Vaca Muerta, el gasoducto y los fondos previsionales: las obras que hoy sostienen parte de la economía argentina

Un posteo viral reivindicó al kirchnerismo por Vaca Muerta, el gasoducto y el Fondo de Garantía de Sustentabilidad. Más allá de la disputa política, hay una cuestión que los argentinos deberíamos discutir en serio: qué decisiones estratégicas se convierten en políticas de Estado y cómo se utilizan esos activos para construir desarrollo.


Una publicación en redes sociales se volvió viral esta semana con una afirmación provocadora: “Le deben la vida al kirchnerismo. Y encima lo critican”. El autor enumeró como argumentos el desarrollo de Vaca Muerta, el gasoducto construido para transportar su producción, YPF y el Fondo de Garantía de Sustentabilidad.

La frase puede ser discutible políticamente. Los datos, en cambio, permiten abrir una discusión mucho más interesante.

Porque detrás de la pelea entre oficialismo y oposición aparece una evidencia que Argentina suele olvidar: las grandes transformaciones económicas no ocurren en un solo gobierno. Se construyen durante años, cuando determinadas decisiones logran sobrevivir a los cambios políticos.

Vaca Muerta: una política que empezó antes y continuó después

Vaca Muerta no fue creada por el kirchnerismo. Es un recurso geológico que existía desde mucho antes y cuyo potencial comenzó a ser explorado por YPF antes de la recuperación de la mayoría accionaria por parte del Estado.

Pero 2012 marcó un punto de inflexión.

La recuperación del control estatal de YPF permitió que el Estado volviera a tener una herramienta central para definir una estrategia energética. Al año siguiente, YPF cerró con Chevron el acuerdo que permitió avanzar con el desarrollo masivo de Loma Campana, uno de los primeros grandes proyectos de shale de Vaca Muerta. La propia documentación de YPF de aquel momento muestra que la empresa estatal conservaba la operación del proyecto.

Después vinieron otros gobiernos, nuevas inversiones, cambios regulatorios y una expansión extraordinaria de la producción.

Por eso sería incorrecto atribuir Vaca Muerta exclusivamente a Cristina Fernández de Kirchner.

Pero también sería incorrecto borrar el papel que tuvo aquella decisión de recuperar el control de YPF y convertir a Vaca Muerta en una prioridad estratégica nacional.

La historia real es más compleja que el relato de cualquiera de las dos trincheras.

El gasoducto que convirtió el recurso en infraestructura

El problema era evidente: Argentina tenía enormes reservas de gas, pero no contaba con la infraestructura necesaria para transportarlo hasta los grandes centros de consumo.

La construcción del Gasoducto Presidente Néstor Kirchner respondió precisamente a ese cuello de botella.

La primera etapa conectó Tratayén, en Neuquén, con Salliqueló, en Buenos Aires. Su objetivo era aumentar la capacidad de transporte, sustituir importaciones y permitir que la producción de Vaca Muerta llegara al mercado interno. El proyecto oficial estimaba un ahorro de divisas y una reducción del costo de abastecimiento energético.

La obra fue inaugurada en julio de 2023. Posteriormente, el actual Gobierno cambió su denominación por la de Gasoducto Perito Francisco Pascasio Moreno.

Pero el dato más contundente aparece cuando se mira lo ocurrido después.

Un informe de la Fundación Encuentro calculó que durante sus primeros tres años de funcionamiento el gasoducto permitió inyectar alrededor de 17.000 millones de metros cúbicos de gas y sustituir importaciones energéticas por unos US$9.122 millones.

La inversión estimada fue de US$2.300 millones, por lo que el ahorro acumulado equivale a casi cuatro veces el costo de la obra.

No es una cuestión ideológica.

Es infraestructura económica generando ahorro de divisas.

El 48%: un dato que necesita precisión

El posteo viral afirma que el gasoducto produjo un ahorro del 48% en la distribución de gas.

Ese porcentaje no aparece suficientemente respaldado por las fuentes oficiales y técnicas consultadas, sin embargo está ampliamente documentado otro fenómeno: la sustitución de gas importado, GNL y combustibles líquidos por producción nacional redujo fuertemente el costo de abastecimiento y la necesidad de utilizar dólares para comprar energía en el exterior.

Y eso es, en definitiva, lo verdaderamente importante.

YPF: mucho más que una petrolera

El otro punto de la discusión es YPF.

La recuperación del control estatal de la compañía en 2012 fue una de las decisiones económicas más trascendentes de aquella etapa.

Hoy YPF ocupa una posición central en el desarrollo de Vaca Muerta y en la estrategia energética argentina.

Esto también demuestra que una empresa estatal puede tener un papel diferente al de una empresa pública tradicional: puede funcionar como instrumento de política industrial y tecnológica, articulando inversiones, proveedores, infraestructura, conocimiento y capital.

La cuestión no pasa simplemente por determinar si YPF debe ser estatal o privada.

La pregunta más importante es:

¿Para qué quiere la Argentina tener una empresa energética de escala internacional?

Si la respuesta es solamente producir petróleo y gas, estaremos frente a una gran empresa hidrocarburífera.

Si además la utilizamos para desarrollar proveedores nacionales, tecnología, ingeniería, petroquímica, infraestructura y nuevas cadenas industriales, puede convertirse en una herramienta de desarrollo.


Vaca Muerta no es de Cristina, ni de Milei. Es de la Argentina. Y el verdadero desafío es conseguir que la renta de Vaca Muerta también lo sea.


El FGS y una discusión que vuelve

La publicación también menciona al Fondo de Garantía de Sustentabilidad.

Aquí también es necesario separar el dato de la consigna.

El FGS fue creado en 2007 y, después de la estatización del sistema previsional en 2008, pasó a ser administrado por ANSES. Su objetivo no es simplemente acumular dinero: debe preservar el valor de sus activos, contribuir a la sustentabilidad del sistema previsional y puede invertir en instrumentos destinados a promover el desarrollo de la economía argentina y del mercado de capitales.

Por eso, utilizar recursos del FGS para generar crédito hipotecario o financiar determinadas actividades de la economía real no es, en sí mismo, incompatible con su naturaleza.

La discusión seria es otra: qué riesgo asume, qué rendimiento obtiene, cómo se preserva el patrimonio previsional y quién controla el destino de esos recursos.

Un fondo previsional de semejante magnitud puede ser una herramienta financiera de largo plazo para la economía argentina, pero no puede convertirse en una caja política.

El problema argentino no es solamente la falta de recursos

Tenemos petróleo.

Tenemos gas.

Tenemos litio.

Tenemos minerales estratégicos.

Tenemos alimentos.

Tenemos universidades.

Tenemos científicos.

Tenemos empresas tecnológicas.

Tenemos infraestructura industrial.

Tenemos YPF.

Tenemos un fondo previsional con activos financieros.

Y tenemos uno de los mayores reservorios de hidrocarburos no convencionales del mundo.

El problema es que Argentina suele administrar cada uno de estos recursos como compartimentos separados.

Ahí está la discusión que debería reemplazar a la pelea por quién inauguró cada obra.

Vaca Muerta necesita gasoductos.

Los gasoductos necesitan industria.

La industria necesita energía competitiva.

La energía puede generar divisas.

Las divisas pueden financiar inversión.

La inversión necesita crédito.

El crédito necesita instrumentos financieros de largo plazo.

Y todo eso necesita una estrategia nacional.

De la renta energética a la industrialización

El verdadero desafío de Vaca Muerta no es solamente alcanzar el autoabastecimiento energético ni convertirse en un gran exportador de petróleo y gas.

Es utilizar esa ventaja energética para industrializar el país.

El propio diseño original del programa de expansión del sistema de gas contemplaba que la nueva infraestructura permitiera desarrollar actividades petroquímicas como la producción de urea, metanol, polipropileno y etileno, agregando valor al recurso hidrocarburífero.

Ese debería ser el próximo paso.

Más petroquímica.

Más fertilizantes.

Más producción industrial.

Más proveedores nacionales.

Más tecnología.

Más empleo calificado.

Más exportaciones con valor agregado.

Ahí está la diferencia entre tener un recurso natural y construir un modelo de desarrollo alrededor de ese recurso.

Una lección que debería quedar

El gasoducto fue impulsado durante un gobierno, inaugurado durante otro y utilizado por los siguientes.

Vaca Muerta comenzó a desarrollarse antes de 2012, recibió un impulso decisivo con YPF bajo control estatal, fue continuada por distintos gobiernos y hoy constituye uno de los principales motores de la economía argentina.

El FGS nació en 2007, se incorporó al sistema previsional estatal en 2008 y continúa existiendo bajo administraciones de signo político completamente diferente.

Eso es una política de Estado, aunque en Argentina todavía nos cueste reconocerla.

No hace falta afirmar que todo lo bueno lo hizo Cristina.

Tampoco que todo comenzó con Milei.

La Argentina necesita algo más difícil: reconocer qué decisiones estratégicas funcionaron, quién las tomó, quién las continuó y cómo convertirlas en un proyecto nacional de largo plazo.

Vaca Muerta no pertenece a un gobierno.

YPF tampoco.

El gasoducto tampoco.

El FGS tampoco.

Son activos de la Argentina.

La discusión de fondo es qué hacemos con ellos.

Porque sacar gas y petróleo puede generar dólares.

Pero convertir esos dólares en industria, tecnología, trabajo y desarrollo es una decisión política.

Y esa decisión todavía está pendiente.

 

AM

DATA POLITICA Y ECONOMICA