Brasil vuelve a definir el equilibrio de Sudamérica. Una derrota de Lula tendría consecuencias para toda la región.
Por Demian Verduga
Si pensáramos América del Sur como un tablero de ajedrez, este domingo 4 de octubre en Brasil hubo una jugada en la que el Departamento de Estado de Estados Unidos puso al rey cerca del jaque mate. Es el rey porque Brasil es el país más grande de la región. Es también el que tiene el proyecto nacional de mayor densidad. Del lulismo a ciertos sectores de la derecha, como las Fuerzas Armadas, hay un consenso desde hace mucho tiempo de que Brasil tiene que ser una potencia. Los sectores conservadores que respaldan esa visión, muchos están dentro del bolsonarismo, lo piensan manteniendo una sociedad jerárquica, y el lulismo, con un país con mayor justicia social. Sin embargo, la idea de que Brasil potencia tiene que jugar en las grandes ligas es transversal.
Durante el gobierno de Jair Bolsonaro, que hoy está preso por el intento de golpe de Estado que impulsó cuando perdió la elección en 2022, los sectores militares que lo respaldaban fueron una de las principales resistencias a las políticas que impulsaba Paulo Guedes, el ministro de Economía. Guedes, una especie de Milei brasileño, quería privatizar hasta las macetas del Palacio de Planalto. Las Fuerzas Armadas —parte del bolsonarismo— bloquearon varias de las iniciativas, especialmente en los sectores estratégicos.
Esta brevísima mención a un tema mucho más arduo es para ilustrar por qué Brasil es el proyecto nacional más consolidado de América del Sur. Hoy está jaqueado por el triunfo en la primera vuelta de Flavio Bolsonaro, impulsado de forma directa por Marco Rubio, el secretario de Estado de Donald Trump.
No es posible adivinar con tanta anticipación qué haría el hijo de Bolsonaro, Flavio, si llegara a ganar la presidencia. ¿Acaso Brasil abandonaría los BRICS? Flavio ha dicho que piensa incorporar a su país al famoso “escudo de las Américas” que impulsa EE. UU. Es una idea muy resistida por las Fuerzas Armadas.
Se puede afirmar que un triunfo de Bolsonaro sería la consolidación de un bloque bastante homogéneo, alineado a los designios de Washington. Algo que no se veía en la región desde la década de 1970, cuando Estados Unidos impulsó a todas las dictaduras de esta parte del mundo para “combatir al comunismo”. Se hizo en aquellos años bajo la doctrina de seguridad nacional. Ahora, en esta tercera década del siglo XXI, el objetivo no es frenar la influencia de la Unión Soviética, sino la de China. No hay una batalla ideológica por modelos de sociedad o estilos de vida. Hay una puja por los recursos estratégicos —petróleo, minerales, agua— necesarios para tratar de ganar la carrera tecnológica.
El impacto regional
Si se mira el mapa de Sudamérica como si fuera un TEG, ya no un tablero de ajedrez, el recorrido podría empezar en Venezuela. Fue pionero en los procesos políticos que rechazaron la oleada neoliberal de la década de 1990. Hugo Chávez ganó su primera elección en 1998. Luego vendrían Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner. Un poco más adelante, el Frente Amplio en Uruguay, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador.
Esa cabecera de playa contra el neoliberalismo que fue Venezuela es hoy lo contrario. A partir del bombardeo de Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro, Venezuela se ha transformado en un protectorado de hecho de EE. UU. La magnitud de la sumisión quedó retratada en el nuevo acuerdo petrolero. Las empresas estadounidenses se quedaron con yacimientos en los que hay comprobadas reservas de 65 mil millones de barriles de petróleo. Hoy EE. UU. ya compra el 50% del petróleo venezolano. El nuevo acuerdo excluye a PDVSA, la petrolera estatal venezolana, que hasta ahora por ley participaba con el 51% en todos los proyectos en su país. Las compañías estadounidenses pueden exportar sin pasar por PDVSA. Pagan 16% del precio del barril de regalías. Y aquí viene lo peor. Esas regalías no se pagan en Venezuela. Se pagan en una cuenta del Tesoro de Estados Unidos que administra esos recursos. Decide de manera arbitraria cuándo, cómo, dónde y cuánto le transfiere al Estado venezolano de sus propios fondos. Es un esquema neocolonial consolidado. Por eso es tan grave para la región que Lula pierda en Brasil. Porque este es el esquema que Washington piensa para el subcontinente.
Si el recorrido sigue hacia el sur, aparece Colombia, con Abelardo de la Espriella, que ya firmó acuerdos con Rubio para profundizar todavía más la presencia militar de EE. UU. en su país. En Ecuador, Daniel Noboa firmó un decreto de inmunidad para que militares estadounidenses puedan participar de operaciones de seguridad interna y no se los pueda acusar de ningún delito. En Perú, Keiko Fujimori puso de ministro de Relaciones Exteriores a Carlos Espá, que trabajó durante 15 años para la embajada de EE. UU. como director de comunicación. De ahí pasó a dirigir la política exterior de su país. Sigue el Chile de José Antonio Kast y la Argentina de Javier Milei. Brasil sería el plato fuerte de este banquete.
En casa
¿Qué puede implicar todo este panorama para la Argentina? En la especulación más superficial, puede ocurrir que Flavio Bolsonaro se vuelva el principal interlocutor de Trump y que Milei quede relegado a un segundo plano. En ese análisis neocolonial, Argentina perdería relevancia porque dejaría de ser necesaria como contrapeso de Lula. Es una interpretación válida, pero poco relevante. Puede casi afirmarse que Trump seguirá apoyando a Milei en el FMI, un organismo que hace lo que Washington ordena. Y que seguramente habrá algún salvataje financiero frente a alguna corrida, como sucedió antes de las elecciones de medio término de 2025.
En donde hay que apuntalar la lucidez es en el peronismo. Para todos los movimientos nacionalistas de la región, la caída de Brasil es una pésima noticia. Se pierde una fuente de respaldo político y logístico para las próximas batallas electorales. Se pierde una referencia sobre hacia dónde ir. Se fortalece la idea de que no hay otro destino posible más que el que propone Milei, algo similar a lo que ocurría en la década de 1990. La derrota de Lula apuntalaría ese sentido común en toda la región. La batalla política sería más cuesta arriba. El peronismo debe prepararse para un escenario aún más adverso y para estar a la altura de las circunstancias.
