La primera vuelta colombiana consagró a Abelardo de la Espriella —admirador confeso de Milei, Bukele y Trump— como el candidato más votado. Para el ex presidente Ernesto Samper, el resultado no es un hecho aislado: es una pieza más de la reorganización conservadora del continente impulsada desde Washington. El balotaje del 21 de junio definirá si Colombia se suma al bloque o si el Pacto Histórico de Iván Cepeda logra resistir la marea.
Bogotá, 31 de mayo de 2026. – – Con el 99,87% de las mesas escrutadas, la primera vuelta de las elecciones presidenciales colombianas arrojó un resultado que pocos analistas habían anticipado con tanta nitidez: el candidato de la derecha radical, Abelardo de la Espriella, se impuso con el 43,73% de los votos —más de 10,3 millones de sufragios— sobre el oficialista Iván Cepeda, delfín de Gustavo Petro, quien alcanzó el 40,91%. La diferencia no llegó a 700.000 votos, pero el mensaje político fue contundente. Por segunda vez consecutiva, Colombia puso a la izquierda a la defensiva y empujó al país hacia el balotaje del 21 de junio, esta vez con la derecha en posición de ventaja.

El candidato del momento.
Abelardo Gabriel de la Espriella Otero, 47 años, nacido en Bogotá pero criado en Montería, abogado penalista y empresario con ciudadanías colombiana, italiana y estadounidense, representa el arquetipo del outsider de ultraderecha que en los últimos tres años ha irrumpido en media docena de democracias latinoamericanas. Sin cargo político previo, construyó su candidatura desde las redes sociales y el movimiento Defensores de la Patria, que presentó ante la Registraduría con cinco millones de firmas de respaldo.
Su referencia explícita es el triángulo Trump-Bukele-Milei. Promete gobernar Colombia con ‘mano de hierro’ —calcando el modelo carcelario de El Salvador—, aplicar una ‘motosierra’ al Estado y romper con ‘las castas políticas’ que, en su relato, son indistinguibles de la izquierda petrista y del uribismo tradicional. Ese doble rechazo a la política establecida explica su rédito: el uribismo derrumbado —Paloma Valencia no llegó al 7%— le dejó sin competencia el espacio de la derecha, mientras el discurso antisistema le capturó el voto joven y urbano desencantado de Petro.
La reacción internacional fue inmediata y reveladora. Javier Milei fue uno de los primeros mandatarios en felicitarlo vía redes sociales: ‘La libertad avanza’, escribió el presidente argentino. El senador estadounidense Bernie Moreno —nacido en Colombia y presente en el país durante la jornada— también saludó el resultado y advirtió que ‘el trabajo no está terminado’. El continente de derechas ya tiene su candidato en la carrera.
«Colombia no escapa del escenario global. América Latina está en un proceso peligroso de bukelización, respaldado por la gente de Trump» — Ernesto Samper, expresidente de Colombia
El concepto que organiza la época.
Ernesto Samper, quien gobernó Colombia entre 1994 y 1998 y luego se desempeñó como secretario general de la Unasur, observa los resultados desde Bogotá y ofrece un diagnóstico de largo alcance. En diálogo con Página/12, el ex mandatario habló de un proceso de ‘bukelización’ que avanza por el continente con respaldo activo de Washington.
La categoría es más precisa que el genérico ‘giro a la derecha’: remite al modelo político concreto de Nayib Bukele —mano dura policial, reducción draconiana de las libertades civiles, concentración del poder en el ejecutivo, uso intensivo de redes sociales como herramienta de legitimación— que se ha convertido en el paradigma al que apuntan los nuevos líderes conservadores de la región. De la Espriella, Milei, Kast: todos lo mencionan como referente.
Para Samper, el fenómeno tiene además una dimensión geopolítica que lo distingue de los ciclos conservadores anteriores. Las relaciones internacionales, señala, ya no transcurren entre Estados soberanos sino entre gobiernos del mismo signo ideológico: el bloque panamericano que articula Trump con sus pares latinoamericanos —excluyendo deliberadamente a Colombia, México y Brasil del ‘Escudo de las Américas’ contra el narcotráfico— opera con la lógica de una internacional conservadora avant la lettre.
«La integración prosperó cuando la mayoría de los países eran progresistas: Cristina, Lula, Chávez, Correa y Evo. Hoy eso es imposible» — Ernesto Samper
El mapa continental.
Los datos respaldan la lectura de Samper. Entre 2023 y el primer bimestre de 2026, se celebraron catorce elecciones presidenciales en América Latina. Once fueron ganadas por fuerzas de derecha, aunque heterogéneas en su orientación. El punto de inflexión fue 2023: Santiago Peña en Paraguay, Daniel Noboa en Ecuador y Javier Milei en Argentina. En 2024 se sumaron José Raúl Mulino en Panamá, Bukele en El Salvador y Luis Abinader en República Dominicana. El ciclo se profundizó en 2025 con José Antonio Kast en Chile, la reelección de Noboa y resultados favorables en Bolivia y Honduras.
Solo tres victorias escaparon a la tendencia: Bernardo Arévalo en Guatemala, Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay. Es decir, las tres grandes excepciones son también los tres países donde la izquierda construyó propuestas sólidamente nacionales y propias, sin dependencia simbólica de los ciclos progresistas anteriores. La lección es relevante para el Pacto Histórico de cara al 21 de junio.
La crisis de legitimidad: Petro impugna el conteo.
La noche del domingo no solo deparó resultados electorales: deparó también una crisis institucional de primer orden. Minutos después de conocerse el preconteo que ubicaba a De la Espriella en primer lugar, el presidente Gustavo Petro publicó una larga declaración en la que rechazó los resultados preliminares, cuestionó la empresa privada de los hermanos Bautista encargada del software de conteo —cuyos algoritmos, alegó, habían sido modificados en tres oportunidades durante la semana previa— y advirtió sobre un presunto desfase de 855.000 cédulas entre el censo oficial y los datos del sistema.
«El llamado conteo transmitido no tiene fuerza vinculante. Sus datos no son norma pública», escribió Petro, antes de agregar: «Como presidente no acepto los resultados del preconteo de la firma privada de los hermanos Bautista». La declaración desató una ola de críticas de todos los sectores de la oposición.
El expresidente Iván Duque acusó a Petro de querer ‘desconocer la democracia’. El senador Efraín Cepeda —homónimo del candidato oficialista— calificó la actitud presidencial como la de un ‘mal perdedor’. Andrés Forero, desde la Cámara de Representantes, fue más tajante: ‘Desconoce los resultados porque no lo favorecieron’. Cepeda, el candidato, anunció que esperará el escrutinio oficial y también cuestionó el preconteo, aunque sin la contundencia del jefe de Estado.

El propio Petro se encargó de matizar su posición: aclaró que respetará los resultados definitivos que surjan del escrutinio a cargo de las comisiones dirigidas por los jueces de la República. La distinción entre el preconteo —de naturaleza informativa y sin fuerza jurídica— y el escrutinio oficial es técnicamente correcta, aunque el tono presidencial había puesto ya en circulación el fantasma del desconocimiento institucional, algo que la derecha supo capitalizar de inmediato.
El escenario del balotaje: ¿Puede resistir la izquierda?
La distribución territorial del voto anticipa una segunda vuelta de alta intensidad. Cepeda se impuso en varias regiones de la Costa Caribe, el Pacífico y el sur del país —áreas con fuerte impronta del petrismo y mayor presencia de comunidades afrodescendientes e indígenas—, mientras De la Espriella dominó en el centro y el oriente colombiano, zonas de mayor urbanización y clases medias desencantadas.
El aritmética de las alianzas pesa sobre el candidato derechista: Paloma Valencia, del Centro Democrático —el partido de Álvaro Uribe—, anunció su apoyo a De la Espriella apenas conocidos los resultados. El ex presidente Uribe también hizo pública su posición en el mismo sentido: ‘Colombia no puede seguir en el camino de convertirse en una sucursal del chavismo’, declaró. Sumados los votos de Valencia a los de De la Espriella, la brecha sobre Cepeda se ensancha considerablemente. La pregunta es si el Pacto Histórico puede movilizar suficiente voto propio y capturar al electorado de centroizquierda sin soporte expreso del uribismo.
Samper cree que Cepeda tiene una fortaleza específica para ese escenario: su trayectoria en los procesos de paz. ‘Si algo sabe Cepeda es sobre negociaciones de paz. Si es elegido presidente, va a restablecer las negociaciones con el ELN, porque esa es su fortaleza’, sostiene el ex mandatario. Para Samper, el cuadro del balotaje es simple en su formulación: ‘Será una pelea entre los buenos y los malos, en un contexto muy polarizado’.
La integración regional: Una quimera bajo Trump.
Más allá del resultado colombiano, Samper plantea una preocupación de fondo que trasciende la coyuntura electoral: la desintegración de los mecanismos de cooperación regional. Para el ex secretario general de la Unasur, la integración latinoamericana prosperó en la medida en que una mayoría de gobiernos compartía orientaciones progresistas. Hoy ese ciclo está roto, y la política exterior de Trump lo consolida activamente.
El ‘Escudo de las Américas’ —la coalición antidrogas articulada por Washington— excluyó deliberadamente a Colombia, México y Brasil, los tres países de mayor peso en el tráfico de estupefacientes. Para Samper, la exclusión no es un error técnico sino una señal política: el objetivo no es la cooperación entre Estados sino la conformación de un bloque ideológico. El mismo principio organiza el renovado ‘Grupo de Lima’, la reunión de países de derecha contra el narcotráfico que operó en meses recientes.
La Venezuela del período de transición —luego del operativo que dejó a Nicolás Maduro detenido y abrió paso a un gobierno encabezado por Delcy Rodríguez— es también pieza del tablero. Samper califica el operativo como ‘absolutamente bochornoso: secuestrar a un presidente matando a 120 personas no se veía desde hace 50 años, desde la Operación Cóndor’. Sin embargo, reconoce que la transición encontró en Delcy Rodríguez a alguien con capacidad real de mover las piezas del régimen. La incógnita es si esa transición se consolida como una salida negociada o se convierte en otro flanco de presión sobre los gobiernos progresistas que quedan en pie.
Las tres semanas que separan la primera vuelta del balotaje del 21 de junio no son simplemente tiempo de campaña. Son el lapso en que Colombia decidirá si se suma a la marea conservadora que —con once victorias sobre catorce— ha redibujado el mapa político del continente desde 2023, o si el Pacto Histórico logra la hazaña de remontar desde la segunda posición en el escenario de mayor polarización que registran las elecciones colombianas en años recientes.
En ese marco, el diagnóstico de Samper cobra toda su relevancia. La ‘bukelización’ no es solo un fenómeno estético de líderes con retórica dura y escenografía autoritaria: es, en su lectura, un proyecto geopolítico articulado desde Washington que reorganiza la región en un bloque panamericano excluyente. Colombia, en el balotaje, elige entre ser parte de ese bloque o mantenerse —con Brasil, México y los restos del ciclo progresista— como un contrapeso en retirada pero todavía existente. Las urnas del 21 de junio hablarán por el continente entero.
Redacción Data Política y Económica
