Netanyahu pierde su mayoría y Eisenkot queda a las puertas del poder, sin votos asegurados para gobernar

El exjefe del Estado Mayor reunirá más recomendaciones que el primer ministro ante el presidente Isaac Herzog, pero un gobierno suyo depende de partidos árabes que rechazan o condicionan sus principios y de aliados que prometieron no gobernar con ellos. Si llega, su programa reabre la investigación del 7 de octubre, la reforma judicial y el servicio militar de los ultraortodoxos.

 


Las elecciones del 27 de octubre dejaron a Israel sin mayoría parlamentaria. El bloque de Benjamin Netanyahu obtuvo 53 de los 120 escaños de la Knesset; la oposición encabezada por Gadi Eisenkot, 48, y los partidos árabes, 19, la cifra más alta de su historia. El Likud conservó el primer lugar con 27 bancas, nueve menos que en 2022, seguido por Yashar, el partido de Eisenkot, con 21. La participación llegó al 77,97 %.

La aritmética favorece al exjefe del Estado Mayor solo si suma a la Lista Conjunta y a Ra’am: con ellos alcanza 67 votos; sin ellos, necesitaría alrededor de 13 desertores del oficialismo, una hipótesis que los analistas consultados por NPR consideran remota. Naftali Bennett, Avigdor Liberman y Yair Golan ya anunciaron que lo recomendarán, y un dirigente de la Lista Conjunta citado por el sitio Walla adelantó que las dos fuerzas árabes harán lo mismo. Si esos apoyos se confirman, Herzog, que recibe los resultados oficiales el 4 de noviembre y tiene plazo hasta el 11 para decidir, le encargaría a Eisenkot la formación del gobierno. Tendría 28 días, prorrogables por otros 14.

Las condiciones como obstáculo

El 31 de octubre, Eisenkot fijó cuatro principios para cualquier socio: reconocer a Israel como Estado judío, democrático, liberal e igualitario; adherir a los valores de la Declaración de Independencia; aceptar un servicio obligatorio, militar, nacional o civil, para todos los ciudadanos, y reconocer a Hamás como organización terrorista cuyo poder en Gaza debe ser destruido. Dijo que cualquier diputado que los suscriba puede sumarse.

Las dos fuerzas árabes respondieron de manera distinta. En la Lista Conjunta, Bakr Awawda, cuarto en la nómina, sostuvo que su partido no acepta esos principios y que Eisenkot debería retirarlos; su líder, Yousef Jabareen, descartó integrar un gobierno mientras continúe la ocupación de Cisjordania, aunque dejó abierta la posibilidad de votar desde afuera. Ra’am, que en 2021 fue el primer partido árabe independiente en una coalición, reconoce desde hace años el carácter judío del Estado y aspira a la cartera de Seguridad Interior. Su líder, Mansour Abbas, dijo que evaluará si cumple los criterios cuando sepa si existe un gobierno posible, y evitó calificar a Hamás como organización terrorista fuera de una negociación concreta.


Recomendar a un candidato, sostenerlo desde fuera del gabinete e integrar el gobierno son compromisos distintos. Por ahora, los partidos árabes solo anunciaron el primero.


La resistencia también está dentro de la oposición. Yashar, B’Yachad y Yisrael Beytenu prometieron no gobernar con partidos árabes, y Liberman reclama una coalición integrada solo por partidos sionistas. Golan es el único dirigente judío del bloque que defiende abiertamente el acuerdo con Ra’am. Netanyahu, por su parte, calificó de «prohibido» un gobierno con Abbas y con Ahmad Tibi.

Cuatro caminos para formar gobierno

La nueva Knesset jurará el 10 de noviembre, cualquiera sea el estado de las negociaciones. Netanyahu seguirá al frente del Ejecutivo en funciones hasta que un nuevo gabinete obtenga el voto de confianza, de modo que su salida todavía no es un hecho. Las alternativas en discusión son cuatro:

  • Gobierno de minoría de Eisenkot, sostenido desde afuera por los partidos árabes, que obliga a sus aliados a revisar su promesa de campaña.
  • Coalición con Ra’am, sobre el precedente de 2021, sujeta a un acuerdo sobre la definición de Hamás.
  • Unidad nacional, la opción que promueve Herzog. En el Likud circuló la idea de una rotación en la que Netanyahu gobernaría dos años antes de cederle el cargo; Eisenkot la rechazó, igual que la oferta de un ministerio.
  • Nuevas elecciones dentro de los 90 días, que serían las séptimas desde 2019 y mantendrían a Netanyahu en funciones durante toda la campaña.

¿Qué cambiaría con un gobierno de Eisenkot?

Eisenkot anunció que usaría la mayoría contraria a Netanyahu para impulsar de inmediato cinco medidas: una comisión estatal de investigación sobre el 7 de octubre, el servicio nacional obligatorio para todos los ciudadanos, la ampliación de los efectivos del ejército, mejores beneficios para quienes sirven y la derogación de las leyes de la reforma judicial. Las tres primeras chocan con intereses concretos. La comisión independiente examinaría las decisiones del gobierno saliente, que promovió un mecanismo de designación política. El servicio obligatorio, con una exención limitada al 3 % de cada cohorte ultraortodoxa dedicada al estudio religioso, deja a Shas y Judaísmo Unido de la Torá fuera de cualquier coalición.

En seguridad, el programa de Yashar marca menos ruptura de lo que sugiere la campaña. Propone reemplazar el gobierno de Hamás en Gaza manteniendo un corredor de seguridad israelí, avanzar en la reconstrucción por etapas con un desarme parcial y desmantelar el brazo militar de la organización en 18 meses. Rechaza un Estado palestino, aunque considera a la Autoridad Palestina preferible a Hamás. En Cisjordania devolvería la administración civil y la coordinación policial a la esfera militar, lo que reduciría el control que hoy ejerce el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich. Frente a Irán sostiene la búsqueda de un acuerdo nuclear verificable y, si fracasa, restricciones garantizadas por Estados Unidos y acciones encubiertas contra su programa de misiles. En el Líbano respalda una zona de seguridad con mayor participación estadounidense y francesa.


Un gobierno sostenido por votos árabes tendría que gestionar una guerra en Gaza que esos mismos aliados rechazan.


Esa es la tensión central del escenario más probable. La Lista Conjunta condiciona su participación al fin de la ocupación de Cisjordania; el programa de Eisenkot descarta un Estado palestino y prevé mantener presencia militar en Gaza. Un gobierno de minoría dependería de esos votos para cada ley y cada presupuesto, y quedaría expuesto a que cualquier operación militar o incidente de seguridad rompa el apoyo externo. La salida de Itamar Ben Gvir y de Smotrich del gabinete, en cambio, coincidiría con las preferencias que la prensa israelí atribuye a la administración de Donald Trump, y podría facilitar la relación con Washington.

El primer mandato tiene buenas probabilidades de quedar en manos de Eisenkot. La mayoría para ejercerlo depende de que acepte gobernar con votos que prometió no necesitar, o de que Abbas acepte una definición sobre Hamás que hasta ahora condicionó a tener un lugar en el gobierno. Aun si lo consigue, su programa de seguridad y el de sus eventuales sostenes árabes apuntan en direcciones opuestas desde el primer día.

 

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