Buenos Aires quiere ser hub de IA: ¿qué falta para lograrlo?

En los últimos días, el Gobierno porteño volvió a colocar la inteligencia artificial en el centro de su agenda. Jorge Macri presentó ante el presidente de Corea del Sur el proyecto del Distrito IA y el ministro Hernán Lombardi sostuvo que Buenos Aires quiere convertirse en el hub de inteligencia artificial de América Latina.

Por Raúl Sánchez-


La aspiración es legítima: la Ciudad concentra talento, universidades, centros científicos, empresas tecnológicas e infraestructura digital que le permiten ocupar un lugar relevante en esta transformación.
Pero contar con capacidades no equivale a tener una estrategia. Y un verdadero hub
tecnológico no se construye solamente con anuncios, beneficios fiscales o una delimitación
en el mapa.
El Distrito IA propone atraer al Microcentro empresas vinculadas con inteligencia artificial,
ciencia de datos, automatización, procesamiento del lenguaje y robótica. Para ello,
contempla beneficios en Ingresos Brutos, Sellos, Impuesto Inmobiliario y derechos de obra,
además de financiamiento preferencial y un sandbox regulatorio para probar nuevas
tecnologías.
El proyecto combina, sin embargo, dos objetivos diferentes: revitalizar el Microcentro y
construir un ecosistema de inteligencia artificial. Ambos pueden ser válidos y
complementarios, pero no son equivalentes. Ocupar oficinas vacías, reconvertir inmuebles y
dinamizar una zona central puede ser una buena política urbana. Eso no garantiza, por sí
mismo, nuevas capacidades tecnológicas, investigación aplicada ni empresas innovadoras
de alcance regional.
La Ciudad tampoco parte de cero. Ya cuenta con un Distrito Tecnológico, el Parque de la
Innovación, universidades, centros de investigación y empresas distribuidas en distintos
puntos del territorio. El desafío no es sumar otra iniciativa aislada, sino explicar cómo se
articulará con las capacidades existentes y qué aportará que todavía no esté cubierto. La
experiencia de los distritos porteños muestra que un perímetro y un régimen tributario
pueden atraer radicaciones, pero no necesariamente construir un ecosistema articulado y
sostenible.
La inteligencia artificial requiere mucho más que concentración territorial: talento
especializado, capacidad computacional, acceso y gobernanza de datos, financiamiento,
investigación, grandes demandantes y reglas claras para experimentar y escalar soluciones.
También necesita instituciones capaces de coordinar esfuerzos y sostenerlos más allá de un
período de gobierno. Sin esa arquitectura, existe el riesgo de que la política tecnológica
termine subordinada a una estrategia de reactivación urbana e inmobiliaria.

Antes de implementar los beneficios, la Ciudad debería informar cuáles serán las
instituciones ancla, qué empresas asumieron compromisos concretos, cuál será el costo
fiscal y qué resultados se esperan. También falta conocer cómo se seleccionará a las
empresas participantes, qué criterios deberán cumplir, cuándo se abrirá la convocatoria y en
qué plazo se instalarán efectivamente las primeras firmas.
No son cuestiones secundarias. ¿Cuántas inversiones nuevas y empleos calificados se
crearán? ¿Cuántos proyectos de investigación y desarrollo se impulsarán? ¿Cómo se
distinguirá una inversión adicional de la simple mudanza de una empresa que ya opera en
otro barrio? Sin metas, plazos e indicadores públicos, será difícil saber si el distrito genera
nuevas capacidades o solamente redistribuye actividad dentro de la Ciudad.
La experiencia reciente de BAX (la IA de la Ciudad) muestra la importancia de diferenciar
difusión, utilización e impacto. El Gobierno informó más de 110.000 descargas durante sus
primeras semanas. Son cifras relevantes para conocer su adopción inicial, pero en esa
comunicación no se indicó cuántos trámites fueron efectivamente finalizados, qué
proporción de las consultas se resolvió sin derivaciones, cuánto se redujeron los tiempos ni
cuál fue la satisfacción de los usuarios.
Tampoco se conoce públicamente el costo integral de desarrollo y operación de BAX. En
paralelo, la Secretaría de Innovación y Transformación Digital preadjudicó una contratación
por más de $3.020 millones para doce meses de una plataforma de inteligencia artificial
conversacional y síntesis de voz, que incluye servicios y 8.000 horas de asistencia. La
documentación no permite considerar ese monto como el costo original ni exclusivo de BAX,
pero la magnitud de los recursos involucrados refuerza la necesidad de publicar resultados
concretos.
BAX puede ser una herramienta valiosa si simplifica trámites y mejora la relación entre el
Estado y la ciudadanía. Del mismo modo, el Distrito IA puede contribuir al posicionamiento
tecnológico de Buenos Aires. Pero en ambos casos la comunicación debe estar
acompañada por información sobre costos, funcionamiento e impacto.
Para que el Distrito trascienda el anuncio, los beneficios deberían estar condicionados a
inversión adicional, empleo calificado, capacitación, investigación y vinculación con
universidades y centros científicos. La Ciudad también podría utilizar sus compras públicas
y sus desafíos urbanos como espacios de validación temprana para soluciones
desarrolladas localmente. Todo ello debería acompañarse con metas verificables y
evaluaciones periódicas de acceso público.
Buenos Aires cuenta con condiciones para convertirse en un nodo regional de inteligencia
artificial.

La oportunidad existe. Lo que todavía falta demostrar es que detrás de la marca, la
aplicación y el nuevo distrito hay una estrategia capaz de articular capacidades, sostener
inversiones y producir resultados concretos. Un hub no se declara: se construye.

 

Director del CEDEAM, FCE-UBA