El gobernador bonaerense encabezó la clase inaugural del curso de formación política del PJ ante 18 mil personas, disparó contra Milei con munición académica y le dio la «bienvenida» a Sergio Uñac, el senador sanjuanino que ya se proclamó su «contrincante directo» rumbo a 2027. La disputa por la conducción del peronismo salió del cuarto oscuro.
El Teatro Coliseo Podestá de La Plata estaba colmado. Dirigentes, militantes, funcionarios e intendentes ocupaban cada butaca y cada pasillo cuando Axel Kicillof tomó la palabra para convertir una clase inaugural en un acto político de alta densidad. Era la tarde del 14 de mayo y el gobernador bonaerense, flamante presidente del PJ provincial desde fines de abril, inauguraba el curso de formación «Presente y futuro de la Argentina en un mundo en transformación» con una ponencia que duró más de una hora y que nadie en la sala escuchó como si fuera un seminario universitario.

«Soy profesor hace años, pero nunca di una clase para 18 mil personas al mismo tiempo», dijo, y la cifra incluía a quienes siguieron el evento por streaming desde distintos puntos del país. «El interés que este curso suscita es una señal política profunda», agregó. «Nos intentan convencer de que lo máximo que podemos tener de atención es lo que dura un video de TikTok o un tuit. Quieren que pensemos que hay desinterés. Yo creo que no: hay interés por las ideas, hay compromiso».
Lo que siguió fue mucho más que una clase de economía política.
El diagnóstico global como munición doméstica
Kicillof trazó un arco que arrancó en el Consenso de Washington, pasó por la crisis financiera de 2008 y llegó hasta Donald Trump negociando en Beijing. El hilo conductor era uno solo: el agotamiento del dogma neoliberal que, según el gobernador, sigue aplicándose en Argentina como si nada hubiera cambiado en el mundo.
«En Argentina y Sudamérica el Consenso de Washington se volvió una religión», afirmó. «Era un buen gobierno el que se arrodillaba ante el decálogo neoliberal: privatización de empresas, ajuste, apertura indiscriminada, endeudamiento externo, flexibilización laboral y quita de derechos bajo una supuesta teoría del derrame. Nos decían que la inversión iba a llegar como una cascada». La mención a la cascada no fue casual ni inocente: apuntó directamente a la pileta de la residencia del jefe de Gabinete Manuel Adorni, en ese momento bajo investigación judicial.
La crisis de 2008 fue el siguiente mojón. «La solución fue una sola: salvar a los bancos norteamericanos y europeos. Mientras tanto, los países centrales se habían desindustrializado, tenían déficit fiscal y comercial de décadas y habían perdido la capacidad de regular el flujo de capitales». Sobre el presente, fue contundente: «Hoy Trump tuvo que llevar a los empresarios estadounidenses más importantes a China para ponerse de acuerdo. Ese orden mundial desde la caída del Muro de Berlín no existe más». Y remató: «Invito a ver las bravuconadas de la derecha en general y de Trump en particular como un símbolo de debilidad, no de fortaleza».
La conclusión de todo ese recorrido intelectual aterrizó sobre el Gobierno nacional con la fuerza de un cargo formal: «Argentina, donde gobierna un presidente retrógrado, anacrónico y absurdo con teorías que no sirven más, es el único país que no cuida su soberanía, su industria, sus empleos. Es estúpido, vende patria y no va más. Estamos ante una transición y hay enormes oportunidades que estúpidamente estamos desperdiciando, de manera criminal, aplicando recetas viejas que favorecen intereses concentrados».
La militancia respondió con lo que ningún curso universitario genera al final: el canto de «Axel presidente».
El guiño kirchnerista y el cierre de escena
El discurso tuvo su propio crescendo simbólico. Kicillof reivindicó con nombre y apellido las políticas de los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner —»Lo que se hizo en la década ganada era contra hegemónico. Hoy, de manera reivindicativa, digo que industrializar, preservar la soberanía y hacer más inclusivo el proceso de crecimiento: esas teorías que nos quisieron hacer olvidar hoy son el nuevo consenso mundial»— y cerró con una proclama que no dejó margen para interpretaciones: «Viva Perón, viva Evita, viva Néstor, viva Cristina».
El escenario que lo flanqueó fue una fotografía del estado del partido: la vicegobernadora Verónica Magario, el presidente de la Cámara de Diputados bonaerense Federico Otermín, el secretario general del PJ bonaerense Mariano Cascallares y el intendente platense Julio Alak, organizador del evento y secretario de Formación del partido. Alak, con aspiraciones propias a la gobernación —por impedimento constitucional Kicillof no puede reelegir—, abrió el acto con un llamado a construir «un plan de gobierno para la Argentina de 2027» y prometió «devolver a la militancia la capacidad de conocer y transformar la realidad».

La interna que ya tiene nombre: Uñac
Antes de entrar al teatro, los periodistas lo detuvieron. La pregunta era inevitable: ¿Qué opinaba de Sergio Uñac, el senador nacional y exgobernador de San Juan que dos días antes había confirmado en un canal de streaming su precandidatura presidencial y lo había señalado como su «contrincante directo» dentro del peronismo?
La respuesta de Kicillof fue escueta, técnicamente cordial y estratégicamente esquiva: «Bienvenidos todos los compañeros y compañeras porque hay mucho entusiasmo dentro del peronismo». Y enseguida corrió el foco: «Para nosotros este no es un año de campaña ni de candidatura. Tenemos una responsabilidad muy grande, que es gobernar la provincia de Buenos Aires con Javier Milei como presidente que genera una crisis económica muy grande».
El contraste entre la declaración de Kicillof y el movimiento de Uñac condensa en pocas líneas la tensión que atraviesa al peronismo. Mientras el gobernador bonaerense construye poder desde la gestión y evita formalizar una candidatura que todos sus colaboradores dan por descontada, el sanjuanino decidió salir a la cancha con el nombre propio: «He tomado una decisión personal y es ser candidato», declaró en Blender. «Hay gente de peso que acompaña». Y propuso lo que el kirchnerismo nunca terminó de aceptar: una interna abierta para dirimir las candidaturas, mecanismo que ya recibió el respaldo explícito de Cristina Fernández de Kirchner.
La geometría interna del PJ es por eso más compleja que una simple dualidad Kicillof-Uñac. El sanjuanino viene tejiendo una red de apoyos que cruza sectores del kirchnerismo bonaerense —especialmente la estructura territorial de La Cámpora en el conurbano— con dirigentes del peronismo federal alejados del núcleo kicillofista. Su agrupación «Primero la Patria» ya organizó actos con presencia de Máximo Kirchner. La apuesta es partir el voto bonaerense, que representa casi el 40% del padrón electoral nacional, desde adentro del propio espacio.
Kicillof, por su parte, apuesta a un camino diferente: consolidar estructura territorial, ampliar su base con el Movimiento Derecho al Futuro y polarizar con Milei en el terreno donde se siente más cómodo —la discusión económica y el rol del Estado— antes de que el calendario electoral lo obligue a definirse.
El curso como herramienta política
Más allá del debut de la interna presidencial, el acto del jueves tiene una dimensión propia que no conviene subestimar. El ciclo de formación que quedó lanzado en el Podestá se extenderá durante cuatro meses en 16 clases organizadas en cuatro módulos: «El nuevo desorden mundial», «América Latina: la región clave del siglo XXI», «Argentina: economía, poder y soberanía en disputa» y «La comunidad organizada: ideas para la Argentina del siglo XXI». Las clases serán los miércoles a las 18 horas, quedarán grabadas por 30 días y los participantes recibirán certificación al completar el ciclo.
El cuerpo docente combina ex funcionarios y académicos: Silvina Batakis, Roberto Salvarezza, Jorge Taiana, Carlos Tomada, Hernán Brienza y Ricardo Aronskind, entre otros. La inscripción es gratuita y abierta en todo el país.
Que Kicillof haya elegido inaugurar ese espacio como primera actividad formal al frente del PJ —asumió la conducción el 24 de abril, luego de que Máximo Kirchner cediera la presidencia partidaria— no fue un gesto de baja intensidad. La formación política como herramienta de construcción partidaria, la pedagogía al servicio del relato colectivo, la idea de que el peronismo vuelve a necesitar cuadros que entiendan el mundo para transformarlo: todo eso estaba en el aire del Coliseo Podestá mientras la sala cantaba «Axel presidente».
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