La cuarta edición de la Reunión en Defensa de la Democracia, impulsada por España y Brasil, reunió en Barcelona a más de veinte líderes de América Latina, Europa y África. Sánchez y Lula encabezaron el llamado a construir una alianza global contra el avance ultraderechista y la agenda de Trump. Por Argentina, el gobernador bonaerense Axel Kicillof se proyectó como referente opositor y cruzó al gobierno de Milei ante mandatarios de medio mundo.
El recinto de la Fira de Barcelona, en L’Hospitalet de Llobregat, albergó este fin de semana una escena que habría sido impensable apenas dos años atrás: más de veinte mandatarios de tres continentes, sentados codo a codo, acordando una estrategia común frente al avance de la ultraderecha global. La convocatoria no fue casualidad ni marketing político. Fue la demostración de que la «internacional del odio» —la expresión que el premier español Pedro Sánchez ha popularizado para describir la red de movimientos reaccionarios que operan coordinadamente desde Washington tiene, finalmente, una respuesta organizada en el otro extremo.
La cuarta edición de la Reunión en Defensa de la Democracia, que tiene como motores a Sánchez y al presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, cerró la Global Progressive Mobilisation 2026 con una declaración de principios que abarca desde el multilateralismo y el rechazo al uso de la fuerza, hasta la demanda de un impuesto extraordinario a los «megarricos» y la regulación de los gigantes tecnológicos. El foro, al que asistieron unas 6.500 personas entre líderes, ministros, dirigentes partidarios y delegados de organizaciones progresistas del mundo, coincidió deliberadamente con una concentración de ultraderecha europea en Milán, a modo de señal política.

Sánchez y Lula: de la sintonía bilateral al polo global
La primera jornada estuvo marcada por el alineamiento entre España y Brasil, que presentaron a sus países como los «motores» de un eje capaz de acercar América Latina y Europa. Sánchez y Lula firmaron acuerdos económicos, tecnológicos y sociales en el marco de la primera Cumbre bilateral entre ambas naciones, y ratificaron una vocación de liderazgo que trasciende lo retórico.
Ante el pleno de la segunda jornada, Sánchez subió la apuesta. Proclamó que «el tiempo de la internacional ultraderechista y la derecha lacaya ha llegado a su fin» y convocó a los progresistas del mundo a ser «pacifistas, ecologistas, sindicalistas y feministas» sin disculpas. La mención implícita al Partido Popular español —al que Sánchez llama «derecha lacaya» por sus acuerdos con Vox— le permitió además capitalizar políticamente el evento en clave doméstica, pocas horas después de que se anunciara un nuevo gobierno de PP y Vox en Extremadura.
Lula, en su intervención, apuntó directo al corazón del debate económico global. La izquierda, reconoció, «no consiguió superar el pensamiento económico dominante», un consenso liberal que prometió prosperidad y entregó hambre, desigualdad e inseguridad. Reclamó coherencia al progresismo: hacer desde los gobiernos lo que se promete antes de las elecciones. Y fue contundente en relación al orden internacional: exigió reformar el Consejo de Seguridad de la ONU y pidió a las potencias permanentes que «paren con esta locura de guerra, porque el mundo no lo aguanta más».
La mesa: de Sheinbaum a Tim Walz, pasando por Ramaphosa
La amplitud del convocatorio resultó llamativa. En la mesa principal de la Fira se sentaron los presidentes y primeros ministros de México, Colombia, Uruguay, Sudáfrica, Irlanda, Lituania, Albania, Cabo Verde y Barbados, junto a vicepresidentes de Alemania, Reino Unido, Austria, Ghana y Botsuana. Desde Estados Unidos participó el gobernador de Minnesota, Tim Walz —que fue candidato a vicepresidente demócrata en 2024—, mientras el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y el senador Bernie Sanders enviaron mensajes en video.
No pasó inadvertida la presencia de Claudia Sheinbaum. La presidenta mexicana, que también impulsó una declaración para evitar una incursión militar contra Cuba, certificó con su asistencia el deshielo diplomático entre México y España, deteriorado durante años por la demanda mexicana de una disculpa formal por la conquista colonial. Las palabras recientes del rey Felipe VI —que reconoció que hubo «mucho abuso» durante ese período— fueron interpretadas desde Ciudad de México como un avance suficiente para retomar el diálogo.
El sudafricano Cyril Ramaphosa, por su parte, concentró su intervención en la reforma de la arquitectura de gobernanza global: reclamó que la ONU cuente con mecanismos reales para detener los conflictos armados antes de que escalen. La transición energética, la regulación de las redes sociales y el impuesto a los grandes patrimonios completaron la agenda sustantiva del encuentro.
Kicillof en Barcelona: el gobernador como candidato global
Por Argentina no hubo ningún representante del gobierno nacional. El único funcionario con presencia activa fue Axel Kicillof, gobernador de la provincia de Buenos Aires, que llegó a Barcelona luego de un primer día en Madrid con perfil institucional —reuniones con empresarios y con la vicepresidenta Yolanda Díaz—, y desplegó en la cumbre la artillería opositora.

En sus intervenciones y en declaraciones a medios españoles, Kicillof trazó una ecuación directa: «La dirección que le está imprimiendo Donald Trump al mundo, que en Argentina se ve representada por Milei, genera mucho daño». Acusó al gobierno nacional de «destruir el aparato productivo» y de atacar de manera «frontal» la educación, la salud y la justicia social. En una entrevista radial con la cadena Ser, anticipó un diagnóstico: «Se ve un desplome de la economía argentina, con caída de la demanda y ausencia total del Estado».
El espaldarazo más significativo lo recibió del colombiano Gustavo Petro, quien presentó al gobernador bonaerense ante sus seguidores como alguien que «posiblemente será presidente de Argentina para sacarla de su colapso» y subrayó que «la unidad del progresismo argentino es fundamental para el mundo». El encuentro entre ambos, celebrado en la Biblioteca García Márquez de Barcelona, incluyó un análisis del contexto de inestabilidad global y la necesidad de generar alianzas regionales. En los pasillos de la cumbre, múltiples fuentes coincidieron en señalar que Kicillof es percibido como el principal candidato opositor con proyección hacia las presidenciales de 2027.
Kicillof también se reunió con Lula da Silva y con el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, además de con Elly Schlein, secretaria general del Partido Democrático italiano. La agenda fue deliberadamente densa: el gobernador buscó no solo proyectarse en la escena global sino también tender vínculos con partidos y gobiernos que, en distintos momentos, podrían ser interlocutores de una Argentina posmileista.
Sánchez consolida su perfil antitrumpista
Para el premier español, Barcelona fue también el colofón de una estrategia internacional desplegada en los últimos meses con creciente rédito político. Hace un año, Sánchez fue el único dirigente de la OTAN que rechazó abiertamente el pedido de Trump de elevar los aportes militares al 5% del PIB. Más recientemente, fue uno de los pocos primeros ministros europeos que se negó de plano a respaldar los ataques sobre Irán —una posición que, según analistas, desencadenó un efecto contagio entre otros gobiernos europeos y le valió el elogio explícito de Lula.

«Sánchez había demostrado que decir no a Trump no solo era posible, sino que podía tener rédito político», sintetizó la lectura extendida entre los asistentes al foro. El presidente del gobierno español llegó a Barcelona con esa credencial intacta, y la capitalizó ante una audiencia de líderes que, en muchos casos, enfrentan sus propios dilemas frente a la presión de Washington.
La pregunta que quedó suspendida sobre la Fira, y que ningún orador se atrevió a responder con certeza, es si este polo progresista logrará convertirse en algo más que una foto. La historia reciente de las articulaciones de izquierda global no es generosa en ese sentido. Pero la escala de lo que ocurrió este fin de semana en Barcelona —la diversidad de actores, la simultaneidad con el evento ultraderechista en Milán, la proyección mediática— sugiere que, al menos por ahora, la voluntad política de construir algo duradero existe. ¿Qué alcance tendrá?, es una pregunta que como casi todo en política, es otra historia.
REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMICA
