Atlas Intel y Management & Fit coincidieron en que junio es el peor momento del gobierno de Javier Milei. Encuestadores propios y ajenos repiten, con matices, el mismo diagnóstico: los números de la macroeconomía que exhibe la Casa Rosada no está explicando el mal humor social, lo explica la economía cotidiana de la población. A quince meses de la elección, ese dato reordena todo el tablero del debate político.
Por Antonio Muñiz
En 1992, el asesor James Carville colgó un cartel en la sede de campaña de Bill Clinton para que nadie perdiera el eje en medio de la vorágine electoral, “es la economía, estúpido”.
La frase se convirtió en doctrina en medio mundo porque nombraba algo simple y a la vez incómodo para cualquier gobierno con buenos números macro y mala vida cotidiana. La gente no vota el crecimiento del producto ni el superávit fiscal. Vota lo que le queda en el bolsillo a fin de mes. Treinta y cuatro años después esa doctrina vuelve a probarse en la Argentina de Javier Milei, y las encuestas publicadas en las últimas dos semanas muestran el mismo patrón con una nitidez pocas veces vista.
Tres mediciones, una sola dirección
La última encuesta Latam Pulse Argentina, elaborada por la consultora brasileña Atlas Intel junto con la agencia Bloomberg, ubicó la desaprobación de la gestión de Milei en 53,8 por ciento contra un 33,5 por ciento que la califica de buena o muy buena. El estudio agrega un dato más incómodo todavía para el oficialismo: el 62 por ciento de los consultados dice que la situación económica está mal y el 49 por ciento cree que va a empeorar en los próximos seis meses. Es la tercera encuesta en una semana que confirma el mismo deterioro.
El caso del ex vocero Manuel Adorni aparece como un acelerador del malestar más que como su causa. El 68,5 por ciento de los encuestados por Atlas opina que el gobierno manejó mal la situación y el 63 por ciento considera que Adorni cometió un ilícito con su patrimonio. Un 64,4 por ciento pide que el tema se investigue en profundidad. En el ranking de imagen de dirigentes, Patricia Bullrich encabeza con 45 por ciento de imagen positiva, seguida por Myriam Bregman con 42 y recién en tercer lugar aparece Milei, con 40 puntos de imagen positiva y 57 de negativa.

La encuesta mensual de Management & Fit, realizada entre el 12 y el 26 de junio sobre 2.200 casos ponderados, había anticipado el cuadro días antes. La desaprobación de la gestión llegó a 58,2 por ciento, el registro más alto desde diciembre de 2023, mientras la aprobación cayó a 37,3 por ciento. La confianza en el gobierno bajó de 38,2 a 37,8 por ciento y la desconfianza ya supera el 60 por ciento. El deterioro no se explica por un solo factor: combina la economía de bolsillo, la preocupación por el empleo y el desgaste que dejó el caso Adorni sobre una de las banderas centrales del oficialismo, el discurso contra la casta.
| INDICADOR | ATLAS INTEL / BLOOMBERG | MANAGEMENT & FIT |
| Desaprobación de gestión | 53,8% | 58,2% |
| Aprobación de gestión | 33,5% | 37,3% |
| Situación económica: mala/muy mala | 62,0% | 57,1% |
| Situación económica: buena/muy buena | — | 17,3% |
| Cree que la situación empeorará | 49,0% | 41,2%* |
| Imagen positiva de Milei | 40,0% | 30,3% |
| Imagen negativa de Milei | 57,0% | 52,1% |
* Management & Fit, expectativa a un año. Atlas Intel, expectativa a seis meses. Fuentes: Atlas Intel / Bloomberg (Latam Pulse, relevamiento de julio) y Management & Fit (relevamiento del 12 al 26 de junio, 2.200 casos, margen de error +/- 2,1 por ciento).
El bolsillo, no el relato.
Lo interesante no es solo la coincidencia entre dos consultoras con metodologías distintas. Es que los propios encuestadores, citados, describen el mecanismo con el mismo vocabulario. Lucas Romero, de Synopsis Consultores, sostiene que la microeconomía es lo que está explicando los datos de las encuestas, porque estas no sintonizan con la macro sino con la micro. Cristian Buttié, de CB Global Data, lo resume todavía más directo: la macro es irrelevante frente a las urgencias del bolsillo.
La lectura de Buttié tiene un correlato numérico preciso en el propio informe de Management & Fit. Cuando se pregunta cuál es la principal preocupación económica, el 23,9 por ciento responde la dificultad para llegar a fin de mes y el 19,4 por ciento menciona directamente los bajos ingresos. Sumadas todas las categorías de índole económica, concentran el 72,7 por ciento de las respuestas. La inflación, la variable que el gobierno exhibe como su gran trofeo de gestión, ya no ordena por sí sola la conversación pública.
No todos coinciden con esa lectura. El politólogo Marcos Novaro cuestiona la distinción misma entre macro y micro, y sostiene que la economía es una sola: si anda bien, anda bien, y si anda mal, anda mal. Es una objeción legítima, pero no desmiente el fenómeno que las encuestas están retratando, apenas discute su nombre. Sea macro y micro dos planos separados o una sola cosa vista desde dos ventanas, lo que la sociedad argentina está diciendo en julio de 2026 es que la estabilidad cambiaria y la baja de la inflación no alcanzan para tapar lo que pasa en la heladera, en el recibo de la luz y en el boleto de colectivo.
El país real detrás de los números.
Detrás de los números de imagen hay una fotografía más dura de la economía cotidiana. La morosidad en la banca formal llegó a 12,7 por ciento y trepa a cerca de 33 por ciento en entidades no bancarias, principalmente billeteras virtuales, un indicador que suele anticipar corte de consumo antes que cualquier encuesta de humor social. Las tarifas de servicios públicos subieron por encima de la inflación proyectada y el transporte lo hizo al doble de esa proyección, según remarcaron distintos encuestadores consultados. En el plano laboral, más de 300.000 asalariados perdieron su empleo formal desde el inicio de la gestión de Milei, mientras crecieron el empleo informal y el cuentapropismo de subsistencia.
Ese combo explica por qué el rechazo no es parejo. Según Management & Fit, la desaprobación llega a 74,7 por ciento entre las mujeres, a 71,4 por ciento entre los mayores de 40 años y, en un dato que suele sorprender a los propios analistas del oficialismo, a 73,2 por ciento en los sectores socioeconómicos altos. El deterioro no es solo un fenómeno del conurbano bonaerense golpeado por el cierre de comercios y fábricas. Atraviesa capas sociales que hasta hace pocos meses constituían el núcleo duro de sostén del proyecto libertario.
“Es la economía, estúpido”, en clave argentina
La frase de Carville describe algo que la tradición del pensamiento económico argentino conoce desde hace décadas con otro nombre. Cuando la estabilización de precios convive con desempleo, caída del salario real y cierre de pymes, el resultado no es una economía sana con un problema de comunicación. Es un desequilibrio estructural que tarde o temprano termina expresándose en las urnas, más allá de lo que digan los indicadores que celebra el mercado. Argentina ya transitó ese guión, la estabilidad de precios de la convertibilidad convivió durante años con una desocupación de dos dígitos, hasta que ese divorcio entre la macro exhibida y la micro vivida terminó en la crisis de 2001.
Nadie está anticipando aquí un desenlace equivalente. Pero el mecanismo político es el mismo, y el propio equipo de campaña de Milei lo sabe. Un dato de Management & Fit que suele pasar inadvertido lo confirma: ante la pregunta sobre qué escenario preocupa más de cara a 2027, el 44,3 por ciento respondió una eventual reelección de Milei, contra un 38,6 por ciento que mencionó el regreso del peronismo al gobierno. Es decir, hay más gente que teme la continuidad que gente que teme la vuelta del kirchnerismo. Ese número, si se sostiene, obliga a leer la próxima elección no como un plebiscito ideológico entre dos modelos, sino como una evaluación de desempeño sobre la vida cotidiana.
La agenda que viene: trabajo, salario, consumo, salud, educación
Si esa lectura es correcta, el debate político de aquí a octubre de 2027 no se va a librar en el terreno que quiere el gobierno. La discusión sobre el déficit cero, el nivel de reservas o la meta de inflación va a seguir ocupando la conferencia de prensa de los lunes en Casa Rosada, pero cada vez va a explicar menos del humor social. Lo que va a mover la aguja es lo que ya está muestran las encuestas: cuántos empleos formales se recuperan o se siguen perdiendo, si el salario real logra sostener una mejora perceptible y no solo estadística, si el consumo popular repunta o sigue cayendo, qué pasa con el financiamiento de las universidades y los hospitales públicos, y si la sensación de inseguridad económica familiar cede o se profundiza.
Esa agenda no es una construcción de la oposición. Aparece dictada por los propios números de las encuestadoras que trabajan para el sistema político en su conjunto, oficialismo incluido. La corrupción y el desempleo ya empataron o superaron a la inflación como principales preocupaciones en más de una medición reciente, y la categoría genérica de preocupaciones económicas concentra siete de cada diez respuestas cuando se pregunta qué le preocupa a la gente. El resultado del acuerdo comercial con Estados Unidos, la suspensión de las PASO o la interna entre Cristina Kirchner y Axel Kicillof van a seguir ocupando titulares, pero ninguno de esos temas mueve el amperímetro social como lo hace la pregunta de si el sueldo alcanza para cubrir los gastos básicos de una familia.
Lucas Romero lo planteó en términos casi conductuales, apoyado en la teoría de las perspectivas de Daniel Kahneman: la gente vota influida por la experiencia inmediata anterior, de modo que una recuperación salarial modesta pero sostenida puede alcanzar para construir la sensación de que el rumbo es correcto, incluso con el poder adquisitivo todavía por debajo del de 2023. Es la otra cara de la misma moneda. Si el problema es la economía cotidiana, entonces también una mejora puede salvar a el gobierno, siempre que la mejora llegue a tiempo y se sienta en la mesa familiar y no solo en el discurso oficial.
Lo que las encuestas de junio dejan en evidencia es que ese margen se está agotando. La macroeconomía dejó de ser un activo suficiente y empieza a funcionar como una explicación que la sociedad ya no compra. Falta más de un año para la elección presidencial, tiempo suficiente para que el cuadro cambie en cualquier dirección. Pero el diagnóstico de fondo, compartido por encuestadores de distinto signo, ya está escrito: la Argentina de 2027 se va a discutir en el trabajo, en el salario, en el consumo, en la salud y en la educación de todos los días. No en el relato que quiere el gobierno.
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