
Durante meses, la atención internacional se ha concentrado en los ataques militares, los misiles y el control del estrecho de Ormuz. Sin embargo, el conflicto entre Estados Unidos e Irán parece estar entrando ahora en una etapa diferente. La Casa Blanca prepara un paquete de medidas que el secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha calificado como «las sanciones más duras de la historia», con la intención de llevar la presión económica a un nivel sin precedentes.
La novedad no reside únicamente en el endurecimiento de las sanciones contra Irán. Lo verdaderamente relevante es que Washington pretende ampliar el alcance de esa presión a terceros países y empresas que continúen comerciando con el régimen iraní. Es la lógica de las llamadas sanciones secundarias, una herramienta que traslada el conflicto desde el campo militar al financiero y obliga a gobiernos y compañías de todo el mundo a elegir entre mantener negocios con Irán o conservar el acceso al mercado y al sistema financiero estadounidense.
La economía se convierte en el nuevo frente
La estrategia responde también a una realidad evidente. Después de meses de enfrentamiento, el margen para una escalada militar directa resulta cada vez más limitado y costoso. En ese contexto, la Administración estadounidense busca aumentar el aislamiento económico de Irán sin abrir un nuevo frente bélico de gran intensidad.
Las sanciones secundarias pueden afectar a países y empresas que continúen haciendo negocios con Irán, incluso si no son estadounidenses.
Esta forma de presión no es nueva, pero sí lo es la dimensión que podría alcanzar. Las sanciones no solo pretenden reducir los ingresos iraníes por petróleo, sino dificultar cualquier operación financiera, logística o comercial que contribuya a mantener esos flujos de ingresos. Desde comienzos de año, Washington ha ampliado progresivamente las restricciones sobre la denominada «flota en la sombra» utilizada para exportar crudo y sobre redes financieras vinculadas al régimen. El verdadero dilema está fuera de Irán
La cuestión más delicada quizá no afecte directamente a Teherán, sino a sus socios comerciales.
China continúa siendo uno de los principales compradores de petróleo iraní y otros países mantienen diferentes vínculos comerciales o financieros con el régimen. Si Estados Unidos aplica con toda su intensidad las sanciones secundarias, esos actores deberán valorar hasta qué punto están dispuestos a asumir el coste de desafiar a Washington. Ese escenario introduce un elemento adicional de incertidumbre en una economía mundial que ya afronta tensiones comerciales, elevados niveles de deuda y un mercado energético especialmente sensible a cualquier alteración en Oriente Próximo.
Europa también puede pagar la factura
Aunque la confrontación se desarrolla a miles de kilómetros, Europa difícilmente permanecerá al margen.
Cualquier perturbación sobre las exportaciones de petróleo del golfo Pérsico o sobre el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz tiene capacidad para trasladarse rápidamente a los precios internacionales de la energía. Si el petróleo vuelve a encarecerse de forma sostenida, el efecto puede llegar a los costes del transporte, la producción industrial y, finalmente, a la inflación.
Para economías importadoras de energía como la española, esa evolución tendría consecuencias directas sobre empresas, familias y política monetaria.
Una nueva forma de hacer la guerra
Más allá del caso iraní, el episodio refleja una transformación más profunda. En un mundo cada vez más interdependiente, las grandes potencias recurren con mayor frecuencia a instrumentos financieros, comerciales y tecnológicos para alcanzar objetivos estratégicos. Las sanciones, el acceso al dólar, las restricciones tecnológicas o el control de las cadenas de suministro se han convertido en herramientas de influencia comparables, en algunos casos, al uso de la fuerza militar.
La guerra ya no se libra únicamente con ejércitos. También se disputa en los mercados, en los bancos, en los puertos y en las rutas comerciales. Y esa dimensión económica, mucho menos visible que los combates, puede terminar teniendo consecuencias tan profundas como las que se producen sobre el terreno.
*Analista de la actualidad política y económica. También escribe en la edición de Opinión.
