Jeffrey Sachs cuestiona la subordinación europea a Estados Unidos, advierte sobre los riesgos de la escalada militar con Rusia y propone una política exterior basada en la diplomacia, la cooperación económica y el derecho internacional. El cambio del orden mundial exige revisar las prioridades de Europa y su lugar en la economía global.
El mundo atraviesa una transformación histórica. El ascenso de China, la recuperación económica de Asia y el crecimiento de otras regiones están modificando la distribución del poder mundial. Sin embargo, buena parte de las dirigencias de Estados Unidos y Europa interpreta este proceso como una amenaza que debe contenerse, en lugar de asumirlo como una nueva realidad internacional.
Este es el eje del planteo del economista Jeffrey D. Sachs ante el Parlamento Europeo. Su diagnóstico es que Europa corre el riesgo de quedar atrapada en una estrategia de confrontación que debilita su economía, compromete su seguridad y limita su capacidad para defender intereses propios.
La cuestión central no es cómo recuperar la hegemonía occidental, sino cómo construir un orden internacional en el que las grandes potencias puedan convivir sin convertir sus diferencias en conflictos militares.
El fin de la hegemonía occidental
Durante dos siglos, Europa y Estados Unidos concentraron una parte sustancial de la producción y el poder mundial. Ese predominio estuvo asociado tanto a su desarrollo industrial como a la expansión colonial y al control de recursos y mercados.
Hoy, Asia recuperó una posición central en la economía global. China, India y otras economías de la región redujeron la pobreza, ampliaron sus capacidades industriales y mejoraron las condiciones de vida de cientos de millones de personas.
Para Sachs, considerar ese proceso una amenaza constituye un error estratégico. El crecimiento de China no implica necesariamente el declive económico de Europa o Estados Unidos, sino una redistribución relativa del poder mundial.
El problema aparece cuando las potencias que pierden peso relativo intentan preservar su posición mediante la confrontación. La competencia tecnológica y comercial se transforma entonces en una disputa geopolítica que multiplica los riesgos y dificulta la cooperación necesaria para afrontar desafíos comunes, desde la transición energética hasta la inteligencia artificial.
Ucrania y los límites de la confrontación
Sachs atribuye una responsabilidad central a la expansión de la OTAN hacia el este en el deterioro de las relaciones con Rusia. Recuerda las advertencias formuladas por diplomáticos y estrategas occidentales durante los años noventa y cuestiona especialmente la decisión de abrir la posibilidad de incorporar a Ucrania y Georgia a la alianza en la cumbre de Bucarest de 2008.
También critica el fracaso de los acuerdos de Minsk y la falta de voluntad política para encontrar una salida negociada antes de la invasión rusa de febrero de 2022.
Esta interpretación es controvertida y no exime a Moscú de su responsabilidad por haber invadido Ucrania ni desconoce el derecho de los ucranianos a decidir su futuro. Pero plantea una cuestión decisiva: la seguridad europea difícilmente pueda construirse de manera duradera ignorando los riesgos de una confrontación permanente entre potencias nucleares.
Sachs propone retomar la diplomacia, discutir garantías de seguridad y considerar la neutralidad de Ucrania como parte de una negociación. No se trata de una solución automática: cualquier acuerdo deberá contemplar la soberanía ucraniana, las cuestiones territoriales y mecanismos verificables que impidan una nueva guerra.
Su advertencia es que convertir la derrota de Rusia en un objetivo estratégico permanente puede prolongar el conflicto y elevar el riesgo de una escalada nuclear. La seguridad exige capacidad defensiva, pero también negociación y reconocimiento de los límites que impone la existencia de potencias nucleares.
Una autonomía europea que no se concreta
La crítica de Sachs apunta también a la relación entre la Unión Europea y la OTAN. A su juicio, ambas estructuras quedaron tan estrechamente vinculadas que Europa perdió margen para definir una política exterior propia.
La contradicción es evidente: mientras sus dirigentes reivindican la autonomía estratégica, muchas decisiones fundamentales de seguridad y política internacional siguen condicionadas por las prioridades de Washington.
Las sanciones contra Rusia y la ruptura de vínculos energéticos con ese país muestran los costos de esa orientación. Las medidas tuvieron consecuencias para la economía rusa, pero también afectaron a sectores europeos y agravaron los problemas de competitividad de industrias expuestas a los precios de la energía.
Sachs sostiene que Europa debe recuperar sus relaciones económicas con Rusia y ampliar la cooperación con China, India y otras regiones. Esto no significa sustituir una dependencia por otra, sino diversificar proveedores, fortalecer las capacidades tecnológicas propias y evitar que la política económica quede subordinada a la rivalidad entre grandes potencias.
Una Europa con menor capacidad industrial, mayores costos energéticos y menos alternativas comerciales tendrá también menos autonomía política.
Desarrollo antes que militarización
El economista cuestiona que el aumento del gasto militar se presente como la principal respuesta a los desafíos europeos. No niega la necesidad de contar con capacidades defensivas, pero advierte que el rearme no puede reemplazar una estrategia de desarrollo.
La fortaleza europea depende de su productividad, su sistema educativo, la investigación científica, la innovación tecnológica y la calidad de vida de su población. Destinar recursos crecientes a la defensa sin evaluar sus costos de oportunidad puede debilitar esas mismas capacidades.
La transición energética, la inteligencia artificial y la transformación industrial requieren inversiones sostenidas y cooperación internacional. Ningún país europeo puede afrontar esos desafíos de manera aislada. Por eso, la integración regional sigue siendo una ventaja estratégica, siempre que se utilice para fortalecer la economía y negociar en mejores condiciones con el resto del mundo.
Sachs propone un orden internacional basado en regiones fuertes y en la cooperación entre potencias, en lugar de un sistema dividido en bloques enfrentados. La Carta de las Naciones Unidas debería constituir la referencia común para resolver las controversias y limitar el uso unilateral de la fuerza.
Ese principio exige coherencia: el derecho internacional pierde legitimidad cuando se invoca para condenar las acciones de un adversario y se relativiza cuando las mismas normas comprometen a un aliado.
La decisión que enfrenta Europa
El planteo de Sachs excede la discusión sobre Ucrania y la OTAN. Su pregunta de fondo es si Europa será capaz de adaptarse a un mundo multipolar o continuará intentando preservar una primacía que ya no tiene las mismas bases económicas y demográficas.
La autonomía estratégica no se consigue solamente con más armamento ni con declaraciones institucionales. Requiere una política exterior propia, una base industrial competitiva, seguridad energética, desarrollo científico y capacidad para establecer acuerdos con países que tienen intereses y sistemas políticos diferentes.
El ascenso de China y otras economías no obliga a Europa a renunciar a sus intereses. La obliga a redefinir cómo defenderlos. En un escenario internacional más complejo, la influencia dependerá tanto de la capacidad productiva y tecnológica como de la habilidad para negociar y construir acuerdos duraderos.
La advertencia de Sachs es clara: confundir poder con hegemonía y seguridad con confrontación puede terminar debilitando a Europa. Su desafío consiste en recuperar la iniciativa política y asumir que, en el nuevo orden mundial, la cooperación no es una concesión al adversario, sino una condición para preservar la paz, el desarrollo y el bienestar de sus sociedades.
