Golpeado aún por la derrota electoral y atravesado por una discusión interna que expone tensiones acumuladas durante años, el peronismo atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Sin embargo, en medio de la crisis nacional y del desconcierto propio, empiezan a aparecer señales de salida. Gobernadores, dirigentes territoriales, sindicatos y nuevos liderazgos discuten abiertamente el rumbo, el programa y la conducción del movimiento.
por ANTONIO MUÑIZ
Lejos de la parálisis que siguió al cambio de ciclo político, el peronismo parece entrar en una etapa inevitable: la de un debate profundo sobre cómo reorganizarse para volver a representar a una mayoría social en una Argentina sacudida por el experimento libertario.
Un punto de inflexión
Hay momentos en la historia política argentina en los que un movimiento popular no discute solamente candidaturas o liderazgos. Debe discutir su sentido histórico.
El peronismo parece haber llegado otra vez a uno de esos puntos de inflexión. Tras la derrota de 2023 y frente al experimento libertario que hoy gobierna el país, atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente como una interna entre dirigentes. Lo que está en juego es algo más profundo: su capacidad de reorganizarse como alternativa política en una Argentina atravesada por una transformación económica y social de gran magnitud.
Durante décadas, el peronismo resolvió sus tensiones mediante liderazgos claros que ordenaban al conjunto. Esa lógica funcionó con Perón, reapareció con Menem en los noventa y volvió a instalarse con Néstor y Cristina Kirchner durante el ciclo kirchnerista. Hoy ese mecanismo muestra signos de agotamiento. El liderazgo histórico conserva peso político y simbólico, pero ya no alcanza por sí solo para disciplinar al conjunto del espacio. Y el liderazgo emergente todavía no termina de consolidarse como síntesis.

Cristina y los límites del liderazgo vertical
Cristina Kirchner continúa siendo la figura de mayor densidad política del peronismo. Su centralidad sigue siendo importante en la política nacional.
Pero la etapa que se abre le pone límites a la posibilidad de ordenar el movimiento mediante un liderazgo vertical como en el pasado. Esa realidad empuja al peronismo a una discusión que había evitado durante años: ¿Cómo ampliar su base política sin perder identidad y cómo producir una nueva conducción capaz de sintetizar una etapa distinta?
Kicillof y un nuevo polo territorial
En ese contexto creció la figura de Axel Kicillof. No sólo por su condición de gobernador de la provincia de Buenos Aires —principal bastión electoral del peronismo— sino porque aparece como el dirigente con mayor proyección en la etapa posterior a la derrota. Para muchos dentro del movimiento, Kicillof representa la posibilidad de una renovación sin ruptura, una transición que permita preservar la experiencia kirchnerista y al mismo tiempo abrir un nuevo ciclo político.
En los últimos meses, el gobernador fue tejiendo vínculos políticos con mandatarios como Sergio Ziliotto en La Pampa, Gustavo Melella en Tierra del Fuego, Gildo Insfrán en Formosa, Gerardo Zamora en Santiago del Estero y el propio Ricardo Quintela en La Rioja. Más que una alianza formal, se trata de una convergencia basada en intereses comunes: defensa de las economías regionales, rechazo al ajuste fiscal del gobierno nacional y necesidad de reconstruir un esquema federal de poder dentro del peronismo. Este entramado, aún en consolidación, sugiere la emergencia de un polo territorial que podría funcionar como contrapeso tanto al centralismo del AMBA como a la dispersión del PJ, y posiciona a Kicillof como posible articulador de una nueva mayoría interna con proyección nacional.
Pero el crecimiento de nuevas referencias también expone la complejidad del momento. Cuando un movimiento no tiene una conducción indiscutida, tiende a entrar en deliberación permanente. Eso es, en buena medida, lo que ocurre hoy. El peronismo parece haberse instalado en una suerte de asamblea política donde distintas corrientes discuten el rumbo, el método y el liderazgo.
Los distintos peronismos en disputa
En ese escenario aparecen también los distintos subsistemas que hoy conviven dentro del universo peronista. Por un lado, los gobernadores denominados dialoguistas, que frente al derrumbe de recursos y la crisis fiscal en las provincias optaron por una estrategia de negociación con la Casa Rosada para sostener gobernabilidad en sus distritos. Esa lógica de supervivencia territorial genera una tensión permanente dentro del movimiento: mientras algunos mandatarios buscan evitar el choque frontal con el gobierno nacional, el costo social del ajuste golpea con fuerza en sus propias provincias.

En paralelo, figuras como Ricardo Quintela intentan expresar un peronismo federal que reclama mayor protagonismo para el interior y propone reconstruir una agenda de desarrollo productivo y Estado activo.

A su vez, el peronismo cordobés continúa orbitando con lógica propia, priorizando la identidad provincial y manteniendo distancia tanto del kirchnerismo como de cualquier intento de reunificación orgánica del PJ nacional.
Al mismo tiempo comienzan a insinuarse armados políticos que exploran otros caminos dentro del espacio. El acercamiento entre Guillermo Moreno y Miguel Ángel Pichetto aparece como un intento todavía incipiente de construir una corriente de tono conservador en lo político y productivista en lo económico, apoyada en una reinterpretación del peronismo ortodoxo. Ese planteo, que algunos describen como un intento de articular una especie de centro-derecha peronista, busca captar sectores desencantados con el kirchnerismo y con el propio oficialismo libertario. Por ahora se trata más de un gesto político que de una estructura consolidada, pero su sola aparición refleja el momento de reacomodamiento que atraviesa el movimiento.

La crisis de método
A esa crisis de liderazgo se suma ahora un problema institucional. La eventual eliminación de las primarias abiertas obligaría al peronismo a encontrar un nuevo mecanismo para ordenar su competencia interna. Durante la última década, las PASO funcionaron como una herramienta imperfecta pero útil para procesar disputas sin romper el frente electoral. Sin ese instrumento, el movimiento deberá volver a discutir cómo elige a su candidato presidencial y quién tiene la autoridad para arbitrar ese proceso.
Ese debate revela un problema más profundo: el peronismo enfrenta no sólo una crisis de liderazgo, sino también una crisis de método político. Durante gran parte de su historia, el movimiento funcionó mediante liderazgos capaces de sintetizar intereses diversos y producir horizonte estratégico. Hoy esa arquitectura aparece resquebrajada.
El desafío de construir un proyecto
Mientras tanto, el país atraviesa una transformación económica y social que profundiza tensiones. La caída del poder adquisitivo, el deterioro del empleo, la paralización de la obra pública y el impacto del ajuste sobre las provincias configuran un escenario social cada vez más complejo. En ese contexto, la discusión interna del peronismo no puede limitarse a la disputa por cargos o candidaturas. Debe abordar una pregunta más decisiva: qué proyecto de país quiere proponer frente al modelo libertario.
Denunciar los efectos del ajuste es necesario, pero no suficiente. El peronismo necesita volver a ofrecer una narrativa de desarrollo, trabajo, movilidad social y comunidad organizada capaz de interpelar a una sociedad profundamente golpeada. Necesita reconstruir un programa económico y social que vuelva a conectar con trabajadores formales e informales, con sectores medios en retroceso y con un interior productivo que busca alternativas.
En definitiva, el desafío es político y cultural al mismo tiempo. El peronismo debe volver a construir una mayoría social, y para hacerlo necesita algo más que memoria histórica. Necesita un proyecto.
Salir de la parálisis
La historia del peronismo demuestra que cada vez que enfrentó una crisis profunda, terminó reorganizándose. Lo hizo después de la proscripción, después de la derrota de 1983, después del colapso de 2001 y también tras la crisis de 2015. No hay razones para suponer que esta vez será diferente. Pero esa reorganización no ocurre automáticamente. Requiere debate, autocrítica y una nueva síntesis política.
Hoy el peronismo parece estar atravesando justamente esa etapa. Después de un período de desconcierto y parálisis, comenzaron a abrirse discusiones sobre liderazgo, programa y estrategia. Puede que ese proceso sea desordenado, incluso conflictivo. Pero también puede ser el punto de partida de una nueva etapa.
La pregunta que sobrevuela al movimiento —¿hacia dónde va el peronismo?— no tiene todavía una respuesta definitiva. Lo que empieza a quedar claro es que está dejando atrás la inmovilidad posterior a la derrota y entrando en una fase de debate profundo sobre su futuro.
Y en esa discusión no sólo se define quién conducirá el movimiento en los próximos años. Se define, en realidad, si el peronismo será capaz de reinventarse una vez más para volver a representar a una mayoría social en la Argentina que emerge del experimento libertario.
