Rodrigo Zarazaga «Una burguesia que se beneficia de privilegios y bloquean el desarrollo»

La Universidad de St. Gallen presentó el capítulo argentino de la Elite Quality Index.   El ranking suizo ubica al país en el puesto 104 entre 151 economías. En el auditorio estaban COPAL, la Cámara de la Construcción, J.P. Morgan, la Asociación de Bancos, Clarín y La Nación. Escucharon que las instituciones argentinas son el reflejo de una coalición que vive de privilegios, y ninguno se dio por aludido.  

EDITORIAL . DATA Política y Económica  


Argentina ocupa el puesto 104 entre 151 países en el Elite Quality Index que elabora la Universidad de St. Gallen, un índice que intenta medir cuánto valor crean las dirigencias de cada nación y cuánto capturan de lo que producen otros. Chile figura 37, Perú 50, Egipto 95. El capítulo argentino se presentó esta semana en el auditorio del Malba, organizado por la Fundación SMS con respaldo de la Embajada de Suiza y auspicio de Clarín y La Nación. En las butacas estaba, casi completo, el directorio de la economía argentina. Daniel Funes de Rioja por COPAL, Gustavo Weiss por la Cámara Argentina de la Construcción, Facundo Gómez Minujín por J.P. Morgan, Claudio Cesario por la Asociación de Bancos, los accionistas y directivos del Grupo Clarín y de La Nación, entre otros.  Del lado político, María Eugenia Vidal, Bartolomé Abdala y Francisco Cabrera.

Científicos, politólogos y diplomáticos participaron de un debate para el desarrollo argentino - LA NACION

Ante ese auditorio, el sacerdote jesuita Rodrigo Zarazaga, rector del Centro de Investigación y Acción Social, sostuvo que las instituciones argentinas son el reflejo de una coalición extractivista que se beneficia de privilegios y de reglas de juego que bloquean el desarrollo. Fue el orador más aplaudido de la jornada. Algo hay que decir sobre una clase dirigente capaz de ovacionar su propio diagnóstico sin reconocerse en él.


Si la élite no es capaz de proponerle un futuro a los jovenes del conurbano, no tenemos posibilidad de desarrollo alguno. Rodrigo Zaragoza -CIAS


 

Zarazaga puso números a la advertencia. La mitad de los jóvenes en situación de vulnerabilidad ya no ve en el estudio ni en el trabajo un camino de integración. Matías es el nombre que le dio a ese pibe de barrio popular al que la estructura argentina no le ofrece ningún destino. La denuncia fue pareja y por eso incomodó a todos por igual, porque cargó tanto contra las elites empresariales que sólo piden bajar impuestos como contra las religiosas que sólo piden planes sociales.

El problema aparece en el paso siguiente. Zarazaga propuso construir una «coalición de los buenos», un contrapoder de elites generadoras de valor dispuestas a meterse en el barro de la política. La fórmula traslada al terreno del carácter algo que pertenece al terreno de la estructura. Si el extractivismo dependiera de la calidad moral de quienes ocupan las posiciones y no de las posiciones mismas, cada uno de los presentes podía aplaudir tranquilo, porque los extractivos son siempre los otros. Esa fue la función del aplauso.

El índice arrastra además un problema de calibración que conviene señalar. Perú aparece cincuenta y cuatro escalones por encima de la Argentina en calidad de sus elites. Perú tiene cerca del setenta por ciento de su población ocupada en la informalidad, atravesó seis presidentes en seis años y arrastra una pobreza estructural mayor a la argentina. Cuando un instrumento arroja ese resultado, la pregunta ya no es qué le pasa a la Argentina sino qué está midiendo el instrumento. Mide previsibilidad regulatoria y facilidad de acceso para el capital externo. Son atributos legítimos y no equivalen a la capacidad de generar valor agregado dentro de las fronteras.

El profesor Thomas Casas Klett, responsable del estudio, comparó el declive argentino con el ascenso coreano y lo atribuyó a la cohesión de aquella elite y a su intolerancia frente a la inflación, que allá se entiende como una transferencia de riqueza de los pobres hacia los ricos. La observación es correcta y la omisión es central. Corea no ascendió por virtud moral. Ascendió con un Estado que dirigió el crédito hacia los sectores que eligió, con protección arancelaria sostenida durante décadas, control de los movimientos de capital, tipo de cambio administrado y subsidios a los grandes conglomerados atados a metas de exportación que se verificaban una por una. Todo aquello que el auditorio del Malba considera anacrónico.

Conviene anticipar la objeción, porque es la que va a circular en los próximos días. Se dirá que el ejemplo coreano ya no aplica, que el mundo cambió, que aquellas herramientas hoy son inviables y que el reclamo de institucionalidad no tiene color político. La objeción tiene una debilidad de origen. Quienes la formulan no piden neutralidad institucional en general. Piden estabilidad fiscal por treinta años para las inversiones en recursos naturales, acceso preferencial a divisas para los sectores que exportan y previsibilidad cambiaria para las colocaciones financieras. Eso también es intervención estatal, dirigida y escrita en la ley. La discusión nunca fue entre Estado y mercado sino sobre a favor de quién interviene el Estado.

De ahí que el inventario de rentas del índice quede tan corto. Las dos fuentes de apropiación de excedente más concentradas de la Argentina de 2026 son la valorización financiera, ese ciclo de colocación en pesos con salida asegurada en dólares que en cada vuelta traslada ingresos del trabajo al capital líquido, y la renta de los recursos naturales, hoy blindada por un régimen que garantiza condiciones fiscales y cambiarias durante tres décadas. Las dos estaban representadas en el auditorio. Ninguna de las dos entró en la exposición.

Hay una explicación del atraso argentino que no necesita apelar a la moral de nadie y que lleva medio siglo formulada. La economía funciona con dos motores de productividad muy distinta. Uno produce divisas a costos internacionales inmejorables sobre una renta que la naturaleza regaló. El otro genera el empleo, el conocimiento incorporado y el valor agregado, pero necesita un tipo de cambio más alto para sostenerse en pie. Cada vez que el país crece, la industria demanda importaciones que el agro no alcanza a financiar, agravado en las ultimas decadas por los pagos de la deuda externa, los dólares son cada vez mas escasos, se devalúa, se ajusta el gasto, caen los salarios reales y el ciclo vuelve a empezar pero desde un piso más abajo.

Las instituciones no anteceden a esa disputa. La expresan y la administran. Lo que decide el rumbo no es la virtud de la dirigencia sino su capacidad de sostener un proyecto propio por encima del beneficio inmediato, algo que la Argentina tuvo por tramos y perdió en cada giro del péndulo.

La jornada dejó de todos modos material que la agenda productiva puede usar. Casas Klett afirmó que cuanto más rico es un país, más pequeñas y medianas industrias tiene. Lo dijo mientras la producción manufacturera acumula meses de caída interanual y la apertura importadora desplaza proveedores locales de las cadenas de valor. La bioquímica del Conicet Raquel Chan, responsable del desarrollo del trigo y la soja HB4 resistentes a la sequía, advirtió que el país está perdiendo veinticinco años de inversión en la formación de científicos que hoy se van por sueldos que no cubren un alquiler, y contrastó el 5 por ciento del PBI que destinan a ciencia Israel y Corea con el 0,14 por ciento al que retrocedió la Argentina. «Corregir no es destruir», dijo. Fue la síntesis política más precisa que se escuchó en toda la tarde.

Rafael Grossi aportó la imagen más citada de la jornada. El país tiene islas de excelencia en lo nuclear, lo espacial, lo biotecnológico y la agroindustria, y exporta reactores a Australia desde el Instituto Balseiro. Se preguntó por qué esas islas nunca terminaron de formar un continente. La respuesta está en la propia lista que enumeró. La CNEA, el Balseiro, INVAP, el Conicet y el INTA son construcción estatal deliberada, sostenida durante décadas con presupuesto público y decisión política. Ninguna nació del mercado ni de la iniciativa de las cámaras sentadas en el Malba. No llegaron a formar un continente porque cada ciclo de apertura y ajuste las desfinanció antes de que pudieran encadenarse con el resto del tejido productivo. El 0,14 por ciento que denunció Chan es la fotografía de la fase actual de ese ciclo.

Grossi propuso también un «agreement on fundamentals», un acuerdo sobre lo fundamental, como rasgo común de los países que lograron desarrollarse. En el calendario que va hacia 2027 la fórmula tiene un contenido bien concreto. Un acuerdo sobre lo fundamental es, antes que nada, una decisión sobre qué se discute y qué no. La composición de la mesa permite anticipar el reparto. Se hablará de calidad institucional, de previsibilidad, de presión tributaria enunciada en abstracto y de narrativa compartida. Quedarán afuera el tipo de cambio, la apropiación de la renta extraordinaria, el régimen de propiedad de los recursos estratégicos y la participación de los salarios en el ingreso nacional.

El anfitrión de la jornada, Pablo San Martín, cerró con un señalamiento que nadie se atrevió a discutir. El sistema tributario argentino es regresivo, descansa sobre el consumo, castiga a los más pobres y genera un área de confort para la extracción de rentas. La crítica es correcta pero las cámaras presentes no la convierten en agenda, porque su presión efectiva apunta a eliminar las retenciones y  disminuir los impuestos a los Bienes Personales o a las ganancias, nunca al IVA que se carga sobre los consumos basicos de los hogares de la clase  media o los trabajadores.

Casas Klett terminó con una metáfora botánica. Las elites son el tronco que da estructura y el valor se crea en las hojas, en las pymes, los profesionales y los trabajadores. La imagen resultó más exacta de lo que su autor pretendía. En la fotosíntesis el tronco no produce nada, transporta y sobre todo sostiene su propia masa. La pregunta que el Malba se ahorró es qué proporción de lo que producen las hojas se consume en el trayecto.

La meta que fijó la jornada fue escalar del puesto 104 al 25 en unos pocos años. Ningún país mejoró la calidad de su dirigencia mediante la deliberación de esa misma dirigencia sobre su propia calidad. Los que mejoraron lo hicieron donde hubo poder social organizado con capacidad de imponer condiciones, arbitraje estatal con sanción efectiva y una disputa abierta por el reparto del excedente. Mientras el diagnóstico se siga discutiendo en un auditorio donde no hay una sola pyme del conurbano, un solo sindicato ni un intendente del interior productivo, el ejercicio va a repetirse con puntualidad y con idéntico resultado. Los pibes del conurbano,  mientras tanto, seguirán esperando.

 

 

AM


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