El 4 de julio de 1976, un grupo de tareas fusiló a tres sacerdotes y dos seminaristas en la parroquia de Belgrano. Medio siglo después, la causa sigue impune y el caso conserva su valor como llave para entender la lógica del terrorismo de Estado y su disputa con una fracción de la Iglesia que no se resignó a mirar para otro lado.
Por Antonio Muñiz
Una alfombra roja en Belgrano
Rolando Savino tenía dieciséis años y un vínculo particular con la parroquia de San Patricio: el padre Alfredo Leaden le había enseñado a tocar el órgano. Aquel domingo 4 de julio de 1976 llegó temprano, como todas las semanas, para preparar la primera misa. Encontró las puertas cerradas. Trepó por una ventana, tomó las llaves y subió a la planta alta de la casa parroquial. Lo que vio no se borra: cinco cuerpos alineados boca abajo sobre una alfombra, en un charco de sangre que todavía hoy conserva los agujeros de bala.
Los asesinados eran los sacerdotes Alfredo “Alfie” Kelly, párroco de San Patricio y confesor de buena parte del barrio; Alfredo Leaden, superior de la comunidad, hijo de una familia irlandesa asentada en Buenos Aires; y Pedro Dufau, delegado provincial de los padres palotinos, que había vuelto esa misma noche de una fiesta de casamiento. A ellos se sumaban los seminaristas Salvador Barbeito Doval, español de veinticinco años, y Emilio Barletti, de veintitrés, oriundo de San Antonio de Areco. Los cinco pertenecían a la Sociedad del Apostolado Católico, la congregación fundada por San Vicente Pallotti y conocida en la Argentina como los padres palotinos.
El informe pericial reconstruyó la mecánica del crimen con precisión escalofriante: los sacerdotes fueron reducidos primero, de rodillas, con las manos atadas y los ojos vendados; Barletti y Barbeito, que llegaban del cine pasadas las dos y media de la madrugada, fueron ejecutados después, apenas entraron. Veintiocho disparos de cuatro pistolas Browning nueve milímetros y un arma automática pusieron fin a cinco vidas en minutos. Fue, según coinciden historiadores y la propia jerarquía eclesiástica, el mayor atentado sufrido por la Iglesia católica argentina en sus más de cuatro siglos en el país.
El mensaje pintado en la pared
Los responsables no se limitaron a matar: quisieron explicar el crimen a su manera. En la puerta del living escribieron “por los camaradas dinamitados de Seguridad Federal, viva la patria”, en referencia a un atentado guerrillero contra la cúpula policial ocurrido días antes. Sobre la alfombra manchada de sangre dejaron otra frase, más elocuente todavía sobre el verdadero motivo del ataque: “estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son MSTM”. Las siglas remitían al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, la corriente que desde fines de los años sesenta había llevado a buena parte del clero joven latinoamericano a asumir la opción por los pobres como práctica pastoral y, en no pocos casos, como compromiso político directo.
La dictadura, que llevaba apenas cien días en el poder, salió de inmediato a atribuir el crimen al “extremismo”, versión que la prensa complaciente de la época reprodujo sin matices. Pero el propio comportamiento de las fuerzas de seguridad esa madrugada desmentía la coartada. Cuando los primeros vecinos alertaron a la comisaría 37, un agente se hizo el desentendido; los patrulleros que finalmente llegaron demoraron en actuar y simularon sorpresa ante una escena de la que, todo indica, ya tenían noticia. La causa judicial documentaría después lo que en la jerga del terrorismo de Estado se conocía como “zona liberada”: el repliegue deliberado de la vigilancia policial para permitir que un grupo de tareas operara sin interferencias.
Una guerra dentro de la Iglesia
Entender San Patricio exige salir del relato de un crimen aislado y ubicarlo en una disputa más amplia: la que dividía a la Iglesia católica argentina entre una jerarquía que había bendecido el golpe como remedio contra el “caos” y una fracción de sacerdotes, religiosas y laicos que, imbuidos por el Concilio Vaticano II y por Medellín, habían optado por trabajar en las villas, acompañar organizaciones de base y, en algunos casos, simpatizar abiertamente con la Tendencia Revolucionaria del peronismo. Para el aparato represivo, esa mezcla de compromiso social y proximidad con el activismo político convertía a esos religiosos en un objetivo como cualquier otro.
La pertenencia orgánica de los palotinos de San Patricio al MSTM nunca pudo probarse como afiliación formal, porque el movimiento no funcionaba como una estructura cerrada. Pero la evidencia histórica sí muestra vínculos concretos: la parroquia de la calle Estomba había alojado, según distintos testimonios, actividades de prensa del Partido Peronista Auténtico, y Emilio Barletti integraba efectivamente una columna de Montoneros en el sur del conurbano, con responsabilidades que crecían mes a mes hasta poco antes de su muerte. Esa dimensión, documentada con rigor por el investigador Gabriel Seisdedos, generó tensiones dentro de la propia comunidad palotina, dividida entre quienes reivindican a las cinco víctimas exclusivamente como mártires de la fe y quienes reconocen la complejidad de un compromiso que combinaba pastoral y militancia.
“Estos zurdos murieron por ser adoctrinadores de mentes vírgenes y son MSTM”
— Inscripción dejada por el grupo de tareas en la escena del crimen
Esa complejidad, sin embargo, no atenúa la responsabilidad del Estado. El terrorismo estatal no distinguía entre el sacerdote que rezaba el rosario y el que discutía teología de la liberación en una unidad básica: la sola sospecha de vínculo con la disidencia alcanzaba para convertir a alguien en blanco de exterminio. San Patricio fue, en ese sentido, un mensaje dirigido a toda la Iglesia comprometida, no apenas un ajuste de cuentas puntual.
Bergoglio, el confesor de Alfie Kelly
El entonces sacerdote jesuita Jorge Mario Bergoglio conocía de cerca a las víctimas: había sido confesor y director espiritual de Alfredo Kelly. Semanas después de la masacre publicó en una revista jesuita un editorial titulado “Testimonio de la sangre”, en el que condenó el ataque sin ambigüedades, un gesto poco frecuente en el clima de silencios y complicidades que caracterizó a buena parte de la jerarquía eclesiástica durante la dictadura.
Años más tarde, ya como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio impulsó la apertura del proceso de martirio de los cinco palotinos y presidió misas de homenaje en cada aniversario. En la ceremonia por el 25° aniversario, en 2001, pronunció una frase que hoy figura grabada en una baldosa junto a la parroquia.
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“Las baldosas de este solar están ungidas con la sangre de ellos”
— Jorge Mario Bergoglio, homilía del 25° aniversario, 2001
Convertido en Papa Francisco, recibió en 2024 una pintura conmemorativa de manos del Consejo General de la Sociedad del Apostolado Católico, gesto que la propia congregación interpretó como un signo de que la causa de beatificación, todavía en fase diocesana, podría eventualmente prosperar en Roma.
Cincuenta años de una causa que no cierra
El expediente judicial acumula un historial de obstrucciones que refleja, en miniatura, el patrón general de impunidad del terrorismo de Estado. En 1977, en plena dictadura, el entonces fiscal Julio César Strassera pidió el cierre de la causa; llegó el sobreseimiento. Con el regreso de la democracia, en 1984, el juez Néstor Blondi la reabrió a instancias de la propia comunidad palotina. El periodista Eduardo Kimel, autor del libro de referencia sobre el caso, documentó las falencias de esa segunda instrucción y pagó un costo personal alto: fue condenado penalmente por sus revelaciones durante el menemismo, sentencia que la Corte Interamericana de Derechos Humanos terminaría revirtiendo años después.
La causa ingresó por tercera vez a la Justicia como parte de la megacausa ESMA, luego de que el represor naval Antonio Pernías reconociera su participación en los crímenes de la parroquia. Ese dato reforzó lo que las organizaciones de derechos humanos venían sosteniendo desde el principio: la orden había salido de la cúpula del aparato militar, con la Escuela de Mecánica de la Armada como uno de los centros operativos involucrados. Aun así, medio siglo después, no existe una sentencia firme que identifique con nombre y apellido a la totalidad de la cadena de mando responsable.
Las cinco victimas
Alfredo Leaden: sacerdote, 57 años, superior de la comunidad palotina de San Patricio
Pedro Dufau: sacerdote, 76 años, delegado provincial de los padres palotinos
Alfredo “Alfie” Kelly: sacerdote, 43 años, párroco de San Patricio
Salvador Barbeito Doval: seminarista, 25 años, de origen español
Emilio Barletti: seminarista, 23 años, oriundo de San Antonio de Areco
Lo que el 4 de julio sigue explicando
Cincuenta años después, San Patricio conserva un valor analítico que excede la conmemoración religiosa. Muestra con nitidez que el terrorismo de Estado argentino no tuvo como único terreno de disputa a las organizaciones armadas: alcanzó a un espectro mucho más amplio de la sociedad civil organizada, incluida una Iglesia que, lejos de ser un bloque monolítico aliado al poder militar, contenía en su interior una fractura profunda entre la jerarquía complaciente y una base comprometida con los sectores populares. Esa fractura eclesiástica es, en pequeña escala, la misma que atravesó a sindicatos, universidades y partidos políticos durante el Proceso, la de una dictadura que no solo perseguía a la guerrilla, sino a cualquier forma de organización popular que pusiera en cuestión el orden social que buscaba imponer.
La comunidad palotina llega a este medio siglo con una consigna que resume esa tensión entre duelo y reclamo pendiente: “Juntos vivieron, juntos murieron. Hoy son luz y vida”. El arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge García Cuerva, presidió este año la misa conmemorativa en la misma parroquia de Belgrano donde todo ocurrió. Pero la memoria religiosa, por sentida que sea, no sustituye la deuda que sigue teniendo el Estado argentino: una sentencia judicial que ponga nombre a los responsables de una de las noches más brutales de la última dictadura cívico-militar.
FUENTES: Eduardo Kimel, La Masacre de San Patricio · Gabriel Seisdedos, El Honor de Dios · Archivo Comunidad Palotina Argentina · ANCCOM · La Nación · Infobae · ACI Prensa · Vatican News
