A las once de la mañana de este jueves, Diego Santilli y Eduardo “Lule” Menem recibieron en Casa Rosada a dos enviados de Mauricio Macri: Cristian Ritondo, el hombre fuerte del PRO en la provincia de Buenos Aires, y Fernando de Andreis, la mano derecha del expresidente. Karina Milei no estuvo en la sala.
No hacía falta: la reunión la armó ella, en una llamada reservada con Macri el día anterior, y ordenó a sus operadores más cercanos que se sentaran a escuchar. El resultado se lo reportarán después, con el detalle de cada palabra.
La escena resume el estado de la relación entre los dos espacios que gobernaron —o intentan gobernar— la Argentina de los últimos diez años sin nombrarse aliados: cordial en la superficie, calculada en cada gesto, con la sospecha instalada de ambos lados. En la Casa Rosada tradujeron sin eufemismos lo que se discutirá bajo el rótulo de “agenda legislativa”: “apoyen nuestros proyectos y después vemos”.
Karina Milei digitó el encuentro de esta mañana en Casa Rosada sin sentarse a la mesa. Detrás del gesto legislativo hay un cálculo doble: los negocios que persigue Macri desde hace años y el aire político que necesita el oficialismo para llegar entero a 2027.
El negocio detrás del gesto
Conviene no perder de vista lo que efectivamente mueve a Macri a sentarse, otra vez, del lado incómodo de la mesa. No es apego ideológico ni nostalgia de gestión compartida: es la combinación de un negocio concreto y un territorio que defender. Desde el primer año de la administración libertaria, el expresidente presiona para quedar cerca de los negocios y poner hombres de su confianza en lugares claves.
Ese interés explica por qué Macri toleró, cena tras cena en Olivos y milanesa mediante, los sucesivos desaires públicos de Javier Milei: el silencio ante sus críticas, la exclusión de sus discursos, el trato distante que impuso la Casa Rosada durante buena parte de la gestión. La lógica no era la de un socio político esperando el llamado por afinidad, sino la de un empresario político dispuesto a administrar la humillación mientras la puerta del negocio siguiera entreabierta. A eso se suma la Ciudad de Buenos Aires, el único territorio donde el PRO retiene poder real de gestión y el símbolo de una marca que, sin ese distrito, pierde el último argumento para exigir un lugar en la mesa. Sostener ese feudo —y no la construcción de una alternativa nacional— es la otra cara de la ecuación que ordena cada movimiento de Macri en esta negociación.
Karina, contra el reloj
Del otro lado del mostrador, la urgencia tiene un origen distinto pero igual de concreto. El Gobierno llega a este jueves golpeado: perdió la votación de la ley de tierras en el Senado, vio cómo gobernadores y senadores aliados congelaban el diálogo tras esa derrota, y acumula ocho meses consecutivos de caída en la recaudación mientras la actividad económica se resiente en la mayoría de los rubros. Las encuestas ya no le devuelven una imagen amigable: siete de cada diez argentinos consideran mala la situación económica, y la promesa de una recuperación en uve se diluyó en el calendario electoral. En ese contexto, reabrir un canal de diálogo con el PRO no es un capricho de arquitectura partidaria: es el intento de Karina Milei de sortear los casi dos años de gestión que faltan sin quedar aislada en el Congreso, y de llegar a 2027 con una candidatura de Javier Milei que todavía tenga chances reales de reelección.
Un tablero que no cierra solo
El escenario, sin embargo, está lejos de ser sencillo para la Casa Rosada. Por un lado, la oposición peronista empieza a ordenarse, aunque las internas siguen abiertas, el gobernador bonaerense sigue posicionándose como la carta más competitiva. Esa fragmentación del peronismo era favorable al oficialismo, pero no es un activo permanente: cualquier síntesis de ese armado opositor —con Kicillof como nombre más probable— cambiaría de forma abrupta el cálculo electoral libertario.
Por el otro, el propio sostén territorial de Milei empezó a mostrar grietas. Los gobernadores que acompañaron al oficialismo durante gran parte de la gestión frenaron las negociaciones después del traspié legislativo y reclaman que la Rosada cumpla compromisos incumplidos. Es una rebelión de baja intensidad, pero elocuente: revela que el mismo pragmatismo que hoy empuja a la Casa Rosada a buscar al PRO es, puertas adentro, la confesión de que la relación con los mandatarios provinciales dejó de alcanzar para garantizar gobernabilidad.
La interna que no se resuelve puertas adentro
El movimiento hacia el PRO también hay que leerlo a la luz de la pulseada de poder dentro del propio espacio libertario. Karina Milei consolidó en los últimos meses el control total del aparato partidario y el de las estructuras del gobierno.
La gran derrotada de este reacomodamiento, sin embargo, es Patricia Bullrich, la dirigente que presidió el PRO hasta hace poco y que se mudó por completo a las filas libertarias quedó, paradójicamente, afuera de la mesa de decisiones de esta ronda de diálogo con su antiguo partido, un lugar incómodo para quien apostó todo a la mudanza de bando.
Esa consolidación interna no es un dato paralelo a la negociación con el PRO: es su condición de posibilidad. Solo con el control unificado del partido y de la lapicera de las candidaturas puede Karina Milei ofrecerle a Macri una interlocución estable y, al mismo tiempo, asegurarse de que cualquier gesto hacia los amarillos no se transforme en munición para la interna libertaria. El propio hecho de que ella no participe del encuentro, pero lo digite y lo controle por completo, es coherente con ese estilo de poder: centralizado, verificado en cada paso, sin exposición innecesaria.
Un diálogo jaqueado desde varios frentes
Queda por verse cómo evoluciona este canal reabierto entre la Rosada y el PRO. Todo indica que no será un proceso lineal: estará atravesado por los intereses concretos de Macri en torno a los negocios y a la Ciudad de Buenos Aires y por la necesidad de Karina Milei de mostrar gobernabilidad en un año de crisis económica y social en ciernes, por la reorganización, todavía incompleta, del peronismo, por gobernadores cada vez más exigentes con lo que consideran promesas incumplidas, y por una interna libertaria que sigue resolviéndose puertas adentro, con ganadores y perdedores bien definidos. La sociedad entre el liberalismo libertario y el PRO fundacional de Macri nunca fue una fusión ideológica sino una alianza de conveniencia entre sectores de un mismo bloque de poder que necesitan, cada uno por sus propias razones, sostenerse en el control del Estado. Esta vez, quien pone la agenda y las urgencias es la Rosada, y el PRO negocia, tambien desde una posición que sus propios dirigentes admiten en privado, de debilidad.
AM
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