La crisis económica y social no genera por sí sola una alternativa política. El desafío consiste en transformar el malestar en una propuesta de desarrollo, actualizar las herramientas del movimiento nacional y construir una mayoría capaz de abrir un nuevo ciclo histórico.
por Antonio Muñiz
La crisis no construye por sí misma una alternativa
La Argentina atraviesa una etapa de profundas tensiones económicas, sociales y políticas. El programa del Gobierno modificó precios relativos, redujo el gasto público y reorganizó prioridades del Estado, pero no resolvió, y es mas en muchos casos agravó los problemas estructurales del país. La caída de la actividad en amplios sectores, las desindustrializacion que afecta sobre todo a las pequeñas y medianas empresas, el deterioro de los salarios y la incertidumbre sobre el empleo, bolsones de pobreza e indigencia y economias regionales en crisis, conviven con una economía que conserva capacidades productivas, recursos naturales y conocimiento, pero carece de una estrategia que los articule.
La magnitud del malestar no alcanza, sin embargo, para construir una alternativa. La experiencia política argentina muestra que las crisis pueden abrir oportunidades, pero también prolongar la fragmentación y favorecer salidas regresivas. Una oposición puede crecer en las encuestas y, aun así, no estar en condiciones de conducir un proceso de transformación.
Para hacerlo necesita algo más que denunciar los efectos del ajuste: debe explicar qué país propone, con qué instrumentos piensa construirlo y qué intereses sociales pueden sostener ese rumbo.
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El nuevo comienzo exige organización para construir, decisión para transformar y conducción para convocar.
El desafío es pasar de la resistencia a la construcción. Esto exige reconocer los errores propios, comprender los cambios que atravesaron a la sociedad y abandonar la expectativa de que el desgaste del Gobierno producirá automáticamente una nueva mayoría. La política necesita recuperar iniciativa y ofrecer una perspectiva de futuro.
El desarrollo como eje de un nuevo proyecto
Un proyecto nacional debe comenzar por una definición económica y productiva. La Argentina no puede resignarse a ser únicamente exportadora de recursos naturales ni puede desconocer la importancia estratégica de la energía, la minería, el agro y los alimentos. El problema no está en desarrollar esos sectores, sino en hacerlo sin una política que multiplique sus efectos sobre el conjunto de la economía.
La disponibilidad de recursos naturales constituye una ventaja, pero no es, por sí sola, un modelo de desarrollo. Para convertirla en bienestar, empleo de calidad y autonomía económica se necesita agregar valor, ampliar proveedores nacionales, incorporar tecnología, fortalecer la infraestructura y promover nuevas capacidades industriales. La producción primaria, la industria, los servicios basados en el conocimiento y la economía del cuidado deben formar parte de una misma estrategia.
El Estado tiene una responsabilidad central en esa tarea. No se trata de reemplazar la iniciativa privada ni de reproducir estructuras burocráticas que han perdido eficacia. Se trata de orientar inversiones, coordinar políticas, reducir incertidumbres, sostener bienes públicos y asumir riesgos que el mercado, por sí solo, no está dispuesto a afrontar. Un Estado desarrollador debe trabajar junto con empresas, universidades, organismos científicos, trabajadores y gobiernos provinciales y municipales.
La ciencia y la tecnología dejaron de ser un componente complementario de la economía. Son factores decisivos de productividad, competitividad y soberanía. La Argentina cuenta con universidades, institutos, investigadores, empresas tecnológicas y experiencias industriales que pueden integrarse en una política de innovación aplicada. El conocimiento debe llegar a las fábricas, al campo, a los servicios y a las economías regionales. Esa vinculación requiere continuidad institucional, financiamiento y objetivos productivos concretos.
El desarrollo también debe medirse por su capacidad de generar trabajo. No alcanza con aumentar exportaciones o mejorar determinados indicadores macroeconómicos si el crecimiento no se traduce en mejores ingresos, empleo formal y oportunidades para las nuevas generaciones. El mercado interno, la distribución del ingreso y la integración territorial no son obstáculos al desarrollo: forman parte de las condiciones que lo hacen sostenible.
La transformación del movimiento nacional
El peronismo conserva una identidad histórica vinculada con la justicia social, la independencia económica y la soberanía política. Esos principios mantienen vigencia, pero no pueden convertirse en una respuesta automática frente a cada coyuntura. La fidelidad a una tradición no consiste en repetir sus formas, sino en actualizar sus objetivos frente a una sociedad que cambió.
La transformación debe alcanzar a las ideas, la organización y las prácticas de representación. El mundo del trabajo ya no se limita al empleo industrial tradicional. Conviven trabajadores registrados y no registrados, cuentapropistas, plataformas digitales, profesionales, emprendedores y nuevas formas de organización productiva. Una fuerza política que aspire a representar a las mayorías debe comprender esa diversidad y construir respuestas para sus problemas concretos.
También debe revisar su relación con el conocimiento, la innovación y la gestión. La capacidad de gobernar exige equipos técnicos, información confiable, planificación y evaluación de políticas públicas. La experiencia acumulada es un activo, pero no sustituye la necesidad de aprender. La renovación no puede reducirse a un recambio de nombres: debe expresarse en nuevas capacidades y en una cultura política que premie la eficacia, la responsabilidad y la participación.
La unidad es necesaria, pero no suficiente. Una coalición construida exclusivamente para enfrentar al adversario puede desarmarse cuando debe tomar decisiones. La cohesión política requiere acuerdos programáticos, reglas de funcionamiento y una perspectiva compartida sobre el país que se quiere construir. La discusión interna no debería ser un obstáculo, sino el mecanismo para procesar diferencias y definir prioridades.
De la identidad histórica a una nueva mayoría social
No se sale de una crisis de construcción histórica mediante la aceleración de la confrontación, sino creando las condiciones para que un nuevo orden pueda nacer y consolidarse.
La reconstrucción de una alternativa requiere una conducción capaz de abrir una etapa, no solamente administrar las tensiones existentes. Conducir supone fijar un rumbo, convocar capacidades diversas, tomar decisiones y construir confianza. No depende exclusivamente de una figura individual: necesita equipos, organización territorial, presencia social y una relación dinámica con los sectores productivos y del trabajo.
Esa conducción debe promover una conversación amplia con quienes hoy no encuentran representación política. Las pequeñas y medianas empresas, los trabajadores, los jóvenes, las economías regionales, los sectores científicos y tecnológicos, las cooperativas, los productores y las organizaciones sociales tienen demandas diferentes, pero pueden coincidir en la necesidad de una economía que produzca más, genere empleo y distribuya mejor sus resultados.
Construir una mayoría social implica reconocer esas diferencias y convertirlas en acuerdos posibles. No se trata de diluir una identidad política, sino de darle una dimensión nacional capaz de integrar intereses y expectativas. La convocatoria debe apoyarse en propuestas verificables, prioridades claras y compromisos que puedan sostenerse en el tiempo.
La Argentina necesita recuperar la capacidad de pensar y ejecutar un proyecto de largo plazo. La salida no vendrá de una vuelta al pasado ni de la aceptación pasiva de un destino subordinado a la exportación de recursos. Requiere combinar estabilidad macroeconómica con producción, inversión, innovación, trabajo e integración social. Requiere, además, instituciones que puedan sostener políticas más allá de los cambios de gobierno.
El peronismo tiene una responsabilidad particular en esa tarea por su historia, su arraigo territorial y su experiencia de gobierno. Pero esa responsabilidad no se resuelve invocando su pasado ni esperando que la crisis le devuelva el lugar perdido. Debe demostrar que puede interpretar el presente y ofrecer una respuesta a los problemas que vienen.
El nuevo comienzo exige organización para construir, decisión para transformar y conducción para convocar. La tarea no es administrar el descontento, sino convertirlo en una fuerza política y social capaz de impulsar un proyecto nacional. Esa es la condición para que la Argentina deje de oscilar entre ciclos de frustración y pueda abrir una etapa de desarrollo con inclusión y soberanía.
