El cansancio y una insatisfacción difusa, sin dirección clara, se convirtieron en el principal factor electoral de Brasil y la Argentina. El votante castiga a los oficialismos, aunque muestren buenos resultados, desconfía de las promesas de cualquier signo y, en número creciente, deja de votar. Un análisis de las similitudes y diferencias entre ambos países y de las estrategias posibles para los partidos populares.
Según la primera encuesta de Datafolha para el balotaje brasileño del 25 de octubre, publicada el jueves 8, Flávio Bolsonaro reúne el 52% de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da Silva, el 48%. Al día siguiente, AtlasIntel registró una diferencia mayor, de 52,8% a 47,2%, y una desaprobación del gobierno del 53,4%.
Esos números corresponden a un gobierno con indicadores económicos favorables. El desempleo fue de 5,3% en el trimestre terminado en agosto, el más bajo para ese período desde 2012, según el IBGE. La renta media del trabajo creció 3,7% en un año. Desde enero, más de 16 millones de contribuyentes dejaron de pagar el impuesto a la renta o pagan menos, y el Bolsa Familia tuvo una actualización del 15% que empezará a cobrarse el 19 de octubre, seis días antes de la votación.
En la Argentina ocurre lo contrario. El desempleo llegó a 7,9% en el segundo trimestre, el nivel más alto desde 2021, y la informalidad alcanzó un récord del 45% de los ocupados. Según un informe de Fundar con datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, entre noviembre de 2023 y marzo de 2026 cerraron 26.448 empresas empleadoras y se perdieron más de 370.000 puestos registrados. Sin embargo, La Libertad Avanza ganó la elección legislativa nacional de octubre de 2025. Hoy la desaprobación de Javier Milei se ubica entre el 61%, según la Universidad de San Andrés, y el 65%, según Zuban Córdoba, y el 62% de los consultados votaría por un cambio en 2027. Aun así, el peronismo encabeza la intención de voto por poco, con entre 31% y 35%, frente a 28% a 34% del oficialismo.
En Brasil, un gobierno con buenos indicadores va perdiendo. En la Argentina, un gobierno con malos indicadores ganó y sigue siendo competitivo. Los dos resultados responden al mismo comportamiento del electorado.
¿Qué evalúa el votante?
El modelo clásico del voto retrospectivo supone que el elector juzga la gestión y premia o castiga según los resultados. Los casos de Brasil y la Argentina muestran que la comparación se hace contra las expectativas, y que estas suben a medida que la situación mejora. Una vez recuperado, el empleo se considera un derecho adquirido y deja de atribuirse al gobierno. Esta nota llama piso a ese nivel de bienestar que el votante ya da por descontado y que no le agradece a nadie.
La jerarquía de necesidades de Abraham Maslow ayuda a explicar el desplazamiento. Cuando una necesidad está cubierta pierde capacidad de movilizar, y la demanda pasa a la siguiente. Las encuestas de Quaest lo muestran con claridad. En agosto de 2023, el 31% de los brasileños señalaba la economía como el principal problema del país y el 10% mencionaba la violencia. En junio de 2025, la violencia encabezaba con el 30% y la economía había caído al 19%. El gobierno mejoró el ingreso, y la campaña se definió en el terreno de la seguridad, donde Flávio Bolsonaro concentró su oferta.
El nivel siguiente es el de la estima y la autonomía. Un análisis de los resultados por municipio difundido después de la elección indica que Lula perdió 3,4 millones de votos en las localidades pequeñas y más dependientes de la asistencia estatal. En las ciudades donde el Bolsa Familia complementa el ingreso de hasta la mitad de la población, su porcentaje bajó del 71,5% en 2022 al 68,7%. El economista Renato Meirelles, presidente del Instituto Locomotiva, describió a ese votante en una columna publicada en O Globo antes de la primera vuelta. Quien salió de la pobreza y llegó a la clase C, la franja que gana entre dos y cinco salarios mínimos, se define como «pobre prémium». Deja de pedir protección y empieza a preguntarse cómo aumentar sus ingresos o formalizar un pequeño negocio.
- «No espera tutela, espera alianza.» Renato Meirelles
Lo que comparten
Los dos países tienen un electorado polarizado con un sector intermedio que define las elecciones. En Brasil, los dos finalistas sumaron más del 92% de los votos en la primera vuelta. Entre ambos núcleos duros hay un segmento que se ubica en el centro solo por exclusión. No tiene posiciones moderadas, se interesa poco por la política y vota a quien promete resolver sus problemas materiales. Ese segmento llevó a Milei al balotaje en 2023 y hoy inclina la elección brasileña.
Ambos electorados comparten lo que la periodista brasileña Eliane Cantanhêde definió en 2014 como «irritación difusa», una insatisfacción con múltiples causas que no se ordena en el eje entre más Estado y menos Estado. Esa irritación explica la sucesión de gobiernos castigados. En una década, Brasil pasó por Dilma Rousseff, Michel Temer, Jair Bolsonaro y Lula; la Argentina, por Cristina Fernández de Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y Milei.
El mercado de trabajo cambió en los dos países. La informalidad alcanza al 37,4% de los ocupados en Brasil, según el IBGE, y al 45% en la Argentina, según el INDEC. Entre los trabajadores independientes argentinos llega al 61,1%. El PT y el peronismo se formaron como partidos de trabajadores asalariados y con el tiempo pasaron a representar, sobre todo, a los sectores pobres. Ninguno tiene todavía una propuesta para el trabajador por cuenta propia que no es pobre ni asalariado.
La derecha actúa de manera coordinada en la región. El 14 de octubre de 2025, en la Casa Blanca y junto a Milei, Donald Trump advirtió que si el oficialismo perdía las elecciones Estados Unidos no sería «generoso» con la Argentina, mientras el Tesoro sostenía un swap de 20.000 millones de dólares. En los actos de Flávio Bolsonaro hubo banderas estadounidenses, y Milei fue uno de los primeros en felicitarlo tras la primera vuelta. Los partidos populares no tienen una articulación equivalente.
Los dos espacios enfrentan además un problema de sucesión. Lula tiene 80 años y busca un cuarto mandato frente a un candidato de 45. Cristina Fernández de Kirchner está presa e inhabilitada, mientras el peronismo discute si la conducción pasa a Axel Kicillof o a Sergio Massa, o si se define en internas.
El voto ausente
El dato que más debería preocupar a ambos sistemas políticos es la abstención. En la primera vuelta brasileña no votaron 33,4 millones de personas, el 21,08% del padrón, la cifra más alta desde 1998. Los votos nulos rondaron el 3% y los blancos el 1,84%. En la Argentina, la participación de octubre de 2025 fue del 67,85%, la más baja desde 1983, y crecieron los votos nulos. En los dos países el voto es obligatorio.
La abstención no se explica solo por apatía. Expresa un voto desencantado, el de quien ya no cree que la política ni el acto de votar puedan cambiar su situación. Es un electorado que escuchó promesas de distinto signo, comprobó que no se cumplían y dejó de participar. No se identifica con ninguno de los dos polos y no se moviliza contra un adversario, porque tampoco espera nada de quien podría reemplazarlo. Para los partidos populares es el segmento más difícil de recuperar y, por su tamaño, el más decisivo. Solo vuelve a votar si percibe que la política produce resultados concretos en su vida cotidiana.
BRASIL Y ARGENTINA EN CIFRAS
| Indicador | Brasil | Argentina |
| Situación del campo popular | Oficialismo (PT, Lula) | Oposición (peronismo) |
| Última elección nacional | 1ª vuelta 4/10/2026: Flávio Bolsonaro 47,03%, Lula 45,16% | Legislativas 26/10/2025: LLA cerca del 41% nacional |
| Encuestas vigentes | Balotaje: Flávio 52%, Lula 48% (Datafolha, votos válidos) | Desaprobación de Milei 61-65% (UdeSA, Zuban Córdoba) |
| Desempleo | 5,3% (trim. a agosto 2026, IBGE) | 7,9% (2º trim. 2026, INDEC) |
| Informalidad laboral | 37,4% de los ocupados (IBGE, 2º trim. 2026) | 45% de los ocupados, récord (INDEC, 2º trim. 2026) |
| Ingresos y precios | Renta media del trabajo +3,7% interanual (IBGE) | Inflación 33,5% y canasta básica total 38,3% interanual (INDEC, agosto) |
| Preocupación dominante | Violencia: de 10% a 30% entre 2023 y 2025 (Quaest) | Falta de trabajo 39%, salarios bajos 36% (UdeSA) |
| Desafección | Abstención 21,08%, la mayor desde 1998 | Participación 67,85%, la más baja desde 1983 |
Fuentes: TSE, Datafolha (8/10/2026), IBGE, INDEC, Quaest, ESPOP-UdeSA (agosto 2026), Zuban Córdoba (agosto 2026), Chequeado.
¿En qué se diferencian?
La primera diferencia es la dirección del cambio social. En Brasil, cerca de 40 millones de personas pasaron de la pobreza a la clase media baja durante los primeros gobiernos de Lula, y buena parte conserva esa posición. En la Argentina, las mejoras del período 2003-2015 empezaron a revertirse con la pandemia, y la caída se profundizó desde 2023. El brasileño que subió un escalón y el argentino que bajó uno desde la clase media llegan a un malestar parecido por caminos opuestos.
Esa diferencia tiene una base productiva. Brasil mantiene y amplía su industria, y su mercado interno amortigua las crisis. La Argentina repite un ciclo en el que cada etapa de crecimiento choca con la falta de divisas y cada ajuste cierra empresas y destruye empleo que tardan años en recuperarse. Las 26.448 empleadoras que desaparecieron desde fines de 2023 forman parte de ese entramado.
La segunda diferencia es la posición del campo popular. En Brasil, el PT gobierna y debe defender una gestión que el votante ya da por descontada. En la Argentina, el peronismo es oposición y cuenta con una pérdida real y reciente de ingresos y empleo, pero carga con el gobierno de 2019-2023, que terminó con inflación de tres dígitos y que el oficialismo usó con éxito en 2025.
La tercera es la agenda. En Brasil, la demanda se desplazó hacia la seguridad. En la Argentina, volvió a las necesidades materiales. En la encuesta de la Universidad de San Andrés de agosto, las principales preocupaciones fueron la falta de trabajo (39%), los salarios bajos (36%), la corrupción (34%) y la pobreza (30%). En ese terreno los partidos populares tienen ventaja, siempre que resulten creíbles.
La cuarta es institucional. Según Poder360, la primera vuelta brasileña dejó el mayor avance de la derecha desde el fin de la dictadura. El Partido Liberal tendrá 28 senadores desde 2027, más del triple que el PT, y al menos 115 diputados. De los 20 gobernadores electos el 4 de octubre, 13 son de derecha. Si Lula gana el balotaje, gobernará con un Congreso en contra. En la Argentina, el sistema se ordenó en dos polos, La Libertad Avanza y el peronismo, y las terceras fuerzas no lograron alterar esa dinámica.
La quinta se refiere al principal activo del gobierno argentino. En 2025, Milei ganó cuando consiguió que la elección girara en torno al temor de volver a la inflación alta. Ese argumento se debilita. En agosto de 2026 los precios subieron 1,7% en el mes, 21,3% en el año y 33,5% en doce meses, y la canasta básica total aumentó 38,3% interanual. La baja de la inflación, que el votante defendió hace un año, se percibe cada vez menos y puede llegar a 2027 como una promesa incumplida.
Conclusiones
La gestión no alcanza. Los indicadores muestran lo hecho, y el voto se decide sobre lo que viene. Un gobierno que presenta sus resultados como rendición de cuentas no suma apoyo por eso. Solo suma lo que el votante siente que puede perder o espera ganar.
El miedo a perder es la única excepción al voto castigo. En el ciclo reciente, el castigo a los oficialismos solo se interrumpió en la Argentina de 2025, cuando la elección se planteó como una amenaza a la estabilidad de precios. La aversión a la pérdida es el factor electoral más potente y puede beneficiar a cualquier fuerza política.
El votante cambió antes que los partidos. El monotributista, el repartidor, la comerciante de barrio o el trabajador de plataformas no se reconocen en programas pensados para quien recibe asistencia. Tampoco quieren menos Estado, porque dependen del hospital, la escuela y el transporte público. Necesitan oportunidades para progresar y protección al mismo tiempo.
El enojo tiene un límite. Meirelles distingue entre el votante enojado, que va a votar por su cuenta, y el votante cansado, que necesita una razón para hacerlo. El peronismo bonaerense ganó en septiembre de 2025 con el enojo contra el ajuste y perdió siete semanas después, cuando la elección pasó a ser sobre la estabilidad. La oposición a Milei es condición necesaria, pero no suficiente.
La seguridad y la estabilidad no son temas de la derecha. Son necesidades básicas de la población. Cuando los partidos populares no tienen propuestas sobre ellas, las ceden. Brasil lo paga hoy con la seguridad; la Argentina lo pagó en 2023 con la inflación.
- «La elección de la rabia se vence contra alguien. La del cansancio solo se vence a favor de algo.» Renato Meirelles
Estrategias para recuperar el apoyo popular
Conocer al nuevo votante. Los partidos populares conocen bien al trabajador sindicalizado y al beneficiario de programas sociales, y mucho menos al cuentapropista de 30 años que nunca tuvo un recibo de sueldo. El primer paso es saber con precisión cuánto gana el votante del sector intermedio, cómo trabaja, qué deudas tiene y dónde vive.
Un Estado que acompañe. Ese votante pide herramientas para progresar. Crédito productivo a tasas razonables, un monotributo simplificado con cobertura real de salud y jubilación, seguridad social para los trabajadores de plataformas, compras públicas a proveedores locales y asistencia técnica para las pymes que quieren exportar.
Propuestas medibles en la vida cotidiana. Meirelles propone explicar las políticas «en lenguaje de lunes», en términos de la semana del votante. Cuánto tiempo ahorra en el viaje, cuánto baja la cuota de la tarjeta, cuánto tarda un turno en el hospital, qué pasa con el alquiler. El endeudamiento de los hogares, un problema creciente en los dos países, es el tema donde ese enfoque puede dar resultados más rápido.
Propuesta propia en seguridad y estabilidad. En seguridad, presencia del Estado en los barrios, inteligencia contra el narcotráfico y el lavado, policía de proximidad y prevención. En economía, el peronismo necesita demostrar que puede crecer sin volver a la inflación alta, con un programa que amplíe las exportaciones industriales, la energía y la minería con proveedores locales para aliviar la falta de divisas. La estabilidad de precios beneficia sobre todo a los sectores populares, que son los más perjudicados cuando falta.
Poner la pérdida en el centro. En la Argentina, el votante que perdió empleo, salario o acceso a servicios ya sufrió el daño. La oposición tiene que lograr que esa pérdida pese más que el temor a volver al pasado y dar garantías creíbles de que un cambio de gobierno no implica regresar a la situación de 2023. En Brasil, Lula necesita presentar el empleo, los ingresos y la exención impositiva como conquistas en riesgo.
Renovar dirigentes y programa. Las demandas actuales son distintas de las que dieron origen a los liderazgos de Lula y de Cristina Fernández de Kirchner, y requieren una nueva generación de dirigentes. Las internas abiertas, la «unidad con competencia» que planteó Massa o la construcción nacional del Movimiento Derecho al Futuro de Kicillof serán útiles si producen un liderazgo legítimo y un programa nuevo. Una interna centrada en la herencia consumirá el año que el peronismo necesita para dirigirse a la sociedad.
Volver al territorio. Según Datafolha, Flávio Bolsonaro supera a Lula por 69% a 25% entre los evangélicos. Las iglesias ocupan en los barrios populares el lugar que antes tenían el sindicato, la unidad básica, el club y la sociedad de fomento. Recuperar esa presencia exige organización comunitaria permanente; las campañas digitales de último momento no la reemplazan. Es también la vía para llegar al votante ausente, que solo responde ante resultados visibles en su entorno.
El 25 de octubre
El resultado del balotaje brasileño será una referencia para la política argentina. Si Lula revierte la diferencia, habrá mostrado que un oficialismo popular puede convertir su gestión en una propuesta de futuro. Si pierde, confirmará que los logros no alcanzan para ganar una elección.
Esa conclusión tiene una consecuencia directa para el peronismo. Si el votante no premia una gestión vigente que mejoró su situación, menos premiará el recuerdo de un período que terminó hace más de diez años y cuyos beneficios ya no existen. Apelar a los años 2003-2015 no convence a un electorado que, además, duda de que sea posible volver a esa situación. El peronismo tiene un año para construir una propuesta para el votante actual, el que trabaja por su cuenta, el que perdió ingresos y el que dejó de votar porque no cree que sirva.
