Milei usó el 25 de Mayo para escenificar una unidad que no existe. Detrás de la foto en la Catedral, la guerra entre Santiago Caputo y los Menem sigue sin resolución, Adorni dilata su declaración jurada mientras el escándalo patrimonial crece, Villarruel fue excluida del acto y Bullrich juega su propio partido. El Triángulo de Hierro se rompió. Lo que queda es una coalición de poder fracturada que enfrenta un año electoral sin conducción política clara.
La foto que no alcanza
La elección del escenario fue deliberada. Pocos lugares concentran tanta solemnidad institucional como la Catedral Metropolitana en el Tedeum del 25 de Mayo: el país detenido, la liturgia como pausa del conflicto, la Nación como marco que excede las disputas de palacio. Milei necesitaba ese marco. La semana previa había sido la peor en términos de imagen interna desde que asumió: internas a cielo abierto en redes sociales, ministros en off hablando de una crisis irreversible, la figura de su jefe de Gabinete bajo investigación judicial y sin poder mostrar su declaración de bienes.
Que Martín Menem y Manuel Adorni aparecieran flanqueados por Karina, fue una imagen que muestra que el poder interno sigue en manos de Karina. Pero fue exactamente eso, una imagen. La reunión de gabinete que siguió a la ceremonia, prevista para el mediodía en Casa Rosada, era la prueba real. Reunir en la misma sala a los dos bandos de una guerra que durante días se desarrolló en X con acusaciones cruzadas, sospechas de operaciones y desafíos públicos no es, por definición, una señal de paz. Es la administración de un conflicto muy fuerte, que nadie sabe cómo cerrar.

«Así no podemos seguir.» La frase, recogida de al menos dos integrantes de la cúpula del gobierno, resume el estado de situación.
La anatomía de la fractura
Para entender la crisis actual hay que entender cómo estaba construido el poder en el gobierno de Milei. El llamado Triángulo de Hierro fue la fórmula que el propio Presidente describió públicamente en agosto de 2025: Karina Milei como armadora política, Santiago Caputo como estratega y —en esa instancia— Guillermo Francos como nexo con el resto de la política. Francos renuncio. Adorni lo reemplazó como jefe de Gabinete. Y con ese reemplazo, el equilibrio del triángulo se alteró de manera decisiva.
Adorni es, en el reparto interno del poder, una pieza del ala karinista. Es el hombre de Karina antes que el de Javier. Y Caputo lo sabe. La interna que estalló en las últimas semanas tiene esa fractura como eje: el sector de Caputo y las Fuerzas del Cielo contra el ala de Karina y los Menem. La acusación de Caputo de que Martín Menem estaba detrás de la cuenta anónima Periodista Rufus —desde la que se publicaban críticas al gobierno y al propio Presidente— fue el momento en que la guerra interna perdió toda posibilidad de negación.
Menem lo negó. Milei le creyó. O eligió creerle, que no es lo mismo. Caputo sostuvo su acusación. El resultado fue una fractura pública e irreconciliable, según describieron fuentes de ambos sectores, en la que el Presidente quedó ubicado como árbitro de un conflicto que lo rodea pero que él mismo no puede ni quiere resolver de raíz porque hacerlo implica elegir entre su hermana y su estratega más influyente.
El caso Adorni: más que un escándalo
El expediente judicial contra Manuel Adorni lleva más de dos meses en los titulares sin que el Gobierno haya podido cerrarlo. El origen fue un viaje a Punta del Este por el fin de semana de carnaval, en vuelos privados pagados por el periodista y empresario Marcelo Grandio, amigo del funcionario. El viaje incluyó una reunión con empresarios en la Trump Tower. La Justicia investiga presunto enriquecimiento ilícito: el patrimonio de Adorni habría crecido de manera inexplicable en los años previos a su llegada al gobierno, con propiedades y activos que no encuentran justificación en sus ingresos declarados.
Milei apostó por el escudo: salió a defender a Adorni en medios afines, descartó su renuncia con la frase ‘no voy a ejecutar a un inocente’ y ordenó públicamente que esperaran a la declaración jurada. El problema es que esa declaración jurada no llegó en mayo como el Presidente había prometido. Desde el entorno de Adorni confirmaron que los papeles no ingresarían antes de junio, y fuentes judiciales señalaron que el jefe de Gabinete tiene tiempo formal hasta el 31 de julio. La promesa presidencial quedó en el vacío. Y el escándalo, en cambio, creció.
La razón por la que el Gobierno no puede soltar a Adorni es estructural. Adorni no es sólo el jefe de Gabinete: es el hombre de confianza de Karina en el ejecutivo. Desplazarlo sería reconocer que la línea karinista cometió un error grave, que el escándalo era real y que la defensa presidencial fue equivocada. Para un gobierno que hace de la coherencia ideológica y la firmeza su principal activo comunicacional, ese reconocimiento tiene un costo político que no está dispuesto a pagar.
El Gobierno no puede soltar a Adorni sin reconocer que se equivocó. Y no puede mantenerlo sin pagar el costo de un escándalo que no tiene fecha de cierre.
Bullrich y Villarruel: dos disidencias de distinto signo
El mapa de la crisis interna tiene dos figuras que operan desde posiciones distintas pero con efectos convergentes sobre la imagen del Gobierno. Patricia Bullrich fue la primera en desafiar abiertamente al ala karinista cuando le exigió públicamente a Adorni que presentara su declaración jurada de manera inmediata. La jugada tuvo una lógica política precisa: Bullrich, con capital electoral propio y peso en el Senado, se diferencia del escándalo antes de que el juicio de la opinión pública lo contamine a todo el oficialismo por igual.
La reacción fue inmediata y reveladora. En despachos cercanos a Karina Milei llegaron a plantear excluir a Bullrich de las reuniones de gabinete, con una amenaza que circuló en off: ‘Va a terminar aislada en el Senado como Vicky’. La referencia a Villarruel como modelo de exclusión dice todo sobre los métodos que el ala karinista aplica para disciplinar disidencias. La versión fue desmentida, pero el daño ya estaba hecho: la negación tardía confirmó que la amenaza existió.
Villarruel, por su parte, no fue invitada al Tedeum. Fue Karina quien manejó las invitaciones a través del área de Ceremonial. La vicepresidenta estaba en Rosario el día anterior participando de una misa personal cuando la prensa la encontró y ella lanzó su dardo más preciso de las últimas semanas: ‘Todos estamos esperando la declaración jurada de Adorni’. La frase de alguien que fue excluida del acto oficial de la Patria es un retrato de la fractura institucional que el gobierno administra como si fuera normal.
El año electoral como acelerador
Hay un factor estructural que explica por qué la interna estalló ahora y no antes: el año electoral. Las elecciones de medio término de 2027 ya son un horizonte cercano. Caputo y las Fuerzas del Cielo quieren preservar la identidad ideológica pura del movimiento libertario; el ala Karina-Menem quiere construir una fuerza electoral territorial que no dependa exclusivamente del carisma presidencial. Son dos estrategias incompatibles bajo la misma marca.
El Triángulo de Hierro, como estructura de decisión, esta en crisis desde las elecciones de 2025, precisamente cuando se volvió necesario construir algo que esa estructura no sabe hacer: política territorial en escala provincial.
El ministro de Economía, Luis Caputo, trascendió su preocupación por el efecto que el desorden político interno genera sobre la confianza del plan económico y los inversores. Un gobierno que puede mostrar números de estabilización macroeconómica, pero que exhibe al mismo tiempo a su jefe de Gabinete bajo investigación judicial y a sus principales operadores en guerra pública, manda una señal de riesgo institucional que el mercado lee con atención.
La pregunta que nadie responde
La reunión de gabinete del 25 de Mayo fue diseñada como un gesto de cohesión. Milei convocó, los convocados fueron. Pero ninguna reunión resuelve las contradicciones estructurales que la crisis exhibe. La pregunta que el oficialismo no puede responder es simple: ¿Quién conduce la política del gobierno? ¿Caputo o los Menem? ¿El partido ideológico o la maquinaria electoral? ¿La hermana o el estratega?
Mientras esa pregunta no tenga una respuesta clara, cada semana traerá un nuevo episodio de la misma guerra. El Tedeum le dio a Milei una jornada relativamente ordenada y una imagen de solemnidad republicana. Pero la ceremonia termina, el gabinete vuelve a sus despachos, y la interna sigue siendo la misma.
REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA
