Del boom del Malbec a la crisis actual

Entre la reconversión noventista y la megadevaluación de 2024, el sector que convirtió al vino en «embajador» de la marca país atraviesa el cruce simultáneo de tres frentes —consumo interno, exportaciones y costos— que no se compensan entre sí como en ciclos anteriores. Datos del INV y de CEPA muestran una concentración productiva acelerada y un vaciamiento del entramado de pequeños productores mendocinos.

Por Antonio Muñiz  ·  


Un espejo de la restricción externa

La vitivinicultura argentina funciona como un caso testigo para leer los ciclos de tipo de cambio real de la economía nacional. Con Mendoza concentrando el 71,4% de la superficie implantada del país y cerca del 7% de su Producto Bruto Geográfico provincial, cada apertura o cierre de la macroeconomía argentina se traduce, con rezago, en reconversión, concentración o crisis en el complejo vitivinícola. El presente informe reconstruye ese arco histórico —de la reconversión de los noventa al colapso actual— y sistematiza los indicadores que muestran la profundidad de la crisis en curso.

La primera reconversión: del vino de mesa al Malbec de altura

Hasta 1970 el consumo interno tocó su techo histórico, 91,8 litros per cápita anuales, sostenido por el modelo de «vino de grifo» de uvas criollas y alto rendimiento, sin proyección exportadora. La inflación crónica de los setenta y ochenta desalentó cualquier inversión de largo plazo en un cultivo que exige horizontes de una década entre plantación y rendimiento pleno.

El quiebre llega con la convertibilidad. La apertura comercial y el tipo de cambio fijo de los noventa obligaron a competir por calidad frente a los vinos importados, y llevaron a arrancar miles de hectáreas de viñedos viejos. El Malbec —presente desde 1868, pero relegado como cepaje secundario— tocó su piso histórico entre 1995 y 1996, con apenas 9.000 hectáreas, al borde de la desaparición. Un grupo reducido de enólogos y empresarios —Nicolás Catena, Alejandro Vigil, Susana Balbo, entre otros— apostó entonces por bajos rendimientos, cosecha tardía y crianza en roble sobre la cepa que nadie quería. La reconversión tecnológica implicó una inversión estimada en 2.500 millones de dólares en bodegas, riego y enología, financiada en gran medida por capital extranjero atraído por la estabilidad cambiaria.

 

 

El boom exportador (2002-2011)

La devaluación de 2002 monetizó la infraestructura instalada en los noventa. Con la base tecnológica ya construida, el tipo de cambio competitivo de la poscrisis generó el despegue comercial definitivo. Entre 2004 y 2018 la exportación total de vinos creció 77% en volumen y 255% en valor, mientras que el Malbec en particular aumentó 450% en volumen y 823% en valor, con su precio medio subiendo de 2,5 a 4,1 dólares por litro. A la competitividad cambiaria se sumó la construcción deliberada de marca: la campaña Malbec World Day, lanzada en 2010, articuló Estado y sector privado en una de las pocas estrategias de posicionamiento internacional sostenidas de la economía argentina. Hoy el país concentra más del 75% de la producción mundial de esa cepa.

Atraso cambiario y erosión silenciosa (2011-2019)

Con el cepo cambiario y el atraso del tipo de cambio real a partir de 2011-2012, la ventaja competitiva ganada en la poscrisis comenzó a erosionarse, aunque el consumo interno todavía amortiguaba el golpe. Es en esta década cuando se consolida, sin ruido, la tendencia que hoy define al sector: el consumo per cápita pasó de 23,8 litros anuales en 2015 a 16,3 en 2024, combinando la pérdida de poder adquisitivo con un cambio estructural de hábitos de consumo hacia vinos varietales de mayor precio y una competencia creciente de la cerveza entre los consumidores más jóvenes.

La crisis actual: tres frentes que ya no se compensan

Lo distintivo del momento presente no es un factor aislado sino la convergencia simultánea de las tres variables que históricamente se compensaban entre sí: mercado interno, mercado externo y estructura de costos.

Consumo interno en piso histórico. El consumo per cápita tocó en 2023 su nivel más bajo desde que existen registros (1963), con 16,7 litros, y siguió cayendo a 15,7 litros en 2025. En agosto de 2025 la caída interanual llegó al 18,3%, un derrumbe que el Centro de Economía Política Argentina (CEPA) vincula directamente con el ajuste fiscal y la megadevaluación de comienzos de la gestión de Javier Milei, sobre una tendencia estructural descendente que ya venía de antes.

Exportaciones en retroceso. Entre enero y agosto de 2025 las exportaciones cayeron 8,4% interanual, con el vino a granel como segmento más golpeado (-11,9%), un desempeño que CEPA atribuye al atraso cambiario y al encarecimiento relativo de los precios locales en dólares. El año cerró con exportaciones totales 6,8% por debajo de 2024 en volumen.

Importar es más rentable que exportar. El dato más revelador del cuadro actual es el salto de las importaciones de vino, que crecieron 415% en 2024 respecto de 2023 —de 8.923 a 45.971 hectolitros—, mayormente vino a granel proveniente de Chile. Es la inversión completa de la lógica que sostuvo el modelo desde los noventa: un tipo de cambio que vuelve más rentable sustituir producción nacional por importada que colocar el producto argentino afuera.

Colapso de precios al productor primario. En la vendimia 2026 el precio del tacho de uva cayó cerca del 30% interanual, mientras los costos mayoristas acumularon un 276% de aumento desde fines de 2023. En abril de 2026 el precio real percibido por el productor mendocino se ubicó en 273 pesos por litro, un desplome nominal del 18% interanual frente a una inflación del 32,4%. La participación del productor en el precio final de góndola —históricamente 26%— cayó a un 12% histórico. En el Valle de Uco, según un informe de Confederaciones Rurales Argentinas, el costo operativo de mantener una hectárea de viñedo superó los 7 millones de pesos, una cifra inalcanzable para la mayoría de los productores familiares.

Caída física de la cosecha. La vendimia 2026 cerró con 19.908.335 quintales a nivel nacional, un 8% menos que 2025, con derrumbes provinciales dispares: San Rafael retrocedió 48% y General Alvear cerca de 80% en el sur mendocino, las zonas de agricultura familiar más golpeadas por la crisis.

El otro proceso: concentración productiva acelerada

Detrás de la coyuntura opera una tendencia de mediano plazo que la agrava. Entre 2015 y 2024 Mendoza perdió 16.864 hectáreas de vid (-10,6%) y 1.576 viñedos, principalmente de pequeña escala, mientras el tamaño medio del viñedo pasó de 7,3 a 9,8 hectáreas. Hoy el 7,4% de los viñedos más grandes concentra el 44,7% de la superficie total cultivada.

El mismo patrón se repite aguas abajo en la cadena. En el eslabón de fraccionamiento, las grandes fraccionadoras (más de 100 mil hectolitros) eran en 1996 el 4,7% de las unidades y despachaban el 58% del vino; en 2024 son apenas el 3,7% pero concentran el 71% de los despachos, mientras la participación de las pequeñas fraccionadoras cayó de casi 30% a 16% en el mismo período. El recorrido completo, del viñedo a la góndola, muestra el mismo proceso: achicamiento del número de agentes y fortalecimiento de los grandes grupos económicos, con impacto directo en la distribución del ingreso a lo largo de toda la cadena de valor.

Los números en síntesis

Indicador Valor Período
Consumo per cápita de vino 15,7 litros/año (mínimo histórico desde 1963) 2025
Caída interanual del consumo -18,3% ago. 2025
Caída de exportaciones (volumen) -8,4% ene.-ago. 2025
Aumento de importaciones de vino +415% interanual 2024
Caída del precio de la uva (tacho) -30% interanual Vendimia 2026
Aumento acumulado de costos mayoristas +276% desde fines de 2023 2023-2025
Caída de la cosecha nacional -8% (19,9 millones de quintales) Vendimia 2026
Pérdida de superficie de vid en Mendoza -16.864 ha (-10,6%) y -1.576 viñedos 2015-2024
Concentración de superficie 7,4% de viñedos grandes concentra 44,7% del área 2024
Concentración de fraccionamiento 3,7% de fraccionadoras despacha 71% del vino 2024
Participación del productor en precio de góndola Cayó del 26% histórico al 12% 2026

 

Lectura de cierre: la restricción externa vuelve a operar

El arco 1990-2026 permite leer al sector vitivinícola como un espejo de los ciclos de tipo de cambio real de la economía argentina. La reconversión noventista construyó la base tecnológica bajo convertibilidad; el tipo de cambio competitivo posterior a 2002 la monetizó en exportaciones; el atraso cambiario de la última década —agravado por la megadevaluación inicial y la posterior apertura importadora de la actual gestión— deshizo en apenas tres años buena parte de la ventaja construida en dos décadas.

La diferencia con ciclos previos de crisis es que aquí el golpe es doble: cae el mercado externo por atraso cambiario y cae el mercado interno por la caída del ingreso real, sin que ninguno de los dos frentes compense al otro. El propio diagnóstico técnico de CEPA señala la salida posible desde esa misma lógica: un tipo de cambio competitivo, ingresos reales que sostengan la demanda interna, crédito accesible y, en ausencia de una recuperación espontánea de precios, mecanismos estatales de precios de referencia que eviten que la competencia desleal vía importaciones termine de liquidar al eslabón primario.

Es, en definitiva, el mismo dilema estructural que atraviesa buena parte de las economías regionales argentinas: sin coordinación entre tipo de cambio, ingreso interno y política industrial sectorial, ni siquiera la calidad del producto —y la cosecha 2026 fue, en términos técnicos, excepcional— alcanza para sostener la cadena de valor ni el entramado social que la sostiene.

 


Fuentes: Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), Centro de Economía Política Argentina (CEPA) – Informe N.º 533, Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), Asociación de Cooperativas Vitivinícolas Argentinas (ACOVI), Asociación de Viñateros de Mendoza (AVM), Observatorio Vitivinícola Argentino (OVA) y relevamiento de prensa especializada (Los Andes, Infobae, Página/12, Ámbito, MendoVoz, Tiempo Argentino).

 


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