El ciclo conservador se agrieta.

Gobiernos de derecha y centroderecha que llegaron con mandatos reformistas enfrentan una acelerada erosión política. El caso boliviano desnuda una contradicción estructural: las victorias electorales no garantizan gobernabilidad cuando las demandas sociales acumuladas superan la capacidad de respuesta de los nuevos ejecutivos.

DATA Política y Económica


La narrativa del «nuevo ciclo conservador» latinoamericano, que durante los últimos años ganó terreno en foros académicos y columnas de opinión, empieza a mostrar sus fisuras más profundas. El desgaste simultáneo de varios gobiernos de derecha y centroderecha —con ritmos y causas distintos pero con un denominador común: la incapacidad de convertir victorias electorales en poder político sostenido— pone en cuestión la solidez de lo que algunos analistas describieron como una transformación estructural del mapa ideológico de la región.

La reciente crisis en Bolivia es el caso más ilustrativo. A pocos meses de haber asumido, el gobierno de Rodrigo Paz enfrenta una escalada de protestas que incluye bloqueos de rutas, corte de suministros de alimentos, medicamentos y oxígeno, y un progresivo cerco sobre La Paz protagonizado por sindicatos, mineros, campesinos y organizaciones del transporte. La imagen del nuevo ejecutivo, que llegó al poder tras casi dos décadas de predominio del Movimiento al Socialismo, ya muestra señales de deterioro acelerado. Paz debió anunciar corredores humanitarios para garantizar la circulación de bienes esenciales —una medida de emergencia que, en términos políticos, equivale a reconocer que el Estado perdió el control territorial sobre sectores críticos.


La victoria electoral no alcanza: sin gobernabilidad real sobre economías frágiles y sociedades movilizadas, el mandato se licúa.


La situación boliviana no es una anomalía: es un patrón que se repite con variantes en otros países. En Ecuador, el gobierno de Daniel Noboa, que montó su capital político sobre la promesa de combatir al crimen organizado, sigue sin poder revertir los niveles de violencia vinculados al narcotráfico. Las críticas opositoras por tendencias autoritarias en el manejo del Ejecutivo erosionaron además la imagen de eficiencia que sostuvo su popularidad inicial. En Argentina, el gobierno de Javier Milei acumula tensiones por el impacto distributivo de las reformas económicas, bloqueos parlamentarios y un cúmulo creciente de denuncias de corrupción que involucran al jefe de Gabinete y a la secretaria General de la Presidencia —dos de los engranajes centrales de la administración libertaria.

El analista brasileño Oliver Stuenkel señaló en Estadão que, aunque la derecha cosechó victorias electorales relevantes en la región, varios de esos gobiernos muestran hoy señales de desgaste acelerado frente a dificultades económicas, conflictividad social y cuestionamientos políticos que se superponen. La tesis de un «giro conservador profundo» impulsado por el auge del electorado evangélico, el crecimiento de la preocupación por la inseguridad y el efecto de demostración del regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, se enfrenta ahora a un test de gobernabilidad que varios de esos gobiernos están fallando.

El caso boliviano tiene, además, una dimensión que trasciende la coyuntura: demuestra que la resistencia a los ajustes no depende exclusivamente de la orientación ideológica del gobierno, sino de la capacidad de éste para construir gobernabilidad en sociedades atravesadas por demandas históricamente postergadas. En Bolivia, el retiro o la reducción de subsidios, la crisis de combustibles y el aumento del costo de vida activaron a actores sociales cuya centralidad es estructural: sindicatos mineros, organizaciones campesinas, transportistas. Frente a esa coalición de presión, la legitimidad electoral del nuevo gobierno se reveló como una herramienta insuficiente.

El desgaste de los gobiernos conservadores en la región no opera en el vacío: se produce en simultáneo con dos procesos electorales de enorme peso geopolítico que podrían reconfigurar el escenario político latinoamericano antes de que termine 2026.


El voto conservador fue real; el mandato de gobernar, en cambio, sigue siendo esquivo en economías frágiles y sociedades que no esperan.


 

Brasil: Lula ante el test definitivo

Las elecciones presidenciales brasileñas de octubre de 2026 son, en este contexto, mucho más que una disputa interna: son un referéndum sobre la viabilidad de los liderazgos progresistas en la región. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva llega a la recta final de la campaña en una posición relativamente sólida pero con márgenes que el propio oficialismo reconoce como ajustados. Las encuestas de mayo de 2026 sitúan a Lula en torno al 40-47% de intención de voto en primera vuelta, según la consultora, frente al 31-34% de Flávio Bolsonaro —hijo del expresidente Jair Bolsonaro y candidato del Partido Liberal—, con una ventaja de entre 7 y 9 puntos en los escenarios de ballotage más favorables al PT.

Sin embargo, el cuadro muestra tensiones relevantes. La desaprobación de la gestión de Lula ronda el 52-53% en varios sondeos, impulsada especialmente por la percepción negativa sobre el desempeño económico y el costo de vida: siete de cada diez brasileños afirman que el precio de los alimentos subió bajo su mandato. Ese malestar es el combustible con el que Flávio Bolsonaro construyó su posicionamiento: en abril logró por primera vez superar técnicamente a Lula en un escenario de segunda vuelta según Quaest, aunque el Datafolha de fines de mayo revirtió esa tendencia y amplió nuevamente la brecha a favor del oficialismo.

Lo que sí resulta claro es que el escenario electoral brasileño no tiene nada de lineal. La variable que podría inclinar la balanza de manera definitiva a favor de Lula es, paradójicamente, Donald Trump. Las disputas arancelarias con Washington —que incluyeron un arancel del 50% sobre exportaciones brasileñas impuesto en 2025— dispararon el índice de aprobación de Lula cuando el presidente actuó con postura de defensa de la soberanía nacional. Ese efecto de rebote nacionalista ante la presión estadounidense es una constante histórica en Brasil, y en 2026 el PT lo está capitalizando con habilidad: la figura del candidato opositor, ideológicamente alineado con el trumpismo, le facilita a Lula construir el contraste entre un proyecto soberano y una alternativa que se percibe como subordinada a Washington.


  • Las disputas arancelarias de Trump impulsaron a Lula: la presión de Washington se convirtió en su mejor argumento electoral.


Un triunfo de Lula en octubre tendría consecuencias que exceden ampliamente las fronteras brasileñas. Brasil es la primera economía de América del Sur, un actor central en el MERCOSUR y el país con mayor peso en los equilibrios regionales. Un segundo mandato completo del PT —o en rigor, la continuidad de Lula hasta 2030— consolidaría un polo de gravitación progresista que otorgaría legitimidad y musculatura a los liderazgos nacionales-populares de la región, en un momento en que varios de los gobiernos conservadores atraviesan su peor crisis de popularidad. Para la Argentina del kirchnerismo y el PJ en reconstrucción, y para los movimientos nacional-populares de la región, la victoria de Lula en Brasil sería una señal política de primer orden.

Las midterms de noviembre: el fin de la trifecta republicana

El otro gran evento del calendario electoral global de 2026 son las elecciones de medio término estadounidenses del 3 de noviembre. En juego están los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 33 bancas del Senado. Los republicanos llegan a esa instancia con una mayoría extremadamente frágil: 219 contra 213 en la Cámara, y 53 a 45 en el Senado. Los demócratas necesitan ganar solo tres distritos para voltear la Cámara y cuatro bancas para recuperar el Senado.

Las encuestas genéricas de intención de voto —el indicador más utilizado para medir el humor electoral agregado en las midterms— muestran a los demócratas con una ventaja de entre 3 y 5 puntos sobre los republicanos. Según Echelon Insights, la brecha llega a 48% contra 45%. El dato más revelador, sin embargo, es el comportamiento del voto independiente: sondeos de YouGov muestran que entre los electores no partidarios, los demócratas aventajan a los republicanos por 38% a 26%, una diferencia que en el sistema electoral estadounidense resulta difícil de compensar con movilización de la propia base.

El desgaste de Trump opera como factor estructural de ese escenario. El mismo patrón que en 2018 le costó al Partido Republicano la mayoría en la Cámara —el voto castigo al partido del presidente en las primeras elecciones de medio mandato— se está repitiendo con intensidad amplificada. A las tensiones económicas provocadas por la política arancelaria agresiva de la administración se suma una erosión en segmentos que fueron decisivos para la victoria de Trump en 2024: el voto latino, según YouGov, muestra señales claras de retroceso republicano. El mismo electorado que viró parcialmente hacia Trump en 2024 está reorientándose, según los sondeos actuales, hacia posiciones más críticas del gobierno.

Para América Latina, las consecuencias de un Congreso dividido o bajo control demócrata serían significativas y múltiples. El trumpismo aplicó hacia la región una política de presión arancelaria, amenazas migratorias y alineamiento ideológico explícito con los gobiernos conservadores de la región —con Milei como caso paradigmático—. Un Congreso con mayoría demócrata en alguna de sus cámaras actuaría como contrapeso a esa política: limitaría la capacidad de la administración para imponer medidas unilaterales, restringiría recursos para ciertas operaciones de presión y abriría espacio para una relación hemisférica menos subordinada a la lógica MAGA. El desgaste de Trump como lame duck potencial también reduciría el efecto de cobertura política que la cercanía con Washington le otorgó a varios ejecutivos conservadores de la región.

El análisis del Real Instituto Elcano señaló en enero de 2026 que un Congreso dividido podría acelerar la conversión de Trump en lame duck y reducir la disciplina interna del Partido Republicano en torno a su liderazgo. Para la región latinoamericana, eso implicaría una ventana de mayor autonomía en las relaciones con Washington y un debilitamiento del efecto legitimador que el alineamiento con Trump aportó a ciertos liderazgos locales.


Un triunfo de Lula en Brasil más un Congreso bajo control demócrata en EEUU cambiarían radicalmente la ecuación de poder regional: el eje conservador latinoamericano perdería su principal fuente de cobertura internacional.


Lo que el escenario político latinoamericano de 2026 viene a confirmar, entonces, es la confluencia de tres procesos que se refuerzan mutuamente: el desgaste interno de los gobiernos conservadores ante la incapacidad de ofrecer gobernabilidad real; la posible recomposición del polo progresista regional con una eventual victoria de Lula en Brasil; y el probable debilitamiento del efecto trumpista de cobertura con una derrota republicana en las midterms de noviembre.

Esos tres vectores, si se confirman en los próximos meses, no implicarán necesariamente una nueva ola de izquierda: América Latina lleva décadas demostrando que sus movimientos políticos no siguen lógicas de marea unidireccional. Lo que sí producirían es un reequilibrio de fuerzas que cerraría el paréntesis del ciclo iniciado con el retorno de Trump a la Casa Blanca y la proliferación de liderazgos alineados con esa matriz ideológica. Para los movimientos nacional-populares de la región —el kirchnerismo en Argentina, el PT en Brasil, el progresismo chileno y colombiano—, ese escenario representaría una oportunidad que no estaba sobre la mesa hace apenas doce meses.

La pregunta que sigue abierta no es si habrá cambio de signo político, sino si las fuerzas progresistas de la región habrán aprendido la lección que el propio ciclo conservador vino a enseñar: ganar elecciones es apenas el primer paso; la diferencia la pone la capacidad de construir gobernabilidad, sostener economías complejas y responder a demandas distributivas que no esperan. En la región, ese desafío sigue sin resolverse. Y las calles, como siempre, conservan el último derecho de veto.