El dirigente porteño analiza en diálogo con DATA los veinte años de gestión PRO en la Ciudad, plantea un vecinalismo con anclaje metropolitano y sostiene que la alternativa debe construirse desde las comunas y la coordinación con el AMBA, no desde la discusión nacional.
A veinte años de la primera gestión de Mauricio Macri al frente de la Ciudad de Buenos Aires, el debate porteño vuelve a girar en torno a una pregunta que la oposición todavía no termina de responder: ¿qué proyecto de Ciudad viene después del PRO?
Nico Descalzo, referente del espacio opositor con fuerte trabajo territorial, sostiene que el desgaste del oficialismo no alcanza como programa y propone recuperar una idea de vecinalismo que combine descentralización comunal con coordinación metropolitana. En esta entrevista con DATA, repasa los límites de la gestión PRO, discute el lugar de las comunas y explica por qué, para él, la General Paz “no puede seguir funcionando como frontera mental” para planificar la región.
— ¿Cuál es tu crítica principal al PRO después de veinte años de gobierno?
Creo que hay un agotamiento evidente de su proyecto para Buenos Aires. El PRO llegó en 2007 con una identidad muy vinculada a la gestión cotidiana: el espacio público, las veredas, las plazas, el tránsito, las obras, el funcionamiento de la Ciudad. Uno podía compartir o no esa mirada, pero había una idea bastante clara de lo que querían representar.
Pero, además, veo que después de veinte años, incluso aquella lógica inicial perdió fuerza. Hoy la gestión parece necesitar cada vez más construir adversarios, marcar fronteras y discutir quién pertenece, quién viene de afuera o quién debería acceder a determinados servicios.
Y mientras esa conversación ocupa el centro, quedan sin resolver problemas estructurales como la vivienda, el transporte, las enormes diferencias entre barrios, la postergación del sur, las comunas que nunca terminaron de desarrollarse o algo tan elemental como la limpieza.
Mi discusión no pasa por decir que durante veinte años no hicieron nada. Eso sería poco serio. Mi discusión es que veinte años después Buenos Aires necesita otro proyecto y otra forma de pensar su futuro.
— ¿Entonces tu planteo es simplemente terminar con el ciclo del PRO?
No. Si desde la oposición nos organizamos alrededor de la idea de terminar con el PRO —solamente—, probablemente no alcance. Una alternativa tiene que ser capaz de explicar qué quiere hacer al día siguiente.
Ese es uno de los problemas que tenemos que asumir quienes estamos del otro lado. No alcanza con señalar el desgaste de un gobierno de veinte años. Tenemos que construir una propuesta propia, reconocible y profundamente vinculada con la vida de Buenos Aires.
Y creo que esa alternativa tiene que nacer con mucho arraigo, desde lo local. No podemos pretender discutir la Ciudad solamente reproduciendo debates nacionales dentro de sus límites. Buenos Aires tiene problemas, identidades, desigualdades y dinámicas propias. Una alternativa se construye caminando la Ciudad, escuchándola y entendiendo sus diferencias.
— ¿Qué significa concretamente construir una alternativa con arraigo local?
Significa que la Ciudad deje de ser únicamente un escenario de las discusiones nacionales. Muchas veces hablamos de Buenos Aires como si solamente fuera la capital del país. Pero antes que eso es el lugar donde viven más de tres millones de personas y donde cada barrio tiene problemas muy concretos.
Hay vecinos que esperan hace años una obra hidráulica. Otros viven lejos del subte. Hay personas que no consiguen alquilar cerca de donde trabajan. Hay barrios enteros donde el espacio público está deteriorado y otros donde la inversión es mucho mayor.
La construcción de una alternativa local empieza por recuperar una forma de representación. Sobre todo en un momento en el que la dirigencia y el Estado tienen dificultades para dar respuestas y en el que, además, la relación con la gente está cada vez más deteriorada.
Después hay que conectar esas demandas con una visión general. Porque tampoco creo en una Ciudad convertida en cuarenta y ocho pequeñas islas.
— ¿Eso es lo que entendés por vecinalismo?
Sí, pero con una aclaración importante. Para mí el vecinalismo no significa encerrarse en el barrio ni reducir los grandes debates a una vereda rota. Es exactamente lo contrario. Significa devolverles una dimensión concreta.
El cambio climático es un fenómeno global, pero una inundación ocurre en una calle determinada. La crisis habitacional atraviesa muchas ciudades del mundo, pero una familia concreta tiene que pagar un alquiler en Flores, Palermo o Lugano. Podemos discutir durante horas sobre productividad y empleo, pero después alguien tarda dos horas para llegar a su trabajo porque vive lejos y el transporte está mal conectado.
Lo local no achica los grandes problemas, los vuelve visibles.

“Lo local no achica los grandes problemas, los vuelve visibles.”
— ¿No existe el riesgo de construir una agenda demasiado pequeña?
Existe si uno confunde cercanía con pequeñez. Yo creo exactamente lo contrario. Los grandes proyectos de ciudad empiezan entendiendo cómo vive la gente.
Una línea de subte es una obra gigantesca, pero cambia algo muy cotidiano: cuánto tarda una persona en llegar a estudiar o trabajar. Una política habitacional puede involucrar miles de millones de pesos, planificación urbana y regulación del suelo, pero termina definiendo algo tan elemental como si alguien puede seguir viviendo en su barrio.
La discusión de escala es fundamental. Hay cosas que debe resolver una comuna, otras necesitan al Gobierno de la Ciudad. Otras necesitan coordinación metropolitana y otras incluso acuerdos nacionales.
— ¿Qué lugar tienen las comunas en esa idea?
Un lugar mucho más importante del que tienen hoy. Las comunas fueron pensadas para acercar decisiones a los barrios, pero la descentralización quedó incompleta. Tenemos instituciones comunales, pero muchas veces las herramientas reales, los recursos y las capacidades siguen excesivamente concentradas.
Eso termina produciendo una paradoja, porque tenemos una estructura descentralizada en los papeles pero un funcionamiento muy centralizado en la práctica.
Creo que hay que recuperar la idea original. Una comuna debería tener capacidad efectiva para resolver problemas de proximidad, ordenar prioridades barriales y permitir que los vecinos tengan más incidencia sobre aquello que ocurre a pocas cuadras de su casa. No tiene sentido que todas las decisiones de una ciudad de tres millones de habitantes terminen dependiendo de las mismas oficinas centrales.
— ¿Eso implica diluir la identidad porteña dentro del AMBA?
Para nada. Reconocer una realidad metropolitana no significa borrar identidades ni límites institucionales.
Significa aceptar cómo funciona la vida cotidiana. Hay personas que viven en Avellaneda y trabajan en Microcentro. O que viven en la Ciudad y estudian en San Martín. Colectivos y trenes atraviesan jurisdicciones. Las cuencas no respetan límites administrativos. El mercado laboral tampoco.
Entonces tenemos una integración social y económica enorme, pero una capacidad institucional de coordinación mucho menor. La General Paz existe como límite administrativo. No puede seguir funcionando como frontera mental para planificar.

“La General Paz existe como límite administrativo. No puede seguir funcionando como frontera mental para planificar.”
— ¿Qué debería gestionarse metropolitanamente?
Hay algunas áreas muy claras. El transporte es probablemente la primera. Necesitamos una mirada integrada sobre trenes, colectivos, subtes y combinaciones. Una persona no debería tener que entender qué jurisdicción administra cada medio para poder moverse razonablemente.
Después están las cuencas, el manejo de residuos, determinadas infraestructuras, la planificación de grandes corredores y algunas discusiones de vivienda y suelo.
Esto mismo puede empezar con organismos de coordinación, información compartida, planificación conjunta y objetivos concretos. Pero pocas veces existe la voluntad política que requiere el trabajo entre 40 municipios y la Ciudad de Buenos Aires.
— Entonces proponés descentralizar dentro de la Ciudad y coordinar hacia afuera.
Exactamente, no hay contradicción. Creo en una Ciudad más descentralizada hacia sus barrios y, al mismo tiempo, mucho más integrada con su región metropolitana.
Porque son escalas diferentes. Una vereda puede resolverla una comuna, una avenida estructural requiere al Gobierno de la Ciudad. Una línea de transporte que atraviesa varias jurisdicciones necesita coordinación metropolitana. Una cuenca como el Riachuelo exige todavía más cooperación.
— ¿En qué te diferenciás de la mirada que hoy propone el PRO para la Ciudad?
En algo bastante profundo. No creo que Buenos Aires tenga que construir su identidad marcando permanentemente quién es de acá y quién viene de afuera. Tampoco creo que el futuro de la Ciudad pueda construirse a partir de una lógica de frontera.
Buenos Aires históricamente creció gracias al intercambio, las universidades, los trabajadores que entran todos los días, las migraciones, la cultura, la producción y su relación permanente con el resto del país.
Eso no significa que la Ciudad no deba defender sus recursos ni ordenar sus servicios. Claro que debe hacerlo. Pero una cosa es administrar con responsabilidad y otra es convertir la diferenciación en una identidad de gobierno. No comparto esa mirada.
Creo en una Ciudad segura, ordenada y capaz de cuidar sus recursos, pero también abierta, integrada y consciente del lugar que ocupa dentro de una metrópolis y dentro del país.
— ¿La oposición tiene hoy un proyecto alternativo?
Creo que todavía tenemos que construirlo. Y me parece importante decirlo. Ser oposición no puede consistir solamente en esperar que el oficialismo se desgaste.
Después de veinte años de un mismo espacio gobernando, la responsabilidad de quienes queremos otra Ciudad es demostrar que existe una alternativa seria, preparada y territorialmente arraigada.
Para mí eso requiere recuperar la conversación con los barrios, fortalecer equipos técnicos, construir propuestas concretas y dejar de pensar que todas las respuestas porteñas pueden importarse de las discusiones nacionales. Hay que construir una identidad propia para Buenos Aires desde la oposición.
La entrevista deja planteado un dilema que excede a Descalzo y que atraviesa a buena parte de la oposición porteña: construir una alternativa de gobierno para la Ciudad exige algo más que capitalizar el desgaste de veinte años de gestión del PRO. Requiere, en sus propios términos, una identidad propia, pensada con los vecinos, local en su origen, metropolitana en su alcance, capaz de disputar sentido allí donde hoy el oficialismo instaló un relato para pocos.
DATA Política y Económica ·
