El reverso de la trinchera: Las mujeres que desafiaron y sufrieron la Guerra Civil Española

De la primera línea del frente a las organizaciones del bando rebelde y el drama de la retaguardia; el conflicto de 1936 rompió los roles de género tradicionales para dar paso a la emancipación armada, la movilización reaccionaria y la lucha por la supervivencia.

Por: Enrique Mestres


El estallido de la Guerra Civil Española en julio de 1936 no solo partió al país en dos mitades irreconciliables; también dinamitó, de la noche a la mañana, los cimientos del orden doméstico y los roles de género que habían imperado durante siglos. Mientras los hombres marchaban masivamente hacia los frentes de combate, las mujeres se vieron empujadas a asumir el control de una sociedad en guerra. Sin embargo, este proceso estuvo lejos de ser homogéneo. El conflicto forjó realidades drásticamente opuestas: desde la emancipación de las milicianas y la organización de los bandos de izquierda, pasando por el disciplinado fervor de las mujeres del bando rebelde, hasta la vulnerabilidad más extrema de las madres que debieron recurrir a la prostitución para que sus hijos no murieran de hambre.

Las Milicianas: Fusiles contra el patriarcado

En los primeros meses del conflicto, la zona republicana fue testigo de una imagen insólita que dio la vuelta al mundo: miles de mujeres jóvenes vestidas con monos azules —el uniforme obrero— empuñando fusiles en la primera línea de fuego. Anarquistas, comunistas y socialistas rompieron un tabú histórico combatiendo codo con codo junto a los hombres en frentes decisivos como Madrid, Mallorca y Aragón.

Guerra Civil Española: ¿una guerra de mujeres?

Esta primavera bélica de la igualdad duró poco. Hacia finales de 1936 y principios de 1937, el gobierno de la República inició la militarización de las milicias para crear el Ejército Popular Regular. Bajo el argumento de la «eficacia militar», se ordenó el repliegue de las mujeres a la retaguardia. Tras la medida subyacía un retorno al prejuicio de que el frente era un espacio estrictamente masculino. A partir de ese momento, la trinchera femenina se trasladó a las fábricas de armamento, los hospitales y las redes de transporte.

La retaguardia organizada: El fenómeno de ‘Mujeres Libres’

Mientras la guerra devoraba recursos y vidas, en la retaguardia republicana se gestaba una de las revoluciones sociales más avanzadas del siglo XX: Mujeres Libres. Fundada en mayo de 1936 por la escritora Lucía Sánchez Saornil, la abogada Mercedes Comaposada y la médica Amparo Poch y Gascón, esta organización anarquista llegó a agrupar a más de 20.000 afiliadas.

«No somos el complemento del hombre; la revolución obrera y la emancipación femenina deben ocurrir al mismo tiempo», sostenían sus fundadoras.

Durante los tres años de guerra, sus logros en las ciudades bajo control republicano fueron monumentales: abrieron los Casales de la Dona (Casas de la Mujer) para dar clases de alfabetización y formación técnica en mecánica o metalurgia; impulsaron escuelas de enfermería y clínicas de salud reproductiva donde se difundieron anticonceptivos y se defendió la legalización del aborto; y publicaron la revista homónima Mujeres Libres, un medio cultural y político escrito y editado exclusivamente por ellas.

El movimiento no solo luchó contra el fascismo, sino también contra el paternalismo de sus propios compañeros de la CNT y la FAI, quienes a menudo miraban con desconfianza la autonomía de la organización.

El bando rebelde: La movilización de la tradición y el yugo falangista

En la zona controlada por los militares sublevados (el bando rebelde), la realidad femenina corrió en una dirección diametralmente opuesta en lo ideológico, pero con un nivel de movilización igualmente masivo. En este lado del mapa no se buscaba la liberación ni la igualdad, sino la defensa de los valores tradicionales: la patria, la religión católica y la familia patriarcal. Sin embargo, paradójicamente, la guerra obligó a estas mujeres a salir del ámbito puramente doméstico.

El eje vertebrador de esta movilización fue la Sección Femenina de la Falange, dirigida por Pilar Primo de Rivera (hermana del fundador del partido fascista español). Con el avance de la guerra, Franco otorgó a esta organización el control absoluto sobre la retaguardia femenina a través del establecimiento del Servicio Social Obligatorio —el equivalente al servicio militar para las mujeres solteras de entre 17 y 35 años—.

Las mujeres del bando rebelde desempeñaron roles cruciales para el sostenimiento del ejército de Franco:

Auxilio Social: Inspirado en los modelos de la Alemania nazi y la Italia fascista, este cuerpo organizó comedores colectivos, enfermerías y centros de asistencia para huérfanos y familias en las zonas que el bando rebelde iba conquistando.

Lavaderos y talleres de costura: Miles de mujeres trabajaron en jornadas maratónicas lavando y remendando los uniformes de los soldados del frente, coordinadas bajo iniciativas como «El Aguinaldo del Soldado».

Enfermería y propaganda: Las mujeres de clases altas y medias se volcaron masivamente a los hospitales de campaña como enfermeras de la Cruz Roja, mientras que las delegaciones de propaganda adoctrinaban a la población en el nuevo orden nacionalcatólico.

La retórica de la Sección Femenina consagraba a la mujer como un ser sumiso y subordinado al hombre. Pilar Primo de Rivera llegó a afirmar que «el verdadero deber de las mujeres con la Patria es formar familias con una base de amor doméstico». Así, mientras las republicanas luchaban por emanciparse, las mujeres del bando rebelde se movilizaron activamente para restaurar un orden que las devolvía al control del hogar.

 La última trinchera: Prostitución y el drama del hambre

La cara más trágica y silenciada del conflicto se vivió en el terreno de la pura supervivencia y cruzó transversalmente las fronteras ideológicas. La destrucción de la economía, los bombardeos y la pérdida de los maridos —que eran el sustento económico de la época— dejaron a miles de madres solas al frente de sus hogares.

En la zona republicana, Mujeres Libres intentó combatir esta lacra considerando la prostitución la forma de explotación más cruel. Para ello crearon los «Liberatorios de Prostitución», centros que ofrecían asistencia médica, apoyo psicológico y formación profesional para dar a estas mujeres una salida laboral digna. Sin embargo, la escasez generalizada impidió que alcanzaran el éxito masivo.

La verdadera noche oscura para miles de mujeres llegó con el fin de la guerra en 1939 y los inicios de la dictadura franquista. Para las vencidas, las represalias políticas fueron brutales: rapadas, humilladas públicamente y vetadas del mercado laboral formal. En los conocidos como «años del hambre», la prostitución o el intercambio de favores sexuales por alimentos («estraperlo» sexual) se convirtió en la única vía disponible para no morir de inanición y alimentar a sus hijos.

Irónicamente, el nuevo régimen vencedor, a pesar de su retórica nacionalcatólica y su estricta moral puritana impulsada por la propia Sección Femenina, toleró y reguló los burdeles bajo un estricto control policial y médico. Se criminalizó socialmente a la mujer necesitada, pero se consumió y legalizó el servicio en la sombra.

El fin de una utopía

Con la victoria franquista, el mapa de la libertad femenina en España se borró de golpe. Las líderes de movimientos libertarios e izquierdistas tuvieron que emprender el camino del exilio hacia Francia o América Latina, mientras que las que permanecieron en el país sufrieron la cárcel o el ostracismo.

Por su parte, las mujeres del bando rebelde vieron triunfar su causa, pero a costa de quedar encasilladas por ley en una minoría de edad perpetua que les impedía abrir una cuenta bancaria, trabajar o viajar sin el permiso de sus maridos. El fin de la Guerra Civil supuso un drástico retroceso en los derechos civiles de las mujeres españolas que tardaría casi cuarenta años en empezar a recuperarse, dejando tras de sí las complejas historias de aquellas que combatieron con las armas, las que se organizaron para defender la tradición y aquellas que tuvieron que entregar sus propios cuerpos para salvar la vida de sus hijos.