Mientras el IPC de mayo se desaceleró al 2,1%, los precios estacionales encabezaron los aumentos y revelan una realidad que millones de argentinos experimentan a diario: el alivio estadístico no siempre se traduce en alivio económico.
El Gobierno nacional celebró el dato de inflación de mayo difundido por el INDEC. Con una variación mensual del 2,1%, el Índice de Precios al Consumidor registró su nivel más bajo en ocho meses y consolidó una tendencia de desaceleración respecto de los picos observados durante el primer trimestre del año. Sin embargo, detrás de ese número promedio se esconde una dinámica más compleja que continúa impactando sobre el bolsillo de los hogares.
Los precios estacionales fueron los que más aumentaron durante mayo, con una suba del 3,5%, impulsados principalmente por el encarecimiento de las verduras, mientras que los precios regulados avanzaron 2,4% por los incrementos en combustibles, electricidad y agua. El IPC núcleo, que excluye componentes estacionales y regulados y suele utilizarse como indicador de la tendencia inflacionaria de fondo, registró una variación del 1,9%.
La división Comunicación encabezó las subas con un aumento del 3,4%, impulsada por los servicios de telefonía e internet. Educación se ubicó en segundo lugar con un incremento del 2,9%, mientras que alimentos y bebidas continuaron mostrando una incidencia significativa en la estructura del gasto familiar.
El problema del promedio
La inflación es un indicador promedio que muchas veces oculta diferencias profundas entre sectores sociales. Para una familia de ingresos medios o bajos, los gastos esenciales —alimentos, servicios públicos, transporte, salud y educación— representan una proporción mucho mayor de su presupuesto que para los sectores de mayores ingresos.
Por esa razón, aunque el índice general muestre una desaceleración, la percepción cotidiana suele ser muy diferente. La canasta básica continúa aumentando, los alquileres mantienen una presión constante sobre los ingresos y los servicios públicos acumulan incrementos que erosionan la capacidad de compra de salarios y jubilaciones.
El fenómeno se vuelve más evidente cuando se observa la evolución del consumo. Distintos relevamientos privados vienen mostrando dificultades persistentes en supermercados, comercios de cercanía y sectores vinculados al mercado interno. La desaceleración de los precios no implica necesariamente una recuperación del poder adquisitivo perdido durante los últimos años.
La inflación baja, pero los ingresos no alcanzan
El dato de mayo también refleja una paradoja cada vez más visible en la economía argentina. Mientras los indicadores macroeconómicos muestran una reducción en la velocidad de aumento de los precios, millones de trabajadores formales, jubilados e incluso sectores de clase media continúan enfrentando dificultades para cubrir gastos básicos.
La desaceleración inflacionaria se produce en un contexto de fuerte ajuste fiscal, caída de la actividad económica en diversos sectores y una recomposición salarial que no logra recuperar plenamente las pérdidas acumuladas. Aunque la inflación anualizada muestra una tendencia descendente, el costo de vida continúa operando sobre una estructura social que llega debilitada después de años de deterioro del ingreso real.
¿Desinflación o cambio de composición?
Los datos de mayo sugieren que la inflación argentina está atravesando una etapa de transformación más que una desaparición del problema. Los aumentos ya no se concentran exclusivamente en bienes masivos sino que se desplazan hacia servicios, tarifas y rubros específicos que tienen una incidencia creciente sobre la vida cotidiana.
Desde una perspectiva estructural, la discusión ya no pasa únicamente por cuánto aumenta el índice general, sino por quiénes absorben el costo del proceso de estabilización. En una economía donde el salario real, las jubilaciones y el consumo todavía muestran signos de fragilidad, la desaceleración inflacionaria convive con una sensación extendida de pérdida de bienestar.
Por eso, detrás del festejo oficial por el 2,1% de mayo emerge una pregunta central: si los precios crecen más lentamente pero los ingresos continúan rezagados, ¿cuánto mejora realmente la vida de los argentinos?
La respuesta no se encuentra solamente en el IPC, sino en la capacidad efectiva de las familias para llegar a fin de mes. Y allí, la realidad todavía parece bastante más dura que las estadísticas.
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REDACCION DPyE
