Durante cuarenta años Washington apostó a que las finanzas y los servicios podían ocupar el lugar de la fábrica. Los datos de 2026 muestran qué pasó con esa apuesta, y quién terminó ocupando el terreno que Estados Unidos dejó vacante.
Antonio Muñiz,
En abril, la Casa Blanca celebró la reapertura de una planta de hojalata de US Steel en Gary, Indiana. Doscientos veinticinco puestos de trabajo, un comunicado que repetía la palabra «histórico» y la promesa de que ahí arrancaba «la ola de reshoring más grande de la historia americana». Los datos consolidados del año cuentan otra historia, con mucha menos prensa: desde enero de 2025 la economía estadounidense había perdido 75.000 empleos manufactureros. Doscientos veinticinco contra setenta y cinco mil. En esa sola comparación está resumido el estado real de la reindustrialización que sostiene buena parte del discurso político norteamericano desde hace una década.
LA PROMESA QUE NO CERRÓ
El plan tenía una lógica simple. Aranceles altos, sobre casi todos los socios comerciales, para que las empresas dejen de importar y empiecen a producir en suelo estadounidense. Año y medio después, la relación entre el anuncio y el resultado es la de casi cualquier plan de shock que ignora la estructura sobre la que actúa. El déficit comercial de bienes manufacturados es hoy un 5% más amplio que cuando Trump asumió su segundo mandato. El gasto en construcción de plantas industriales viene cayendo desde 2024, con una desaceleración del 44% en fábricas de electrónica y semiconductores desde su pico de mediados de ese año. Un informe de Rethink Trade del American Economic Liberties Project advirtió además que la breve contracción del déficit registrada a comienzos de 2026 respondió a un efecto puntual (la corrida de importadores para meter inventario antes de que entraran en vigencia los nuevos aranceles) y no a un cambio de tendencia.
El propio índice PMI de manufactura, que la administración exhibió en abril como prueba del repunte, mide expectativas y actividad de corto plazo. No mide estructura. Y la estructura, la que se construye con inversión de largo plazo en capacidad instalada, sigue yendo en la dirección contraria a la que promete cada comunicado oficial.
Ni siquiera en el escenario más favorable para Washington , la eliminación total del déficit comercial manufacturero, el empleo industrial dejaría de ser una porción marginal de la economía estadounidense.
LO QUE LOS NÚMEROS VENÍAN DICIENDO DESDE ANTES
El fracaso de los aranceles no inaugura un problema, lo hace visible. La participación de la manufactura en el PBI de Estados Unidos venía cayendo desde mucho antes de que Trump la convirtiera en bandera política. En el primer trimestre de 2017 representaba 10,7% del producto. Hoy representa 9,4%. Ese medio punto y monedas perdido en menos de una década resume una tendencia de cuatro décadas, la sustitución progresiva de la base productiva por una economía organizada alrededor de las finanzas, la propiedad intelectual, las plataformas digitales y la renta que produce emitir la moneda de reserva mundial. Durante mucho tiempo esa sustitución se vendió como evolución natural, el paso de una economía industrial a una economía de servicios y conocimiento, superior por definición a la anterior. El problema es que la evolución tuvo un costo que alguien terminó pagando, y ese alguien no fue Wall Street.
EL LUGAR QUE OCUPÓ CHINA
Mientras Estados Unidos discutía si su modelo de servicios podía sostenerse solo, China ocupó el espacio industrial que quedaba disponible, y lo hizo con una velocidad sin precedentes en la historia económica moderna. Su participación en el valor agregado manufacturero mundial pasó de 8,5% en 2004 a un rango de entre 28% y 30% en la actualidad, más que Estados Unidos, Japón y Alemania sumados. En dólares, el valor agregado manufacturero chino llegó a 4,66 billones, casi el doble de los 2,50 billones estadounidenses.
Lo relevante no es solo el volumen. Es hacia dónde se dirige el crecimiento reciente. En 2025 la manufactura de equipos creció 9,2% y la de alta tecnología 9,4%, muy por encima del promedio industrial chino de 5,9%. La inversión no se está quedando en la base histórica de manufactura liviana y ensamblaje, avanza sobre semiconductores, robótica, almacenamiento de energía y manufactura de precisión. La intensidad en investigación y desarrollo alcanzó 2,8% del PBI en 2025, un nivel que ya supera a las economías desarrolladas que durante décadas monopolizaron esa frontera.
China no repite el modelo de fábrica barata que le permitió crecer en los dos mil, está subiendo la escalera tecnológica al mismo tiempo que consolida volumen.
LA CUENTA QUE NADIE QUIERE HACER
El dato más incómodo para el relato oficial estadounidense no vino de un centro de estudios crítico del gobierno, sino de un ejercicio de proyección favorable a su propia hipótesis. El Peterson Institute calculó qué pasaría con el empleo manufacturero si Estados Unidos lograra (por vía de aranceles y sustitución de importaciones) eliminar por completo su déficit comercial de bienes industriales. El resultado (en el escenario más optimista posible) es un aumento de apenas 1,7 puntos porcentuales en la participación del empleo manufacturero sobre el empleo total, de 7,9% a 9,7%. Ese es el techo. No el punto de partida de una reindustrialización, el techo de lo que el instrumento arancelario puede lograr en el mejor de los casos.
La conclusión incomoda porque no depende de la voluntad política ni de cuánto tiempo se sostenga la guerra comercial. Depende de que buena parte de la capacidad instalada, la cadena de proveedores, la mano de obra calificada y la infraestructura logística que sostenían a la industria estadounidense ya no existen, y reconstruirlas no es una cuestión de aranceles sino de inversión pública sostenida durante una generación, algo que ningún gobierno de ese país, demócrata o republicano, mostró disposición a encarar.
¿QUÉ QUEDA DEL PROYECTO POSINDUSTRIAL?
Conviene precisar los términos. La sociedad posindustrial nunca fue un plan de desarrollo ejecutado con objetivos y recursos definidos, fue una descripción de tendencia que terminó funcionando como coartada. Legitimó, durante cuatro décadas, el desplazamiento del capital hacia la valorización financiera y la renta tecnológica, presentado como progreso inevitable antes que como una opción de política económica con ganadores y perdedores. La crisis actual no es el fracaso de un plan bien diseñado que salió mal, es la constatación de que una potencia puede sostener durante un tiempo el desequilibrio entre lo que produce y lo que consume mientras controle la moneda en la que el mundo comercia y se endeuda, pero ese margen tiene un límite.
China corrió la jugada inversa. Mantuvo comando estatal sobre la inversión, protegió y subsidió sectores considerados estratégicos, y usó el superávit comercial para financiar el ascenso en la cadena de valor en lugar de derivarlo hacia la especulación financiera.
El resultado, treinta años después, China es la potencia industrial más grande del planeta y EEUU redescubre, tarde y con las herramientas equivocadas, que ninguna sociedad puede sostenerse de manera indefinida sobre una economía de servicios, parasitaria de los recursos globales, montada sobre el dólar como moneda global, la apropiación de recursos naturales ajenos, el endeudamiento externo y la amenaza militar.
