Ingeniero, empresario e intelectual autodidacta, Marcelo Diamand construyó desde la fábrica la teoría más precisa para entender por qué la Argentina no puede crecer: la Estructura Productiva Desequilibrada y la trampa que, ciclo tras ciclo, le explota en la cara a cada gobierno.
REDACCION DATA POLITICA Y ECONOMIA
En 1956, en un taller del Gran Buenos Aires, un ingeniero polaco de veintisiete años tomó transistores militares excedentes del ejército estadounidense y armó la primera radio transistorizada fabricada en América Latina. El aparato se llamó Tonomac. Su creador, Marcelo Diamand, no lo sabía todavía, pero esa experiencia —pelear contra el atraso tecnológico, los costos industriales altos y los vaivenes cambiarios— lo convertiría en el economista más certero de la historia argentina.
No estudió economía en ninguna universidad. Aprendió mirando lo que les pasaba a sus propias máquinas cada vez que el Fondo Monetario Internacional aterrizaba en Buenos Aires con un programa de estabilización. Eso, paradójicamente, es lo que lo hizo indispensable.
La fábrica como laboratorio
Diamand nació en Polonia en 1929 y llegó a Buenos Aires en 1946, en la estela de la posguerra y del primer peronismo industrial. Mientras su padre se iniciaba en el negocio electrónico, él terminó el secundario en dos años, se recibió de ingeniero industrial en la UBA y se integró a la empresa familiar. De ahí nacería Tonomac, que fabricaría radios, equipos de música y televisores, y se transformaría en un referente de la industria electrónica nacional.
Desde la Cámara Argentina de Industrias Electrónicas (CADIE) y luego desde el Consejo Académico de la Unión Industrial Argentina, entendió que los problemas de su sector no eran técnicos sino económicos. Y que la ortodoxia neoclásica importada de Chicago o Cambridge no tenía relación alguna con la realidad que vivía cada vez que llegaba un ajuste o se liberalizaba el tipo de cambio. Comenzó entonces a estudiar por su cuenta, con la ventaja que Joan Robinson le reconocía a Kalecki: no haber aprendido economía ortodoxa. Su formación técnico-científica y su práctica concreta en la producción le permitieron ver lo que los doctores no podían —o no querían— ver.
La anatomía del laberinto
En 1972 publicó en la revista Desarrollo Económico el ensayo fundacional: «La estructura productiva desequilibrada de la Argentina y el tipo de cambio». La tesis es aparentemente simple pero devastadora en sus consecuencias. Argentina tiene dos sectores estructuralmente asimétricos: el agropecuario, que opera con ventajas naturales extraordinarias —suelo pampeano, clima, escala—, genera divisas y puede sobrevivir con cualquier tipo de cambio; y el industrial, construido históricamente con costos superiores a los países centrales, sin ventajas comparativas naturales, que necesita un tipo de cambio diferencial para subsistir y exportar.
Ese desequilibrio es la fuente de todos los males. Cuando el dólar se atrasa, la industria pierde competitividad y el sector manufacturero se contrae. Cuando el tipo de cambio sube para corregir el desequilibrio externo, la inflación cambiaria pulveriza el salario real. No hay salida en los extremos. Solo hay opciones de administración inteligente, que ningún gobierno ortodoxo ha querido ejercer.
«El tipo de cambio de equilibrio de los neoclásicos es el equilibrio del cementerio industrial.»
El concepto central que acuñó para describir este mecanismo fue la restricción externa: la escasez crónica de divisas que actúa como techo al crecimiento. Cada vez que la economía se expande, la industria demanda más importaciones y el sector externo colapsa. El país frena, recibe un préstamo del FMI, ajusta, destruye empleo industrial, recupera reservas y vuelve a crecer… hasta el próximo techo. El modelo stop & go no es un accidente de la política económica sino la consecuencia mecánica de una estructura productiva no corregida.
El péndulo y la doble brecha
En 1977 —plena dictadura, mientras Martínez de Hoz desmantelaba la industria con el dólar barato de la «plata dulce»— Diamand publicó «El péndulo argentino: ¿empate político o fracasos económicos?». Allí argumentó que la alternancia entre gobiernos desarrollistas y ortodoxos no refleja un empate de poder social ni una irracionalidad política, sino el movimiento previsible de una estructura económica desequilibrada que castiga a los dos, al que intenta crecer sin divisas y al que estabiliza destruyendo la industria.
El texto fue escrito mientras Alfonsín era un abogado de provincias y Menem un gobernador del interior. Describía con exactitud lo que ambos harían —y lo que ambos pagarían. Once años después, en 1988, con la hiperinflación de Alfonsín en el horizonte, publicó junto a Norberto Crovetto el trabajo más técnico de su producción: «La estructura productiva desequilibrada y la doble brecha», financiado por el CONICET. La innovación central fue distinguir con precisión dos restricciones que los ortodoxos confunden: la limitación por insuficiencia de ahorro y la limitación por insuficiencia de divisas. Son fenómenos diferentes, con causas distintas y soluciones distintas. Los remedios del FMI no funcionan porque atacan el ahorro cuando el problema es de divisas, y viceversa. Diamand llegó al mismo diagnóstico que décadas después el debate internacional llamaría «enfermedad holandesa» —la destrucción industrial por apreciación cambiaria— antes que ningún europeo lo formulara.
La disputa intelectual
Diamand no fue solo un teórico. A lo largo de los sesenta, setenta y ochenta fundó y dirigió el Centro de Estudios Industriales (CEI), el Centro de Estudios de la Realidad Económica (CERE) y el Centro de Estudios de la Realidad Argentina (CERA). En 1967, junto al físico nuclear Jorge Sabato, creó un foro interdisciplinario que reunía a científicos, industriales y economistas para pensar los problemas del desarrollo. Fue también profesor en la UBA, en la Universidad Católica de La Plata y en Boston. Su archivo personal, donado en 2018 al AESIAL de la Facultad de Ciencias Económicas, cubre tres décadas de lucha intelectual.
«Las naciones periféricas, así como importan modas y tecnologías, importan también ideas. Y esa importación de ideas que no corresponden a su realidad es uno de los mecanismos más eficaces de su dominación.»
La obra de Diamand es inseparable de su adversario: la economía ortodoxa aplicada al caso argentino. Cuando Martínez de Hoz instaló la tablita cambiaria entre 1978 y 1981, Diamand ya había explicado por qué eso ocurriría. La apertura importadora con tipo de cambio apreciado no era una modernización sino la destrucción del tejido productivo por comparar costos de sectores con productividades radicalmente diferentes. Cuando Menem y Cavallo instalaron la Convertibilidad en 1991, Diamand anticipó el desenlace: la industria perdería competitividad, se acumularía deuda externa para financiar la brecha de divisas, y el edificio colapsaría cuando el crédito externo se cortara. El colapso llegó en 2001. Once años de retraso, no de error.
La escuela ninguneada
Diamand integra una corriente que la academia oficial y los medios dominantes han ignorado sistemáticamente, pero que constituye la tradición intelectual más rigurosa para entender la economía argentina: la Escuela de Economía Argentina. Esa tradición arranca en los años treinta con Prebisch y Pinedo, atraviesa el primer peronismo, llega al desarrollismo de Frondizi y continúa con Aldo Ferrer y los heterodoxos de la post-convertibilidad. En esa genealogía ocupa un lugar análogo Ezequiel Ramos Mejía —ingeniero y ministro del primer centenario que concibió el desarrollo ferroviario como proyecto nacional—, figura eclipsada por el mismo canon liberal que construyó la memoria económica del país. Ramos Mejía entendía, como Diamand medio siglo después, que el Estado debía construir capacidades productivas que el mercado solo nunca construiría.
La ninguneada no es casual. Si las ideas de Diamand fueran parte del sentido común económico argentino, sería imposible aplicar programas del FMI sin una discusión pública previa sobre sus consecuencias estructurales. No lo son. Por eso cada crisis se vive como si fuera la primera.
En 2026, mientras el gobierno de Javier Milei apuesta por la apertura comercial, el dólar barato y el ajuste fiscal, los mecanismos que Diamand describió en 1972 operan con exactitud: tipo de cambio apreciado que erosiona la competitividad industrial, restricción externa acechando bajo la calma cambiaria, deuda sustituyendo las divisas genuinas que la estructura no produce. El debate sobre tipos de cambio diferenciales —propuesto hace más de cincuenta años como solución técnica concreta— sigue siendo el tabú más grande de la política económica argentina.
Diamand murió en Buenos Aires en junio de 2007. Tenía setenta y siete años. Su obra fue recopilada por el Sello Editorial Manuel Belgrano en 2022, cincuenta años después del ensayo fundacional. No fue un homenaje tardío. Fue una señal de urgencia: el país sigue sin aprender lo que él ya explicó.
«No son los gobiernos los que fallan. Es la estructura la que impone límites que ningún gobierno puede superar si no la modifica. Cambiar la estructura requiere tiempo, convicción y política industrial. Lo que es más escaso que los dólares.»
Obras principales
| 1972 | La estructura productiva desequilibrada de la Argentina y el tipo de cambio | Desarrollo Económico, vol. 12, n.° 45 |
| 1973 | Doctrinas económicas, desarrollo e independencia | Editorial Paidós, Buenos Aires |
| 1977 | El péndulo argentino: ¿empate político o fracasos económicos? | CERE, Buenos Aires |
| 1988 | La estructura productiva desequilibrada y la doble brecha | CERE / CONICET (con N. Crovetto) |
