El arranque de las vacaciones de invierno volvió a exponer los límites del programa económico sobre la actividad y el bolsillo de los sectores medios. Según relevó La Política Online entre operadores del sector, Mar del Plata comenzó el receso con apenas 25% de ocupación, de acuerdo a lo informado por la Asociación Empresaria Hotelera Gastronómica local. En otros puntos de la costa atlántica bonaerense el movimiento turístico no llegó siquiera al 20%, y varios hoteles decidieron directamente no abrir por razones de personal y mantenimiento. «Estar cerrado es ganancia», resumió un empresario hotelero consultado por el medio, una frase que sintetiza con crudeza la lógica de un mercado que se contrae: para una porción del sector, el costo de operar con la mitad de las habitaciones vacías supera al beneficio de mantener las puertas abiertas.
El cuadro se repite, con matices, en el resto de los destinos serranos de la provincia. Tandil, que el año pasado había alcanzado un movimiento turístico cercano al 80% en el arranque del receso, esta temporada abrió con un promedio de 55% de ocupación. En la Comarca Serrana de Tornquist el nivel ronda el 50%, y en Villa Gesell el escenario es todavía más crítico, con complejos hoteleros que directamente carecen de reservas pese a contar con propuestas de eventos para atraer visitantes. El sector reclama, además, una planificación más clara sobre la inversión de los recursos del Fondo de Promoción Turística de cara a la próxima temporada de verano.
No se trata de un fenómeno aislado del invierno. En Mar del Plata, según denunció el propio sector gastronómico y hotelero, en los últimos tres meses cerraron más de 40 establecimientos entre hotelería y gastronomía, con impacto directo sobre cientos de puestos de trabajo. Y el dato hotelero de julio se inscribe en una tendencia que las cámaras empresarias vienen documentando desde marzo: el sexto fin de semana largo del año, coincidente con el arranque del Mundial de fútbol, resultó según la Confederación Argentina de la Mediana Empresa (CAME) el de menor movimiento turístico de 2026, con una caída real del gasto diario por turista del 3,5% interanual y estadías que se acortaron de 2,3 a 2 días promedio. En el acumulado de los seis fines de semana largos del año, el flujo turístico se redujo 26% frente a igual período de 2025, pese a que el gasto nominal creció por el efecto precios.
La raíz: un salario que no logra despegar
La explicación del fenómeno hotelero no puede leerse por fuera de la evolución del ingreso real. El Índice de Salarios del INDEC muestra que las remuneraciones del sector privado registrado acumularon pérdidas reales en ocho de los últimos nueve meses, quedando 3,6% por debajo del nivel de noviembre de 2023, según el cálculo del Centro de Estudios para el Progreso Argentino (CEPA). El deterioro es todavía más marcado cuando se toma una serie más larga: un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA (IIEP-UBA) ubicó el poder adquisitivo del salario privado 14,9% por debajo del máximo de mayo de 2013, mientras que los salarios estatales acumulan una pérdida del 40% frente a su pico de una década atrás y permanecen 17% debajo de ese nivel. El propio salario mínimo, de acuerdo al mismo estudio, se ubicó en abril de 2026 por debajo del nivel registrado en 2001, antes del colapso de la convertibilidad.
Las últimas mediciones muestran apenas señales incipientes de recomposición —una mejora real del 0,9% en abril según el INDEC, atribuible en parte a sumas fijas extraordinarias en las paritarias—, pero los propios informes privados anticipan que el poder adquisitivo cerraría 2026 todavía por debajo de los niveles de fines de 2025. En ese contexto, no sorprende que el consumo de bienes no esenciales —turismo, gastronomía, indumentaria— sea el primero en ajustarse. La caída del 11,5% interanual en el consumo aparente de carne vacuna durante el primer semestre, medida por la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes (Ciccra), es otro síntoma de la misma restricción presupuestaria familiar que hoy se expresa en habitaciones de hotel vacías.
Competitividad cambiaria: el consumo que se fuga
Al deterioro del ingreso se suma un segundo factor, de naturaleza más estructural: la pérdida de competitividad cambiaria golpea al turismo receptivo y a los destinos nacionales, mientras habilita —para quienes conservan capacidad de ahorro— la fuga hacia el exterior. Voceros del sector hotelero y gastronómico atribuyeron parte de la recuperación reciente del turismo receptivo al reciente aumento del tipo de cambio, y advirtieron que, sin una baja de impuestos que reduzca la carga tributaria sobre el sector, esa sigue siendo la única vía de competitividad disponible. En paralelo, los datos de comercio exterior de servicios turísticos muestran que los sectores de mayor poder adquisitivo privilegiaron destinos internacionales durante el verano, mientras que quienes optaron por el turismo interno concentraron su elección en promociones y ofertas por debajo del costo. Es el patrón clásico de las economías con atraso cambiario: el consumo de las franjas de mayores ingresos se disocia del ciclo doméstico y migra hacia afuera, mientras el mercado interno —hoteles, gastronomía, comercio de cercanía— queda sostenido únicamente por la porción de la demanda que no tiene alternativa de fuga.
La combinación de ambos fenómenos —ingresos que no recuperan terreno y un esquema de precios relativos que desalienta el consumo doméstico de los sectores con mayor capacidad de gasto— configura el cuadro que hoy describen los hoteleros bonaerenses: habitaciones vacías no por falta de oferta, sino por una demanda que, cuando existe, opta por lo más barato, y que en franjas cada vez más amplias directamente no aparece. La frase «estar cerrado es ganancia» no es solo una anécdota sectorial: es el resumen más elocuente de cómo el ajuste sobre el salario se traduce, mesa por mesa y habitación por habitación, en la economía real de los pueblos y ciudades bonaerenses.
