La secretaria general respaldó públicamente al ministro de Desregulación tras días de rumores de desplazamiento, pero el gesto vino acompañado de un doble filtro inédito sobre sus proyectos y de la incorporación de Ignacio Devitt como primer control político. El «Coloso» pasó la prueba, pero ya no decide solo.
Karina Milei resolvió este martes una tensión que llevaba semanas incubándose puertas adentro de la Casa Rosada. Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado señalado en privado por buena parte de la mesa política como responsable directo de las últimas derrotas legislativas del oficialismo, participó por primera vez de la reunión quincenal que encabeza la secretaria general de la Presidencia. Recibió, según fuentes oficiales, un respaldo explícito. Pero el encuentro —de más de dos horas y media, sin fotografía conjunta y con un nuevo mecanismo de control incorporado sobre la marcha— deja una pregunta que no es menor para entender la reconfiguración del poder libertario: ¿fue un respaldo político a Sturzenegger o una operación de control de daños que, en los hechos, le recorta la autonomía que tenía desde que reportaba de manera directa a Javier Milei?

EL RESPALDO QUE NO QUISO QUEDAR RETRATADO
La ausencia de fotografía no fue un detalle protocolar. Fue, en sí misma, un mensaje. Con versiones que hasta horas antes ponían en duda la continuidad de Sturzenegger en el gabinete, la mesa política —integrada de manera estable por el jefe de Gabinete Diego Santilli, el vicejefe Ignacio Devitt, el ministro de Economía Toto Caputo, el presidente de Diputados Martín Menem, la jefa del interbloque libertario en el Senado Patricia Bullrich, el armador nacional Lule Menem, el asesor presidencial Santiago Caputo y el secretario de Comunicación Fabián Fernández— decidió respaldarlo. Pero lo hizo sin dejar una instantánea que pudiera leerse como un cheque en blanco.
El vocero presidencial Adrián Ravier fue el encargado de poner en palabras el respaldo en conferencia de prensa: definió a Sturzenegger como una «figura clave» del gabinete y sostuvo que «gracias a Sturzenegger y al liderazgo del Presidente hemos podido aprobar más de 16.000 desregulaciones, en las cuales pudimos destrabar en gran parte ese Estado«. Antes que él, sólo Javier Milei —con reposteos de publicaciones del ministro sobre sus reformas— y la diputada Lilia Lemoine habían salido públicamente a sostenerlo. El respaldo, entonces, existió. Pero llegó tarde, medido, y con una cautela que contrasta con la centralidad que el propio Milei le asigna a la agenda desreguladora.
| El horno no estaba para bollos: la prueba es que no hubo foto del encuentro. Karina Milei sostuvo a Sturzenegger puertas adentro, pero eligió no exhibir ese sostén puertas afuera. |
LA CADENA DE ERRORES QUE MOTIVÓ LA REVISIÓN
El respaldo llega después de una seguidilla de traspiés que la propia mesa política atribuye, en privado, al estilo de gestión del ministro desregulador. En menos de dos semanas el Ejecutivo debió dar marcha atrás con el decreto que desregulaba el practicaje naval —una decisión que paralizó la circulación de unos 200 buques en los ríos nacionales— y retirar del proyecto de Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada los capítulos referidos a tierras y manejo del fuego, para evitar tanto una derrota legislativa como el deterioro del diálogo con la oposición aliada que el oficialismo todavía necesita para la reforma electoral.
Ese patrón —proyectos redactados con una lógica de desregulación pura, sin el matiz político necesario para sobrevivir en el Congreso— es lo que la mesa política identifica como el problema de fondo. No se trata de un cuestionamiento ideológico a la agenda de Sturzenegger, que Javier Milei considera central para su gestión, sino de un problema de timing y de cálculo político: la distancia entre la pureza doctrinaria del proyecto desregulador y la aritmética real de un Congreso donde La Libertad Avanza no tiene mayoría propia.
EL VERDADERO CAMBIO: LA SILLA ROTATIVA Y EL DOBLE FILTRO
Más allá del respaldo discursivo, la novedad estructural de la reunión fue otra: Karina Milei sumó por primera vez una silla rotativa a la mesa política, un mecanismo por el cual cada funcionario invitado debe presentarse a dar explicaciones sobre sus proyectos o su gestión. Sturzenegger fue el primero en pasar por esa silla, y lo hizo, según la reconstrucción periodística, dando explicaciones sobre el dogmatismo que le costó al oficialismo sus últimas derrotas legislativas.
A eso se sumó un segundo mecanismo, todavía más relevante: el doble chequeo de información. Además del control habitual que la mesa política ejercía sobre los temas de gestión, se incorporó un filtro adicional a cargo de los operadores del karinismo. Ignacio Devitt, el vicejefe de Gabinete, pasa a oficiar como primer control de todo proyecto que surja por fuera de la cúpula presidencial, proyectos que luego deberán ser validados por los hermanos Menem. Es decir: ningún proyecto de Sturzenegger —ni de ningún otro ministro invitado a la mesa en el futuro— llegará a instancia legislativa sin pasar antes por ese doble tamiz político.
RESPALDO O CONTROL: LA FALSA DICOTOMÍA
La pregunta que titula esta nota tiene, en rigor, una respuesta que no admite el «o» excluyente: fue las dos cosas a la vez, y esa simultaneidad es el dato político más importante de la semana. Karina Milei necesitaba sostener a Sturzenegger porque su hermano lo considera insustituible para la agenda de desregulación que es, a esta altura, el activo narrativo central del Gobierno frente a su electorado. Pero al mismo tiempo necesitaba dejar claro —ante el resto del gabinete, ante los gobernadores aliados y ante la propia sociedad de fenómeno libertario— que los errores de cálculo que le costaron dos derrotas legislativas en menos de un mes no volverán a filtrarse sin control político previo.
El dato clave es institucional, no discursivo: hasta ahora, Sturzenegger operaba con una autonomía excepcional dentro del gabinete, apoyada en el reporte directo que mantenía con el propio Javier Milei, sin necesidad de mediación de la mesa política ni de Karina. Esa arquitectura —un ministro técnico validado únicamente por el vínculo presidencial directo, típica de las delegaciones de autoridad que caracterizan a los liderazgos de baja institucionalización de gabinete— es exactamente la que la secretaria general empezó a desarmar esta semana. La incorporación de Devitt como filtro y de los Menem como instancia de validación no es un gesto de acompañamiento: es la construcción de una cadena de mando que hasta ahora no existía y que, en los hechos, subordina la agenda de Sturzenegger a la lógica de conducción política que Karina Milei ejerce sobre el resto del gabinete.
En otras palabras: el ministro conserva la agenda, pero pierde el atajo. Ya no negocia sus proyectos directamente con el Presidente por fuera del circuito de la mesa política; ahora debe atravesar un control que la propia jefatura de gabinete no tenía capacidad de imponerle hasta la seguidilla de errores de las últimas semanas. Es, en el vocabulario de la ciencia política argentina sobre el presidencialismo delegativo, el pasaje de una delegación pura —el experto que ejecuta sin mediaciones el mandato presidencial— a una delegación tutelada, donde la confianza técnica se mantiene pero la discrecionalidad se acota.
LA AGENDA QUE SIGUE: MERCADO DE CAPITALES, BCRA Y EL FIN DE LAS PASO
Tras la caída de los capítulos de tierras y manejo del fuego, la mesa política decidió impulsar como próximo paso el proyecto sobre mercado de capitales, uno de los textos de Sturzenegger que todavía no había sido presentado. Es una señal de que la agenda desreguladora sigue en pie, pero también de que su cronograma —qué proyecto se presenta, cuándo y con qué respaldo previo— ya no lo define el ministro en soledad, sino la mesa política que ahora audita su despliegue.
En paralelo, Karina Milei habilitó a Diego Santilli a recorrer el interior del país en un marco institucional que, en los hechos, funciona como antesala de dos acuerdos centrales para el segundo semestre: la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y la reforma política, que incluye la eliminación o suspensión de las PASO. Ambas son, según la caracterización que circula puertas adentro de Balcarce 50, las dos verdaderas obsesiones de los hermanos Milei de cara a 2027. La gira de Santilli y el nuevo control sobre Sturzenegger forman parte de una misma lógica: antes de embarcarse en la segunda mitad del mandato, Karina Milei está reordenando la cadena de decisión del oficialismo para que ningún proyecto vuelva a llegar al recinto sin el aval político que garantice, esta vez sí, los votos que la última seguidilla de derrotas dejó en evidencia que faltaban.
LO QUE QUEDA PLANTEADO
El episodio de esta semana no cierra la discusión sobre el lugar de Sturzenegger en el gabinete. El ministro pasó la prueba y retiene la centralidad que Javier Milei le reconoce como arquitecto de la desregulación, pero lo hace bajo un régimen de tutela que no existía hace un mes. Para la conducción política del oficialismo, la lección de las últimas semanas fue clara: la pureza doctrinaria de un proyecto no alcanza si no está calzada con el cálculo de gobernabilidad que sólo la mesa política puede garantizar. Esa es, en definitiva, la función que Karina Milei reafirmó esta semana, no la de acompañar la agenda técnica del Gobierno, sino la de decidir en qué términos y con qué controles esa agenda puede convertirse en ley.
