El Súper Niño llega a su pico: ¿Qué le espera a Sudamérica y por qué no hay que entrar en pánico?

El calentamiento del Pacífico es el más intenso que se recuerde y tocará su máximo entre noviembre y enero. En la región va a llover de más en unas zonas y de menos en otras. En la Argentina, el mismo fenómeno que hace crecer los ríos del Litoral alimenta la expectativa de una cosecha récord.

ESPECIAL PARA DATA POLITICA Y ECONOMICA

Hace semanas que el «Súper Niño» ocupa titulares en todo el mundo. Una de las columnas más citadas es la del geofísico británico Bill McGuire, publicada en The Guardian y reproducida en castellano por Sin Permiso, que lo describe como uno de los mayores trastornos climáticos del último milenio. El diagnóstico tiene bases serias, pero está escrito desde Londres, donde los efectos llegan de rebote. Sudamérica está en el centro de la escena, y acá las preguntas son más concretas: dónde va a llover de más, dónde va a faltar agua, quién gana, quién pierde y cuánto tiempo queda para prepararse.

¿Qué está pasando en el Pacífico?

El Niño es un fenómeno natural que se repite cada pocos años. Los vientos que habitualmente empujan el agua tibia del Pacífico hacia Asia se debilitan, esa agua se acumula frente a las costas de Perú y Ecuador, y el cambio desacomoda el régimen de lluvias de medio planeta. Cuando el mar en el centro del Pacífico ecuatorial supera en más de 2 °C su temperatura normal, se habla de un Niño «muy fuerte», el que popularmente se llama súper Niño.

Este año ese umbral quedó atrás hace rato. A mediados de octubre la anomalía rondaba los 3,3 °C, según el instituto de clima de la Universidad de Columbia (IRI), y la Organización Meteorológica Mundial (OMM) prevé que el promedio entre noviembre y enero se ubique cerca de 3,8 °C. Los modelos coinciden en que el fenómeno se mantendrá al menos hasta el otoño de 2027. Frente a Ecuador, el mar ya registra temperaturas que no se vieron ni en el episodio de 1997-1998, que hasta ahora era la referencia de lo peor.

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Récord, pero con matices

¿Es el Niño más fuerte de la historia? Depende de cómo se lo mida. Si se mira solo la temperatura del mar, sí. Si se descuenta que todos los océanos tropicales están hoy más calientes que hace treinta años, como hace la agencia estadounidense NOAA en sus pronósticos oficiales, a principios de octubre los episodios de 1982 y 2015 todavía lo superaban. La diferencia importa porque lo que mueve las lluvias es el contraste entre el Pacífico y el resto del trópico, no la temperatura absoluta. Un número más alto no equivale automáticamente a más daños, algo que el propio McGuire reconoce en su columna.

Donde hay pocas dudas es en el efecto sobre la temperatura del planeta. El servicio meteorológico británico estima que 2027 muy probablemente supere a 2024 como el año más caluroso del registro, porque el océano libera buena parte de ese calor en los meses posteriores al pico. Conviene no mezclar planos: El Niño existió siempre; lo nuevo es que ahora ocurre sobre un planeta más caliente, y su calor se suma al del cambio climático.

McGuire también cita 5,7 billones de dólares en pérdidas globales por el Niño de 1997-1998. La cifra sale de un estudio publicado en la revista Science en 2023 y estima el crecimiento que los países dejaron de tener en los años siguientes, sobre todo los tropicales y más pobres. Sirve como orden de magnitud, no como factura.


El Niño no reparte el daño de manera pareja: concentra la lluvia en unas cuencas y se la quita a otras.


Sudamérica: agua de más y agua de menos

El patrón regional es conocido y este año se repite. Llueve de más en la costa de Ecuador y el norte de Perú, y en el sudeste del continente: Litoral argentino, sur de Brasil, Uruguay y Paraguay. Falta agua en la Amazonia, el norte de Brasil, Colombia y el altiplano.

En Perú, el organismo oficial que sigue el fenómeno (ENFEN) estimaba a fines de agosto en un 70% la probabilidad de un evento «extraordinario» frente a sus costas, con lluvias fuertes en el norte desde noviembre. La anchoveta, base de la industria pesquera, se aleja y se hunde, lo que complica la pesca. Al mismo tiempo, en la sierra llueve menos.

Brasil vive las dos caras a la vez. Rio Grande do Sul ya sufrió inundaciones en julio, mientras los organismos oficiales anticipan sequía en la Amazonia y el Nordeste para el verano y el otoño de 2027. La sequía amazónica récord de 2023, con un Niño más débil, dejó ríos sin navegación y comunidades aisladas.

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Colombia muestra cómo el clima expone debilidades previas. Cerca del 70% de su electricidad sale de represas, y el operador del sistema advirtió que la red estará bajo presión entre diciembre y abril. El gobierno declaró el desastre nacional en julio. El racionamiento no está confirmado, pero pesa el antecedente de 1992, con más de un año de cortes de luz. En Paraguay, la crecida del Paraná obligó a evacuar a más de 1.200 personas en Ciudad del Este a mediados de octubre.

Argentina: la misma lluvia, dos balances

El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) anticipó una primavera más lluviosa de lo normal en el norte del Litoral, el oeste de Cuyo, La Pampa, el sudoeste bonaerense y el noreste patagónico. No es una sorpresa: cinco de las diez primaveras más lluviosas del país ocurrieron con El Niño.

El agua ya está en los ríos, y el director del SMN, Pedro Di Nezio, advirtió que lo más complicado podría venir después: las crecidas del Paraná y el Uruguay podrían agravarse entre enero y abril de 2027.

La otra cara está en el campo. Los años Niño suelen ser buenos para la soja y el maíz. Un trabajo de Juan Manuel Garzón y Valentino Costamagna encontró que, en esas campañas, el rinde del maíz fue 10,3% superior al histórico y el de la soja, 10,8%. Llevado a la escala actual, serían unas 11 millones de toneladas más y cerca de 4.000 millones de dólares adicionales. La Bolsa de Cereales de Buenos Aires ya proyecta una cosecha récord de 157,9 millones de toneladas.

Pero el promedio esconde diferencias. El exceso de agua que mejora los rindes en la zona núcleo anega campos en los bajos, demora siembras, complica la logística y favorece enfermedades: en 2023/24, también con El Niño, la chicharrita golpeó al maíz. Las economías regionales del Litoral, la ganadería de islas y la producción cercana a los ríos quedan del lado de las pérdidas. Y hay un dato político: si las proyecciones se cumplen, los dólares de la cosecha entrarán con fuerza desde el segundo trimestre de 2027, en plena campaña presidencial.

Las ciudades de la Mesopotamia: el riesgo está en las orillas. 

En Corrientes, Entre Ríos y Misiones el problema urbano tiene nombre y dirección: los barrios costeros, muchos de ellos asentamientos que crecieron sobre el valle de inundación en los años en que el río estuvo bajo. Allí la crecida no llega como sorpresa sino como una subida lenta que se mide en centímetros por día y que obliga a dejar la casa cuando el agua toca el umbral.

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El balance de las últimas semanas lo muestra. Según el monitoreo de la Organización Panamericana de la Salud del 22 de octubre, en Corrientes había más de 1.000 personas afectadas, la mitad en centros oficiales; en Itatí se evacuó a más de 400 vecinos, y en Paso de la Patria la rotura de un terraplén la noche del 19 inundó tres barrios. Sobre el río Uruguay, Concordia, Colón, Concepción del Uruguay y Gualeguaychú estuvieron en alerta a mediados de mes; en Concordia el río superó el nivel de alerta y el municipio hizo evacuaciones preventivas, mientras Paso de los Libres llegó a cota de evacuación en el puerto. En Misiones, el agua avanzó sobre la costanera de Puerto Piray. Y en la isla Ibirapitá, cerca de Bella Vista, dos trabajadores rurales murieron mientras trasladaban hacienda.

Para las ciudades hay dos riesgos distintos que conviene no confundir. Uno es el río que sube, que da tiempo de aviso y se enfrenta con defensas, cotas de evacuación y relocalización. El otro es la tormenta local intensa sobre una ciudad cuyo desagüe pluvial descarga en un río que ya está alto: el agua de lluvia no tiene adónde ir y anega barrios que no están sobre la costa. Esa combinación, más que la crecida aislada, es la que suele desbordar la capacidad de respuesta de los municipios en un verano Niño.

Buenos Aires: el Salado, las Encadenadas y el conurbano

En territorio bonaerense el punto de partida es desfavorable: los suelos llegan con poca capacidad para absorber más agua. El geólogo Federico Isla, del CONICET, recordó que 2026 ya acumuló sudestadas en el verano, una ciclogénesis en mayo y una tormenta fuerte en septiembre. Con napas altas, cada lluvia importante escurre en lugar de infiltrarse y busca los bajos.

La cuenca del Salado es el corazón del problema. Abarca unos 17 millones de hectáreas, algo más de la mitad de la provincia, con una pendiente casi nula que hace que el agua se mueva despacio y permanezca semanas sobre campos, caminos y cascos urbanos. Sus grandes inundaciones son parte de la memoria productiva bonaerense, y en el noroeste Junín todavía registra las de 1993 y 2017; en abril de ese último año llovieron 365 milímetros sobre el partido. Ese sistema ya opera en modo preventivo: se abrió la cuarta compuerta de la laguna Mar Chiquita para facilitar el desagote. El 22 de octubre, el ministro de Desarrollo Agrario, Javier Rodríguez, encabezó el Comité de Cuenca con intendentes de la subregión noroeste. Los ejes acordados fueron limpieza de canales, mantenimiento de caminos rurales y continuidad de las obras del Plan Maestro, en particular la etapa 5 y el nodo Bragado.

Las lagunas Encadenadas del Oeste —Alsina, Cochicó, Del Monte, Del Venado y Epecuén, en Guaminí y Adolfo Alsina— son el caso más delicado, porque es una cuenca cerrada: el agua que entra solo sale por evaporación o por las obras que la derivan. Epecuén es el recordatorio permanente de lo que eso significa: la villa turística quedó bajo el agua en 1985 tras una sucesión de años húmedos. El sistema pasa de la sequía al exceso en semanas. En marzo de 2025, lluvias de más de 300 milímetros elevaron las lagunas entre 40 centímetros y casi 2 metros en pocos días, inundaron calles de Guaminí y dejaron a Alsina y Epecuén por encima de sus cotas objetivo. Para entonces se estimó que Epecuén tardaría unos cinco años en bajar por evaporación. El SMN anticipa para el sudoeste bonaerense lluvias superiores a lo normal, de modo que el sistema enfrenta este Niño con poco margen. Las herramientas existen —compuertas entre lagunas, el Partidor de Piñeyro y el canal aliviador que deriva excedentes hacia el Vallimanca y, por esa vía, al Salado—, pero tienen una consecuencia: el agua que se saca del oeste termina sumándose a la cuenca que ya está saturada.

El conurbano y La Plata enfrentan un riesgo de otra naturaleza. Ahí lo decisivo son las tormentas concentradas en pocas horas sobre arroyos entubados y desagües pensados para otra ciudad. El meteorólogo Alejandro Godoy, de la Universidad Nacional de La Plata, recuerda que la inundación del 2 de abril de 2013 ocurrió con el Pacífico en condiciones neutrales. El dato sirve para ordenar la discusión: El Niño aumenta la frecuencia de lluvias fuertes, pero la vulnerabilidad urbana ya estaba. Limpiar sumideros, mantener arroyos y tener planes de contingencia, la recomendación que repiten los especialistas, cuesta poco comparado con lo que se pierde en una sola noche de agua.

Lo que el océano no decide

Un Niño de esta magnitud no es el fin del mundo ni un regalo. Es un reparto desigual del agua sobre un continente que llega con distintos niveles de preparación. Lo que separa un año difícil de un desastre son las alertas tempranas, las defensas costeras y los desagües en condiciones, las reservas de energía y la capacidad de los Estados de sacar a la gente de las zonas inundables antes de que suba el río.

En la Argentina, además, el reparto tiene una asimetría. La ganancia de la cosecha se concentra en la producción pampeana y en las arcas nacionales; el costo de las inundaciones lo pagan provincias y municipios del Litoral y del interior bonaerense, que dependen de fondos nacionales para hacer obras hídricas. Con el pico previsto entre noviembre y enero y las peores crecidas proyectadas para el verano, el tiempo para corregir esa diferencia se mide en semanas.

 

 


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