Milei y la sombra que no logra espantar.

Hay una imagen que se repite en las últimas encuestas y que merece ser mirada con atención, no como certeza estadística sino como indicio de un fenómeno político más profundo: la deuda parece haberse convertido en una frontera invisible que separa a los argentinos en dos bandos electorales.

Por Oscar Cuartango

Hay una imagen que se repite en las últimas encuestas y que merece ser mirada con atención, no como certeza estadística sino como indicio de un fenómeno político más profundo: la deuda parece haberse convertido en una frontera invisible que separa a los argentinos en dos bandos electorales.
La encuesta de Casa 3, dirigida por Mora Jozami y citada por Carlos Pagni en su editorial de Odisea Argentina del 24 de agosto, ofrece un dato que no debería pasar inadvertido. Entre quienes votaron a Javier Milei, el 51% dice no estar especialmente endeudado. Entre quienes votaron a Sergio Massa, la proporción de endeudados trepa al 75%.
La deuda, entonces, no es solo un problema económico: empieza a funcionar como un clivaje político, una línea que separa a quienes todavía pueden sostenerse del ajuste y a quienes ya no.A esto se suma otro dato que Pagni recogió de la encuesta de Mide, dirigida por Gonzalo de Janin: el 60% de los argentinos quiere que Milei se vaya. Pero —y aquí aparece la paradoja que define este momento— en esas mismas mediciones un 70% dice no querer que vuelva el kirchnerismo.
La sociedad, dicho de otro modo, quiere cambiar sin volver atrás. Busca algo que hoy no tiene nombre claro en la oferta política. De estos datos —y quiero ser explícito en que se trata de una conjetura mía, no de una conclusión que las encuestas prueben por sí mismas— se desprende una pregunta incómoda para el debate público argentino. Si la sociedad rechaza mayoritariamente el rumbo actual del gobierno pero también rechaza mayoritariamente la alternativa kirchnerista, ¿qué es exactamente lo que está reclamando?Mi hipótesis es que lo que emerge de estos números es la demanda de un capitalismo con justicia social: un Estado presente, ordenado, con equilibrio fiscal, que proteja a los débiles del abuso de los poderosos, y que a la vez impulse producción, crecimiento y trabajo bien remunerado para reactivar el consumo.
No es una intuición aislada. El propio Pagni, en el mismo editorial, describe esa demanda con una metáfora elocuente: la sociedad reclama un “centauro” —cabeza ortodoxa, que valora el equilibrio fiscal y rechaza la emisión descontrolada, pero con cuerpo de sensibilidad social, con “rostro humano” frente al costo del ajuste. Y cita otro dato relevante: según la encuestadora Pulsar Argentina, de Augusto Reina, el promedio de autopercepción ideológica de los argentinos, en una escala de 1 a 10 entre izquierda y derecha, es 5,3. El centro. Ni el asistencialismo sin límites ni el ajuste sin contemplaciones: algo en el medio que todavía no tiene representación política clara.
El dato del endeudamiento familiar no es menor. El propio Banco Central, según recoge Pagni, muestra que la carga de la deuda de las familias en relación con la masa salarial alcanza el 23%, y que si se suma esa carga a la de los servicios públicos, la proporción del salario comprometida pasó del 19% en noviembre de 2023 al 38% hoy. Es la evidencia de un ajuste que, más allá de sus logros en materia de inflación, tiene un costado humano que una parte creciente de la sociedad empieza a cobrar en las urnas.Es sobre ese terreno que se recorta la crítica que columnistas como el propio Pagni le hacen al gobierno: no tanto que le falten resultados macroeconómicos, sino que le falta lo que el sociólogo Juan Carlos Torre identificaba como una de las tres condiciones de todo plan de estabilización exitoso —la empatía con las víctimas del ajuste—. Sin ese ingrediente, cualquier programa económico, por consistente que sea, corre el riesgo de agotar su legitimidad social antes de completar su recorrido.Si uno junta esas piezas —el reclamo de un Estado que no se desentienda de los que se quedan atrás, el pedido de disciplina fiscal, la demanda de producción y trabajo digno para reactivar el consumo, y el deseo de una sociedad que en su centro estadístico se ubica lejos de los extremos— llega inevitablemente a una pregunta que excede lo económico y roza lo identitario.
Porque ese programa —capitalismo con justicia social, Estado presente pero ordenado, equilibrio fiscal que no se traduzca en abandono de los más débiles, crecimiento con salarios que alcancen— no es una invención de estos tiempos. Es, en sus líneas generales, el proyecto que el peronismo se dio a sí mismo desde su fundación: la tercera posición entre el capitalismo salvaje y el colectivismo, la comunidad organizada, la justicia social como principio rector del Estado.No pretendo decir que las encuestas demuestren esto. Lo que digo es que, si uno se pregunta qué es lo que efectivamente reclama esa mayoría silenciosa que no quiere ni el ajuste sin límites ni el regreso al pasado, y arma con esos reclamos un programa de gobierno, el resultado se parece, y mucho, a algo que ya conocemos.Si eso no es peronismo, se le parece mucho.Si el peronismo aspira a competir con posibilidades reales en 2027, no le alcanza con esperar que el desgaste del oficialismo lo beneficie por descarte. Necesita mostrar, con hechos y no solo con discurso, que puede sostener el equilibrio fiscal sin resignar la justicia social; que puede convocar a la producción y la inversión sin que eso signifique la vuelta al Estado como caja política; que puede representar a los que hoy se sienten desamparados por el ajuste sin representar también la desconfianza que generó su propia gestión pasada.Esa síntesis —la cabeza ordenada y el cuerpo sensible que describe el “centauro” de Pagni— es exactamente lo que ese 5,3 de promedio ideológico, ese centro sin representación, está esperando que alguien encarne.La autocrítica no es un ejercicio protocolar ni una humillación pública que estos dirigentes deban prodigar teatralmente. Es la condición mínima para volver a ser creíbles ante una sociedad que ya no compra relatos, cashttps://nuevarioja.com.artiga la soberbia y por sobre todo, no perdona la mentira. Los dirigentes peronistas que hoy analizan estos números tienen la obligación de preguntarse no cómo aprovechar el desencanto con Milei, sino qué garantías concretas pueden ofrecerle a esa mayoría que quiere cambio sin querer retroceso. Sin esa respuesta, corren el riesgo de convertirse en la opción por descarte de una sociedad que igual, en el fondo, no confía en ellos.La única verdad es la realidad. Y la realidad, hoy, no le está pidiendo al peronismo que repita su reciente historia. Le está pidiendo que la corrija.
Oscar Cuartango. Autor, Abogado, Ministro de Trabajo de la Provincia de Buenos Aires 2007/2015.
Nota de opinión basada en datos de las encuestas de Casa 3 (Mora Jozami), Mide (Gonzalo de Janin), Pulsar Argentina (Augusto Reina) y el Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella, citadas por Carlos Pagni en su editorial “Milei y la trampa del anacronismo” (Odisea Argentina, LN+, 24 de agosto de 2026).

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