La experiencia cooperativa vasca muestra que una empresa puede ser competitiva, generar beneficios, invertir, innovar y, al mismo tiempo, colocar a sus trabajadores en el centro de la propiedad y de las decisiones. Un modelo que merece ser estudiado en la Argentina.
Hay experiencias que obligan a revisar algunas ideas que parecen instaladas. La de Mondragón, en el País Vasco, es una de ellas.
No se trata de una cooperativa aislada ni de una pequeña empresa de economía social. Mondragón es hoy uno de los mayores grupos cooperativos del mundo, con decenas de miles de trabajadores, empresas industriales, entidades financieras, universidades y centros de investigación.
La pregunta que plantea es sencilla, pero incómoda para ciertas miradas económicas: ¿es posible construir empresas competitivas y rentables sin separar completamente al capital del trabajo?
La experiencia vasca responde que sí.
El trabajador no es solamente un empleado
El principio central de Mondragón es que el trabajador puede ser también propietario.
El ingreso como socio implica realizar una aportación al capital de la cooperativa. A partir de allí participa de las decisiones y de los resultados. La regla democrática básica es conocida: una persona, un voto. El poder de decisión no está determinado por la cantidad de capital que posee cada integrante.
Esto modifica la relación tradicional dentro de una empresa.
El trabajador deja de ser solamente quien vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario y pasa a formar parte del proyecto empresarial.
Pero hay algo todavía más importante: la cooperativa tiene que funcionar como una empresa.
Debe vender, competir, obtener resultados, invertir, incorporar tecnología y mejorar sus productos. El beneficio no es visto como algo contrario al cooperativismo. Es una condición para que la empresa pueda sostenerse, crecer y generar nuevos puestos de trabajo.
La discusión, entonces, no pasa por beneficio sí o beneficio no. Pasa por qué se hace con ese beneficio y quién participa de las decisiones sobre su destino.
Ganar dinero para invertir
En Mondragón existe un equilibrio permanente entre distribución e inversión.
Una parte de los resultados puede retornar a los socios, mientras otra se capitaliza y queda dentro de la empresa para financiar nuevas inversiones, tecnología, crecimiento y reservas.
La lógica es bastante diferente de la de una empresa cuyo objetivo principal es maximizar el retorno inmediato del accionista.
Aquí aparece una idea que debería ser recuperada en cualquier discusión seria sobre desarrollo: una empresa no solamente distribuye riqueza; también tiene que crear las condiciones para seguir generándola.
Por eso el cooperativismo de Mondragón está muy lejos de una visión asistencialista de la economía social.
Es una experiencia empresarial.
Formación, tecnología e innovación
Otro de los pilares es la formación.
Mondragón desarrolló universidades, centros tecnológicos y estructuras de investigación vinculadas con sus empresas. El conocimiento no aparece como algo externo al proceso productivo.
La ecuación es otra:
formación + tecnología + empresa + trabajo + inversión.
Esto permite explicar buena parte de la capacidad de adaptación que tuvieron las cooperativas frente a los cambios tecnológicos y de los mercados internacionales.
No hay desarrollo industrial sostenible sin trabajadores capacitados ni innovación permanente.
Cooperativas que trabajan juntas
Otro principio fundamental es la intercooperación.
Las cooperativas no funcionan necesariamente como unidades aisladas. Comparten estructuras, conocimiento, financiamiento y capacidades.
Cuando una empresa tiene dificultades, el sistema puede utilizar mecanismos de solidaridad y cooperación interna.
El caso Fagor, una de las grandes cooperativas del grupo, constituye precisamente una experiencia que merece ser estudiada. Su crisis mostró los límites del modelo, pero también puso a prueba sus mecanismos de protección del empleo y de movilidad de trabajadores dentro del sistema.
Porque una economía cooperativa también tiene que saber administrar las crisis.
La diferencia está en el empleo
Hay una frase que resume buena parte de la filosofía de Mondragón: crear trabajo de calidad.
No se trata simplemente de generar cualquier puesto laboral. La empresa tiene que crear empleo estable, calificado y con posibilidades de desarrollo.
El trabajo aparece así como un objetivo económico y social simultáneamente.
Es una diferencia sustancial respecto de una concepción en la que el empleo es considerado solamente un costo dentro de la estructura empresarial.
En Mondragón, el trabajador es también parte del capital humano, social y económico de la empresa.
¿Qué puede aprender la Argentina?
No se trata de copiar Mondragón.
Las condiciones históricas, institucionales y económicas del País Vasco son diferentes de las argentinas. Pero sí hay principios que pueden ser estudiados.
Especialmente en un país como la Argentina, que necesita reconstruir su entramado industrial, aumentar la productividad, incorporar tecnología y generar empleo de calidad.
Una adaptación posible podría vincular empresas, trabajadores, universidades, parques industriales, organismos tecnológicos, financiamiento y Estado.
El parque industrial podría dejar de ser solamente un espacio físico donde se instalan fábricas para convertirse en un verdadero ecosistema productivo.
Allí podrían convivir empresas privadas, cooperativas, empresas de trabajadores, centros tecnológicos, universidades, incubadoras y fondos de inversión.
Y aparece una cuestión particularmente interesante: desarrollar mecanismos para que trabajadores calificados puedan acceder progresivamente a la propiedad de las empresas en las que trabajan.
No como sustitución de la empresa privada, sino como una nueva forma de participación.
Una discusión que Argentina debería abrir
Durante décadas, el debate económico argentino quedó atrapado entre dos extremos: el Estado como principal organizador de la economía o el mercado como mecanismo prácticamente exclusivo de asignación de recursos.
La experiencia Mondragón introduce una tercera dimensión: la propiedad y la organización democrática de la empresa.
No elimina al mercado. No elimina la rentabilidad. No elimina la competencia.
Busca modificar quién participa de la empresa y cómo se distribuyen sus resultados.
Para una Argentina que necesita producir más, exportar más, incorporar tecnología y generar empleo formal y calificado, estudiar experiencias como Mondragón no es un ejercicio académico.
Puede ser parte de una discusión mucho más amplia sobre qué modelo de empresa, de trabajo y de desarrollo productivo necesita el país.
El desafío no es elegir entre empresa y trabajo.
El desafío es construir empresas capaces de crecer con los trabajadores adentro del proyecto y no solamente ser considerados como un costo dentro de una planilla.
Y en ese punto, Mondragón tiene algo para decir.
