido periodístico y no como hecho verificado.
Lo que sí tiene sustento documental es otra cosa. En abril, Reuters reveló un memo interno del Pentágono que planteaba revisar la postura sobre Malvinas como parte de una estrategia de presión sobre los socios de la OTAN reticentes a sumarse a la ofensiva contra Irán. El embajador estadounidense en Buenos Aires, Peter Lamelas, salió entonces a aclarar que no había cambios en la posición histórica de Washington. Las declaraciones de esta semana reabrieron esa discusión sin resolverla.
La verdadera pelea es con Londres
Detrás del gesto hacia Malvinas hay una tensión más amplia entre Washington y Londres. La cumbre de la OTAN de diciembre pasado fijó la meta de destinar el 5% del PBI al gasto en defensa, un compromiso que el gobierno de Keir Starmer todavía no cerró del todo, y la Casa Blanca viene usando distintos frentes de presión para acelerar esa definición. Malvinas funciona en ese tablero como una ficha más, no necesariamente como una convicción sobre la soberanía del archipiélago.
Petróleo debajo de la bandera
La otra capa del conflicto es material. El proyecto Sea Lion, que opera la israelí Navitas Petroleum junto a la británica Rockhopper Exploration, prevé empezar a producir en 2028 con un horizonte de extracción de 300 millones de barriles en tres décadas. Durante este año avanzaron las obras de infraestructura vinculadas al desarrollo. Para la economía de las islas, sostenida hasta ahora en un 50-60% por la pesca, el petróleo representa un cambio de escala que el propio gobierno isleño compara con el impacto que tuvo la industria pesquera en las últimas cuatro décadas. Argentina sostiene que cualquier explotación de recursos en la zona en disputa sin su autorización es ilegal, en línea con las resoluciones de Naciones Unidas que piden abstenerse de decisiones unilaterales mientras continúe la controversia de soberanía.
La síntesis incómoda de Milei
El giro discursivo de Milei no es menor si se lo compara con su historial. Durante años mantuvo distancia del reclamo de soberanía y construyó su política exterior sobre el alineamiento con Estados Unidos, con guiños explícitos a la figura de Margaret Thatcher. La oportunidad que abrió Trump, aun sin compromiso firme, le permite ahora capitalizar una sensibilidad social que las encuestas mostraron especialmente activa después del Mundial, sin resignar su relación con Washington. Es una síntesis incómoda: sostener el reclamo de soberanía territorial mientras el criterio que ordena la relación de fondo con Estados Unidos sigue siendo el alineamiento geopolítico, no una definición propia sobre Malvinas.
Londres no cede
En Londres, la respuesta oficial fue rápida. En una sesión parlamentaria convocada originalmente para tratar el tratado con Mauricio por el archipiélago de Chagos, la presidenta del Comité de Asuntos Exteriores de los Comunes, la laborista Emily Thornberry, calificó de “disparate” la sugerencia de Trump y exigió una respuesta oficial del gobierno. El Foreign Office ratificó la posición histórica: las islas “son y siempre serán un territorio de ultramar británico”, de acuerdo con la voluntad de sus habitantes.
Lo que está en juego debajo del reclamo
El valor de Malvinas no se agota en la soberanía sobre el archipiélago ni en el petróleo de Sea Lion. Las islas ocupan una posición de control sobre el paso interoceánico del sur, la franja marítima que conecta el Atlántico con el Pacífico a través del estrecho de Magallanes, el canal Beagle y el paso de Drake, y que gana relevancia estratégica a medida que el deshielo ártico y la disputa por rutas alternativas reordenan el mapa del comercio global. Quien controla ese corredor controla también el acceso naval hacia el continente antártico, donde ningún reclamo de soberanía está saldado y donde el Tratado Antártico, vigente desde 1961 y con revisión prevista recién en 2048, mantiene congeladas las pretensiones territoriales de Argentina, Chile y Gran Bretaña, superpuestas entre sí en buena parte del sector.
Argentina sostiene su reclamo antártico en la continuidad geológica y geográfica de su plataforma continental, un argumento que pierde fuerza práctica si el país no controla las Malvinas ni el paso marítimo que conduce a esas costas. Gran Bretaña, en cambio, articula desde las islas una presencia que se proyecta directamente sobre el Territorio Antártico Británico, superpuesto con el reclamo argentino y chileno. La Antártida concentra reservas de agua dulce, biomasa marina y recursos minerales todavía no explotados por la moratoria minera del Protocolo de Madrid, además de un rol creciente como observatorio del cambio climático. En ese sentido, la disputa por Malvinas nunca fue solo por las islas: es, de fondo, una disputa por quién controla el punto de apoyo del Atlántico Sur hacia el continente blanco y hacia el Pacífico.
Entre dos costos y un tercero que no controla
Milei queda ahora atrapado entre dos escenarios igual de exigentes. Si sostiene y profundiza esta postura, el costo más inmediato es un endurecimiento del conflicto con Gran Bretaña, pero también con los intereses israelíes que sostienen Sea Lion a través de Navitas, un socio con el que la administración libertaria construyó una relación estrecha en otros frentes. Si en cambio la ofensiva se diluye sin resultados concretos, el gobierno paga un costo político alto puertas adentro, después de haber elevado la causa Malvinas al rango de “sagrada” y de haber convocado a toda la dirigencia nacional a respaldarla.
El riesgo mayor, sin embargo, no depende de Milei. Trump puede estar usando Malvinas como una herramienta de presión sobre Londres para forzar un mayor gasto militar en la OTAN, sin ninguna intención real de sostener el reclamo argentino en el tiempo. Si esa lectura es correcta, la Casa Rosada corre el riesgo de quedar sosteniendo sola una escalada que Washington encendió y puede apagar en cualquier momento, una vez que Londres ceda en el terreno que a Trump realmente le importa. La historia argentina ya conoce ese guion. En 1982 Galtieri también leyó una señal ambigua de Washington como una luz verde, y Argentina terminó sola frente a Londres cuando Estados Unidos priorizó su alianza historica. Cuarenta y cuatro años después, la historia puede volver a repetirse .
