Investigaciones de la London School of Economics y el Fondo Monetario Internacional convergen en una conclusión devastadora para el dogma neoliberal: los recortes impositivos a los sectores más ricos no generan crecimiento ni empleo. Solo favorecen la concentración de la riqueza. Con Donald Trump firmando en 2025 la mayor transferencia de ingresos hacia el 1% de la historia reciente, la pregunta ya no es académica: es política.
Por ANTONIO MUÑIZ
La teoría y su fracaso documentado
Desde que Ronald Reagan prometió en 1981 que bajarles los impuestos a los ricos haría crecer la economía para todos, la idea ha servido como argumento rector de la política fiscal en las democracias occidentales. Margaret Thatcher la aplicó en el Reino Unido, George W. Bush la replicó dos veces en Estados Unidos, y Donald Trump la convirtió en legislación en 2017 con la Tax Cuts and Jobs Act (TCJA). En 2025, ya en su segundo mandato, Trump volvió a la carga: firmó en julio la llamada «One Big Beautiful Bill», que extiende y profundiza los beneficios fiscales para los sectores de mayores ingresos.
La premisa es siempre la misma: si se libera capital en la cima de la pirámide distributiva, ese dinero fluye hacia abajo en forma de inversión, empleo y salarios más altos. La metáfora del «derrame» o «goteo» —trickle-down economics, en inglés— tiene cuatro décadas de vigencia política. Y casi ningún respaldo empírico.
«Los recortes de impuestos para los ricos aumentan la desigualdad del ingreso pero no tienen ningún efecto significativo sobre el crecimiento económico ni sobre el desempleo.» — Hope y Limberg, Socio-Economic Review, 2022
La investigación más citada sobre este tema es la del economista David Hope, del Instituto Internacional de Desigualdades de la London School of Economics (LSE), y Julian Limberg, del King’s College de Londres. Publicada originalmente en 2020 como documento de trabajo y editada en 2022 en la revista Socio-Economic Review, analizó cinco décadas de datos fiscales en 18 economías avanzadas.
La conclusión fue taxativa: los recortes impositivos para los sectores de altos ingresos enriquecen a los ricos y no producen ningún beneficio macroeconómico perceptible para el conjunto de la sociedad.
¿Qué pasa cuando bajan los impuestos a los ricos?
El estudio de Hope y Limberg identificó con precisión el mecanismo que opera en lugar del prometido «derrame»: cuando los altos ejecutivos y directores de empresas pagan menos impuestos, no invierten más en producción ni contratan más trabajadores. En cambio, negocian de manera más agresiva su propia compensación a expensas directas de los trabajadores situados más abajo en la distribución del ingreso. El fenómeno tiene nombre en economía: búsqueda de rentas, o rent-seeking. En lugar de crear riqueza nueva, los más poderosos se apropian de una porción mayor de la riqueza existente.
Los datos históricos acompañan esa tesis. Según cifras de la Reserva Federal de Estados Unidos, en 2024 el 1% más rico de los hogares poseía el 31% de todos los activos del país, frente al 23% que concentraba en 1989 —cuando comenzaron a madurar las reformas fiscales de la era Reagan. En el mismo período, la participación del 50% más pobre en la riqueza nacional cayó del 3,5% al 2,5%. El ingreso del 1% más rico creció un 275% entre 1979 y 2007; el del quintil inferior, apenas un 18%.
«La desigualdad creciente no es un efecto colateral inevitable del crecimiento: es su principal enemiga.» — FMI, Boletín de investigación sobre desigualdad
El argumento de que los recortes fiscales se «pagan solos» mediante el crecimiento económico que generan tampoco sobrevive el escrutinio. En los años 2000, pese a las sucesivas rebajas impositivas para empresas y grandes fortunas, el crecimiento del PBI de Estados Unidos promedió apenas el 2,5% anual. En contraste, durante la década de 1950 —cuando la tasa marginal máxima del impuesto a la renta era superior al 90%— el crecimiento anual promediaba el 4% y el empleo se expandía al 7,1%. El propio economista N. Gregory Mankiw, de Harvard, reconoció en 2017 que solo alrededor de un tercio de la pérdida de recaudación provocada por recortes impositivos puede compensarse mediante el crecimiento económico resultante.
El FMI también lo dice: la desigualdad frena el crecimiento
La convergencia en este diagnóstico trasciende el debate ideológico. El Fondo Monetario Internacional —institución que históricamente impulsó la agenda de ajuste fiscal y apertura de mercados— ha producido en los últimos años una serie de investigaciones que apuntan en la misma dirección: la desigualdad reduce la duración y la calidad del crecimiento económico. Un seminario de alto nivel del FMI reunió a economistas que concluyeron que crecimiento y desigualdad son, en términos estructurales, mutuamente incompatibles.
Para América Latina, la institución fue aún más precisa: las reformas tributarias progresivas —que aumentan la carga sobre los sectores de mayores ingresos y alivian la presión sobre los de menores— no solo reducen la desigualdad sino que también favorecen la sostenibilidad fiscal. El análisis del propio FMI para la región señala que la mayoría de los países latinoamericanos presentan una importante brecha entre la recaudación efectiva y la potencial, y que cerrarla mediante impuestos más progresivos constituye una palanca de desarrollo disponible y subutilizada.
Trump 2025: el regreso del dogma con más potencia
El contexto actual torna el debate todavía más urgente. La «One Big Beautiful Bill», firmada por Donald Trump el 4 de julio de 2025, representa la mayor redistribución ascendente del ingreso en la historia reciente de Estados Unidos. Según estimaciones del Comité de Presupuesto del Congreso y la Comisión Conjunta de Tributación, la ley le costará al fisco estadounidense entre 3,4 y 4,5 billones de dólares en una década. De ese total, el grueso beneficia a los sectores de ingresos más altos.
Las cifras son elocuentes: los hogares que ganan menos de 28.600 dólares al año recibirán un recorte promedio de apenas 110 dólares; los del 1% más rico, con ingresos superiores a 914.900 dólares, verán reducida su carga fiscal en 80.680 dólares promedio al año. Para quienes superan el millón de dólares de ingresos, el ahorro en 2027 será de 114.000 millones de dólares en conjunto —más del triple de lo que recibió ese mismo grupo con la TCJA de 2017. En paralelo, el proyecto recorta gasto en salud, alimentación y otros programas sociales que sostienen a los sectores de menores ingresos.
«El 1% más rico de los hogares estadounidenses recibirá al menos un billón de dólares en beneficios fiscales en la próxima década. Los grupos de bajos ingresos pagarán más impuestos.» — Centro para la Economía de las Políticas Presupuestarias, CEIBS, 2025
El impacto sobre el déficit fiscal es igualmente severo. El «gap» fiscal de Estados Unidos —la brecha entre gasto e ingresos expresada como proporción del PBI— pasará del 2,1% al 3,3% como consecuencia directa de estas medidas, según el Economic Policy Institute. La deuda pública, que ya se encuentra en niveles históricamente elevados, seguirá creciendo. La promesa de que el crecimiento inducido compensará la pérdida de recaudación es, según el consenso de los economistas, una ilusión: el propio director de la Oficina de Presupuesto del Congreso, Phillip Swagel, advirtió sobre el «formidable» impacto fiscal de estas medidas.
¿Por qué persiste una idea que no funciona?
Si la evidencia acumulada durante medio siglo es tan contundente, ¿por qué la economía del derrame sigue siendo políticamente poderosa? La investigación de Hope y Limberg ofrece una pista: el ciudadano promedio está mayoritariamente desinformado sobre el hecho de que los impuestos a los ricos han caído de manera dramática en los últimos cuarenta años. Cuando se les suministra esa información, la probabilidad de que apoyen nuevos recortes para los sectores más ricos cae de manera significativa —y el efecto es especialmente pronunciado entre votantes republicanos.
La otra explicación es más estructural. Thomas Piketty, el economista francés cuya obra Capital en el Siglo XXI transformó el debate global sobre la desigualdad, sostiene que en un sistema capitalista sin reformas redistributivas activas, la tasa de retorno del capital supera sistemáticamente la tasa de crecimiento de la economía. Eso significa que quienes ya tienen riqueza acumulada la hacen crecer más rápido que el resto, independientemente del nivel de los impuestos. Sin intervención fiscal activa, la concentración es el resultado natural —no el exceso— del sistema.
La narrativa del derrame no triunfa porque funcione: triunfa porque es útil para quienes tienen el poder político y económico para instalarla. Las corporaciones que más se beneficiaron de los recortes de Trump en 2017 no usaron el ahorro fiscal para contratar trabajadores: lo destinaron a la recompra de acciones propias. Entre las 100 empresas del S&P 500 con los salarios medios más bajos, el gasto en recompras de acciones entre 2019 y 2023 ascendió a 522.000 millones de dólares —fondos que, de haberse destinado a salarios, habrían pagado a los trabajadores despedidos durante años.

La economía del derrame no es solo una teoría fallida: es un relato político al servicio de la concentración del capital. Cincuenta años de datos en dieciocho países, más la evidencia acumulada sobre las consecuencias de las políticas de Trump, Milei, y antes Reagan y Thatcher, permiten una conclusión sin margen de duda razonable: bajarles los impuestos a los ricos no hace crecer la economía. Solo hace crecer a los ricos. La discusión ya no es técnica. Es sobre quién gobierna y para beneficio de quiénes.
Antonio Muñiz
DATA POLITICA Y ECONOMICA
