Kicillof, Massa y Máximo Kirchner se sentaron a la misma mesa por primera vez desde octubre, con gobernadores y jefes de bloque, para blindar las PASO frente al avance oficialista. La cumbre del Hotel Emperador dejó algo más que una postura común: mostró en qué terreno se está reorganizando el mapa de poder peronista rumbo a 2027.
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Tres horas alcanzaron para lo que meses de gestos no habían logrado. En el Hotel Emperador porteño, Axel Kicillof y Máximo Kirchner volvieron a compartir mesa después de octubre del año pasado, con Sergio Massa oficiando de bisagra entre ambos y una decena de gobernadores e intendentes completando el cuadro. La escena, tan cuidada como cualquier otra en la política argentina, tenía un objetivo preciso: frenar el intento del Gobierno de eliminar o suspender las PASO antes de que la discusión se instale sola.
El detonante fue parlamentario. La semana anterior, el oficialismo había perdido en el Senado las votaciones de la Ley de Tierras y la de Manejo del Fuego, un traspié que reordenó las prioridades de la Casa Rosada hacia el terreno electoral. Ante la dificultad de reunir los votos para derogar directamente las primarias, la costumbre libertaria de negociar por goteo con los gobernadores empezó a ofrecer una salida intermedia: suspenderlas por un año. La diferencia no es menor. Eliminarlas requiere una mayoría que hoy no está garantizada; suspenderlas por única vez abre una ventana de negociación distrito por distrito, con la promesa de obras, fondos y transferencias como moneda de cambio.
Una interna que empieza a mirar hacia afuera
Del encuentro participaron los gobernadores Sergio Ziliotto (La Pampa), Gustavo Melella (Tierra del Fuego), Ricardo Quintela (La Rioja) y Gildo Insfrán (Formosa), además del senador santiagueño Gerardo Zamora y los jefes de bloque en Diputados y Senado, Germán Martínez y José Mayans. La lista de presentes funciona como mapa: representa la heterogeneidad de un espacio que gobierna provincias con estructuras productivas, capacidades fiscales y necesidades de financiamiento completamente distintas entre sí, y que sin embargo necesita producir una sola voz frente al Ejecutivo nacional.
Esa heterogeneidad es, históricamente, el mayor obstáculo interno del peronismo y también su principal fuente de representación territorial. Un gobernador patagónico con ingresos por regalías hidrocarburíferas no enfrenta las mismas urgencias que uno del norte grande dependiente de la coparticipación. Lo que unificó la mesa esta vez no fue una épica compartida sino algo más concreto: todos, sin excepción, necesitan que las reglas del juego electoral no se les modifiquen por decreto de conveniencia del oficialismo a diez meses de las urnas.
En ese sentido, la defensa de las PASO trasciende lo declarativo. Para un espacio que no logra saldar su propia interna de liderazgo, las primarias son la única herramienta institucional capaz de dirimir candidaturas sin que cada sector se sienta despojado. Eliminarlas equivaldría a trasladar esa disputa a un terreno de acuerdos de cúpula, con el riesgo de fractura que eso implica para una estructura ya tensionada por las diferencias entre el kicillofismo, el cristinismo y el massismo. Sostenerlas, en cambio, ordena la puja distributiva de poder interno bajo una regla común y verificable en las urnas.
El cálculo detrás de la maniobra oficial
La lectura que circuló entre los presentes fue explícita: la conducción libertaria subordina buena parte de sus decisiones institucionales al objetivo de la reelección presidencial de 2027, y la modificación del calendario electoral es una pieza de esa arquitectura. Reducir la competencia interna de las fuerzas opositoras, o directamente demorarla, opera como una forma de despejar el camino antes de que la oferta electoral se ordene.
La estrategia de Balcarce 50 no se limita al frente peronista. El mismo día en que la cumbre del PJ discutía cómo blindar las primarias, trascendía el armado de una mesa entre La Libertad Avanza y el PRO para explorar una alianza de cara a 2027, lo que confirma que la disputa por las reglas electorales atraviesa a todo el arco político y no es una preocupación exclusiva de la oposición.
Puertas adentro del peronismo, la negociación con los gobernadores por la suspensión de las PASO quedó explícitamente atada a otros reclamos pendientes: transferencias de fondos, obras paralizadas y la discusión del Presupuesto 2027. Es el mecanismo de siempre — la relación entre Nación y provincias mediada por la caja — pero potenciado por un contexto de asfixia fiscal distrital que deja a varios mandatarios con escaso margen para sostener posiciones de principios cuando lo que está en juego es la ejecución de obra pública o el giro de recursos coparticipables.
Lo que no se dijo con micrófono abierto
La cumbre no fue solo consenso. Trascendió que hubo cuestionamientos internos hacia los gobernadores de Catamarca y Tucumán, Raúl Jalil y Osvaldo Jaldo, señalados por sectores del PJ como funcionales al esquema oficialista en el Congreso. El término que circuló — colaboracionismo — anticipa que la construcción de una posición común está lejos de ser lineal, y que el costo de gobernar territorios con necesidades de financiamiento inmediatas puede empujar a distritos completos hacia acuerdos puntuales con la Casa Rosada, incluso cuando la mesa nacional del partido fija una postura distinta.
Ese es, en definitiva, el nudo estructural que atraviesa cualquier intento de unidad peronista: mientras la discusión programática se resuelve en Buenos Aires, la sustentabilidad política de cada gobernador depende de una ecuación fiscal que se define en la mesa de negociación con Nación. La coordinación partidaria, para ser efectiva, tendría que ofrecer algo que hoy no está garantizado — una alternativa de financiamiento provincial que no dependa de la buena voluntad del Ejecutivo nacional.
La mesa política, el dato que queda
Más allá de la foto, el resultado concreto de la cumbre fue el acuerdo para constituir una mesa política que articule de manera permanente a gobernadores, conducción partidaria y bloques parlamentarios. Es un intento de institucionalizar lo que hasta ahora fueron encuentros esporádicos y muchas veces bilaterales, y de dotar al espacio de un ámbito de coordinación capaz de sobrevivir a la próxima diferencia entre Kicillof y Máximo Kirchner, que en algún momento — la historia reciente del PJ bonaerense lo demuestra — va a volver a aparecer.
El desafío no es menor. Construir una mesa política funcional requiere algo que el peronismo no logró consolidar en los últimos años: un espacio de articulación estatal-partidaria capaz de procesar las diferencias territoriales sin que cada gobernador termine negociando en soledad su propia supervivencia fiscal frente a la Casa Rosada. La cumbre del Emperador fue un primer paso simbólico. La pregunta que queda abierta es si ese paso puede sostenerse cuando la discusión del Presupuesto 2027 obligue a cada uno de los presentes a elegir, otra vez, entre la lealtad de mesa y la necesidad de la caja.
