Vladimir y Estragon esperan al costado del camino. No saben bien quién es Godot, no saben si vendrá, ni siquiera saben si ya lo esperaban ayer. Lo único cierto es la espera misma, convertida en la única forma de acción posible. Beckett nunca explicó quién era Godot ni qué traería consigo. Esa indefinición es el punto, la obra no habla de la llegada de nadie, habla de lo que le hace la espera a quienes esperan.
La Argentina de Javier Milei vive hace más de dos años y medio dentro de esa misma estructura dramática. Hay un ajuste que ya ocurrió, verificable en cifras, y hay una promesa formulada siempre en tiempo futuro, que no se vislumbra. El propio gobierno reconoce el estancamiento sin nombrarlo como tal, lo administra con otro vocabulario y lo posterga. La recuperación llegará en el semestre que viene. Siempre el semestre que viene.
El texto y la escena
En la pieza de Beckett hay un detalle que suele pasar inadvertido: Vladimir y Estragon consideran, en más de una ocasión, irse. Pero no se van. Godot es la razón que encuentran para quedarse quietos, para no actuar, para tolerar lo intolerable un día más porque mañana puede ser distinto. La espera no es pasividad inocente, es una forma de disciplinamiento. Mientras se espera, no se protesta con la misma intensidad, no se reclama con la misma urgencia, no se piensa en alternativas con la misma libertad. Godot cumple una función incluso sin aparecer nunca, ordena el tiempo de los que esperan y legitima su inacción.
Es la misma función que cumple, en el relato oficial del gobierno libertario, «el segundo semestre», «los brotes verdes», «la lluvia de inversiones», «el círculo virtuoso», «los proximos dieciocho meses», que siguen al ajuste. No importa que el plazo se corra una y otra vez. Lo que importa es que el relato siga funcionando como horizonte, porque mientras exista horizonte, pueden justificar que el ajuste tiene sentido y el sacrificio tiene destino.
Los números del ajuste que sí llegó
Godot todavía no llegó, pero el frío del camino sí. El riesgo país argentino subió 18% en agosto y cerró la semana en 511 puntos, el nivel más alto desde junio según el índice que elabora JP Morgan. La consultora Econviews describió el cuadro sin eufemismos: el consumo masivo cae, la construcción, la industria y el comercio están aletargados, y los sectores que sí crecen —minería, agro y energía— representan apenas el 13% del producto, una porción insuficiente para traccionar el conjunto de la economía.
Los datos sectoriales confirman el diagnóstico. La producción automotriz cayó 5,4% mensual en julio y acumula una baja de 12,6% en dos meses, mientras los patentamientos de autos informados por Acara se desplomaron 17,7% mensual y 30% interanual. La inflación de julio, con un 2,1% mensual y 33,8% interanual, cortó la desaceleración que venía sosteniendo el relato de las expectativas.
El costado social del ajuste tiene nombre y apellido en las cifras que expuso Hugo Godoy, secretario general de la CTA Autónoma: 340.000 puestos de trabajo formales destruidos y cerca de 30.000 empresas cerradas desde el inicio de la gestión libertaria. La contracara de esa pérdida de ingreso es el endeudamiento: casi seis millones de personas acumulan deuda para llegar a fin de mes, según las centrales obreras, tomada no para invertir ni para comprar bienes durables sino para comer, pagar alquiler y comprar remedios, a tasas que en bancos y billeteras virtuales superan ampliamente la inflación. Cristian Jerónimo, del triunvirato cegetista, lo resumió sin vueltas, cuando la deuda se contrae para poder comer, es un problema social, no una estadística de bancarización.
Nadie cree que Godot va a venir
El dato más beckettiano de la obra no es la ausencia de Godot, es que, en el fondo, ni Vladimir ni Estragon creen realmente que vaya a llegar. Y sin embargo esperan, porque no tienen otro libreto.
Algo parecido ocurre con el discurso oficial del ajuste, que empieza a mostrar grietas propias. El ministro Luis Caputo admitió la necesidad de reactivar la economía cuando flexibilizó la norma que regula los préstamos en dólares, y el titular del Banco Central, Santiago Bausili, aceptó que la actividad crece menos de lo esperado. El diagnóstico oficial no niega el estancamiento, lo posterga, tal como Beckett hace postergar cada acto a un mañana que la obra nunca representa.
El propio sistema financiero, que el gobierno dice cortejar, empezó a leer la obra de otra manera. El aumento del riesgo país no es una anomalía de los inversores, es la lectura que el mercado hace de un rumbo que, camino a las elecciones de octubre de 2027, todavía no encontró la manera de traducir el ajuste en crecimiento. Ni siquiera los que deberían tener fe en el rumbo, ya la tienen ya del todo.
El final que no llega
En «Esperando a Godot» hay una acotación que se repite al cierre de cada acto: «No se mueven.» Después de dos años y medio de ajuste, de riesgo país en alza, de fábricas cerradas y familias que se endeudan para comer, la escena argentina repite esa misma acotación. El diagnóstico está hecho, incluso por funcionarios del propio gobierno. La promesa sigue en pie, trasladada una y otra vez al semestre próximo.
Y como en la obra, la pregunta no es cuándo va a llegar Godot. La pregunta es cuánto tiempo más se puede sostener una espera cuyo desenlace, todos lo saben, no entra en la escena y probablemente no va a entrar nunca.
AM
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